Las carga el diablo

El periodismo gana tres batallas… en el extranjero

En la eterna y descorazonadora guerra que la prensa y el poder mantienen desde tiempos pretéritos hay momentos, pocos, en que los periodistas conseguimos ganar alguna que otra batalla. Esta semana han sido tres. Increíble, pero cierto: tres victorias en los últimos días ¿En España? ¡Por supuesto que no! En tres lugares (Rusia, Nicaragua y Brasil) donde, dado el escaso afecto que sus gobernantes profesan a la libertad de expresión, lo normal suele ser que ocurra lo contrario.

En Rusia, el pasado jueves 7 de junio un reportero llamado Ivan Golunov, de 36 años, fue detenido acusado de tráfico de drogas a gran escala. Golunov trabaja para un periódico independiente online llamado Meduza, especializado en destapar escándalos de corrupción, y llevaba algún tiempo publicando artículos sobre turbios asuntos que implicaban a altos cargos del Ayuntamiento de Moscú, además de andar investigando el tétrico mundo de las mafias funerarias. Catorce horas tuvieron que pasar antes de que la policía informara de su detención alegando que habían encontrado drogas en su mochila. Llegaron incluso a divulgar fotografías falsas por internet para avalar una acusación que no tardó en quedar desmontada. La policía fabricando pruebas falsas, ¿de que me sonará eso?

Tras el asesinato de la periodista Anna Politkóvskaya en 2004,  y la interminable lista de reporteros incómodos para el Kremlin que han ido muriendo en extrañas circunstancias, otros muchos profesionales de la información han sufrido en Rusia intimidaciones, represión y cárcel durante los últimos años. El caso Golunov parece como si hubiera sido la gota que colmó el vaso y el pasado fin de semana se produjeron importantes movilizaciones en varias ciudades del país para protestar contra el atropello. El lunes día 10, tres diarios de gran tirada, Vedomosti, Kommersant y RBC, agotaron sus ediciones al poco de llegar a los kioskos, los tres con la misma frase en portada: "Soy Ivan Golunov". En páginas interiores, esos diarios publicaban también un editorial conjunto denunciando los continuados ataques a la libertad de prensa. Ganaron.

Al día siguiente, el ministro del Interior anunciaba la decisión de cerrar el caso, retirar todos los cargos y poner en libertad al reportero "por falta de pruebas". Una victoria que no acaba de creerse ni el propio protagonista, quien piensa continuar trabajando en las investigaciones que tenía en marcha y asegura que se daría por satisfecho si algo como lo que acaba de pasarle no volviera a ocurrirle nunca a nadie más. No se lo cree ni él, pero aunque solo sea una batalla ganada, se trata de una buena noticia, rara pero buena, que personalmente celebro.

En Nicaragua, los periodistas Miguel Mora, director del Canal 100% Noticias, y Lucía Pineda, jefa de información de esa misma emisora, fueron liberados el pasado martes 11 de junio tras pasar casi seis meses encarcelados. Los detuvieron el 23 de diciembre de 2018, cuando la Policía Nacional asaltó y confiscó la redacción. Mora y Pineda fueron puestos en libertad, junto a un centenar de presos políticos más, tras la promulgación de una ley de amnistía que a la oposición le parece insuficiente y que el gobierno nicaragüense ha puesto en marcha por miedo a las sanciones anunciadas por la Unión Europea. Han liberado también a un tercer periodista, Marlon Powell, detenido el pasado siete de marzo y en la cárcel desde entonces acusado de terrorismo, incendio y entorpecimiento de servicios públicos en perjuicio del Estado. ¿Su "delito" real? Emitir un programa de radio llamado "El dedo en la llaga" donde solía criticar el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Batalla también ganada, pero pírrica, porque ahora está por ver si a Mora y Pineda les devuelven su canal y si tanto ellos como Powell podrán continuar con sus actividades periodísticas. Aquí hay poco que celebrar, pero al menos son tres periodistas menos en la cárcel.

En Brasil acaba de demostrarse también estos días hasta qué punto el trabajo periodístico bien hecho puede hacer temblar al poder: el diario The Intercept Brasil ha publicado pruebas que demuestran que el exjuez Sergio Moro, hoy ministro de Justicia del Gobierno de Bolsonaro, intercambió mensajes de texto con un fiscal para demoler la figura del expresidente Lula da Silva, encarcelarlo y sacarlo de la carrera electoral. Se sospechaba, pero había que demostrarlo: otra victoria de la prensa.

Pero como las alegrías suelen durar poco en casa del pobre, ahí está la decisión del New York Times anunciando que no publicará más tiras cómicas tras la polémica surgida al censurar la viñeta de uno de sus colaboradores en la que se podía ver una caricatura de Donald Trump arrastrado por un perro guía con la cara del primer ministro israelí y una estrella de David en el collar. Un dibujo que, por cierto, había sido publicado ya días antes, sin problema alguno, en el semanario portugués Expresso. Esta decisión, adoptada por uno de los periódicos de referencia más importantes del mundo, permite deducir que los tiempos que corren para la libertad de expresión no son nada buenos por mucho que de vez en cuando podamos celebrar la liberación de algún que otro periodista encarcelado por hacer su trabajo.

Aquí en nuestro país, al menos de momento no nos encarcelan, pero partidos políticos como Vox vetan la presencia de informadores en sus comparecencias y amenazan con el cierre de cadenas de televisión; alguna portavoz de gobierno autonómico se permite cuestionar el uso del castellano a la hora de hacer preguntas y la Asociación de la Prensa de Madrid premia al autor de informaciones procedentes del ministerio del Interior durante la etapa de Rajoy, perjudiciales para  rivales políticos del Partido Popular, tal como recuerda Virginia P. Alonso, codirectora de este periódico, en su columna del pasado 11 de junio titulada "Por qué he solicitado mi baja de la APM".

J.T.