Las carga el diablo

¡Qué "jartible" este Felipe, de verdad!

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Desde aquella lejana noche en que Felipe González salió en la tele a chantajearnos, allá por marzo de 1986, advirtiéndonos que si no apoyábamos su apuesta de votar SÍ a la permanencia de España en la OTAN nos fuéramos pensando quién iba a gestionar el NO, desde ese mismo día... decidí no votarlo nunca más y, por supuesto, meter en la urna, la jornada del referéndum, un NO como una casa a la dichosa Alianza Atlántica con la ingenua esperanza de que fuera mayoritario y comprobar así si Felipe tenía huevos de cumplir su amenaza y largarse.

Aquella noche, tras escuchar su ultimátum, verifiqué las sospechas que muchos de mis amigos y yo albergábamos desde hacía algún tiempo sobre aquel dicharachero encantador de serpientes: no era trigo limpio, sino que se trataba de un habilidoso vendedor de mantas capaz de dejar tirado, como haría algunos años después, hasta al mismísimo Alfonso Guerra, su presunto colega del alma. Eso, a pesar de haber vinculado su suerte política a la del entonces vicepresidente cuando los chanchullos de uno de sus hermanos lo acabaron poniendo en el disparadero: "Dos por el precio de uno", proclamó entonces Felipe. Si disparáis contra Alfonso, estáis disparando contra mí, así que si hay que irse nos iremos juntos. ¡Y un mojón!, con perdón! Alfonso acabó largándose y, antes que cantara el gallo, Felipe negó tres veces a su amigo bien amado. Sin inmutarse. ¿Cómo? ¿que yo dije? Pues donde dije digo, digo diego y punto pelota.

Cuando, después de catorce años en el poder, los resultados de las elecciones del 96 le invitaron a recoger sus cosas y desalojar la Moncloa, González soltó aquello, muchos lo recordarán, de "me ha faltado una semana más de campaña y un debate". Le costó horrores hacerse a la idea de ahuecar el ala. Sin duda recogió sus pertenencias del despacho, no le quedaba otra, pero jamás supo gestionar el pedazo de mono de poder que sufre desde aquel día, hace ya dieciocho años. Aquella ansiedad intenta ahogarla desde entonces Felipe despilfarrando su valiosa experiencia (bien administrada igual nos hubiera sido útil a todos) en viajes por el mundo haciendo bolos excelentemente retribuidos y ocupando consejos de administración en los que dice aburrirse, pero donde no por eso renuncia a los sustanciosos emolumentos que recibe.

Los muñecos del Guiñol, un espacio humorístico de Canal Plus que tantos echamos de menos, solían retratar a Felipe por aquel entonces cabreado siempre como una mona con todo mando orgánico del psoe que no sintonizara con su manera de ver las cosas. "Joío niño", solía decir su muñeco -¿recordáis-? para resumir el enfado que le producía al sempiterno líder la "incomprensible manía" que tenía Josep Borrell, por ejemplo, de pensar por cuenta propia.

Ni siquiera con Zapatero, cuando éste ganó las elecciones y puso al psoe en 2004 otra vez en el mapa, se molestó nunca Felipe en tener buena sintonía. El "pobre" ZP se veía obligado a esquivar puñales día si y día no de su otrora amado líder y a mirar todas las mañanas los zapatos antes de ponérselos para sacar todas las chinas que su ilustre antecesor le solía colocar dentro.

La decadencia de Felipe está siendo cada vez más áspera, más desabrida. Así, en plena campaña electoral de las Europeas 2014 va y le jode la estrategia a la pobre Valenciano, cabeza de cartel del psoe para Bruselas, apostando en público por una futura coalición con el pp "si fuera necesario". Por si las vacas no estaban ya lo suficientemente flacas en el psoe, va el abuelo y le sustrae un sustancioso puñado de votos al cada vez más escuálido granero de su otrora próspero partido.

Y ya desde este lunes pasado, tachán, tachán... la traca final.  Tras hacerse públicos los resultados de las elecciones europeas y conocer el impetuoso debut de Podemos en el panorama con 1.250.000 votos, Felipe decide echarse al monte y competir con Rita Barberá, con Pedro Arriola, Carlos Floriano y demás cráneos privilegiados del pp elevando el listón de los despiadados ataques a la recién nacida fuerza política:

- Bolivarianos, son bolivarianos, grita desaforado acunado por un panel con decenas de logos de la Caixa. Una alternativa bolivariana para España y para Europa -remata- seria una catástrofe sin paliativos. Si llega a pasar, me quedará el consuelo de decir, yo ya lo dije.

¡Qué mal nos está envejeciendo este Felipe! Al paso que va acabará siendo, en lugar de un jarrón chino, una desaforada gota malaya.

¡Qué jartible este Felipe, de verdad!