Opinion · Las carga el diablo

La obscena insolencia de la familia Franco

Ahora, que pidan perdón. Eso es lo que deben hacer cuanto antes los veintidós miembros de la familia Franco, pedir perdón por los crímenes del abuelo y agradecer el respeto y la excesiva generosidad con la que tanto ellos como los restos mortales del dictador fueron tratados este jueves durante su traslado al cementerio de Mingorrubio desde el Valle de los Caídos. No se lo merecían. Estuvieron insolentes, groseros, maleducados y hasta llegaron a transgredir lo estipulado al romper el silencio de la explanada de Cuelgamuros con un par de proclamas cuando introducían el féretro en el coche fúnebre.

Aún así, las imágenes de esos instantes contenían una potencia formidable, la secuencia del momento en que, sin aviso previo, se abrió la puerta de la basílica después de dos horas y veintitrés minutos cerrada, y el plano de la realización institucional mostraba a Luis Alfonso de Borbón y Francis Franco, en la parte izquierda del féretro, llevando a hombros los restos del tirano cubiertos por una bandera granate y una corona de laurel. Ocho porteadores en total, rodeados por el resto de familia presente, mas el díscolo prior de la abadía y el abogado de los Franco, Utrera Molina. A prudente distancia, la ministra de Justicia y dos representantes más del gobierno, se mantenían serios e impasibles a las puertas de la basílica.

Tejieron los Franco, a la sombra del poder de su abuelo, tal red de estómagos agradecidos, que 44 años después cuentan aún con prebendas y propiedades de las que nunca debieron disfrutar. Durante la dictadura, a la familia le bastaba con sacar a pasear su apellido para que cualquier empresario con ganas de prosperar en la vida se mostrara dispuesto a hacerla depositaria de sus favores. Así, a medida que la estirpe crecía, aumentaba el número de impunes urdangarines a quienes nadie osó nunca contrariar.

Cuentan con palacetes, aparcamientos y edificios, muchos de ellos fruto de donaciones forzosas. Mariano Sánchez, en su libro Los Franco S.A., o Ángel Viñas, en La otra cara del Caudillo entre otros investigadores, repasan el patrimonio que continúa gestionando esta altiva dinastía a la que, al contrario de lo ocurrido con familias de dictadores en otros países, nadie ha revertido aún la legitimidad de sus escrituras de propiedad. Según estos autores, además del Pazo de Meirás, los herederos de Franco cuentan con posesiones en Madrid, Galicia, Asturias, Guadalajara, Costa del Sol, Miami o Filipinas, además de lo que han ido vendiendo durante los últimos años para obtener liquidez. A eso hay que sumar también obras de arte y títulos nobiliarios.

Son muchas las cosas que aún quedan pendientes para cumplir con las disposiciones de la Ley de Memoria Histórica, pero además es preciso indagar, sin más demora ya, la procedencia del patrimonio de esos veintidós Franco que este jueves, dentro de la basílica, osaron hablar de profanación y en ningún momento del acto le dirigieron la palabra a la notaria mayor del reino, ministra de Justicia del gobierno de todos los españoles, presente allí para dejar constancia oficial de lo que sucedía.

¿Cómo no van a estar agradecidos al abuelo? ¿Qué habría sido de sus vidas si el apellido no les hubiera servido para tener, y mantener, los riñones escandalosamente forrados? Forman parte de un linaje que ha perdido la mejor oportunidad de callarse que han tenido en su vida, de acatar la ley, comportarse con elegancia y demostrar que entienden que este país no tiene ya nada que ver con el sufrió los desmanes de su abuelo durante cuarenta largos años.

¿Quién les aconsejó beligerar contra la decisión democrática de trasladar los restos del dictador?, ¿por qué se han dedicado durante año y medio a tocar las narices y marear la perdiz, aún a sabiendas de que las posibilidades de tener éxito en su empeño eran escasas? Al final el genocida ha abandonado el lugar donde nunca debió estar y han sido ellos, su propia familia, quienes lo han transportado fuera de las dependencias regalando a la historia una foto impagable. Conociendo su adeene, repleto de chulería, prepotencia y mala educación, cabe deducir que a pesar de haber tenido que acatar una decisión democrática donde ya no cabía ningún tipo de apelación, no parecen dispuestos a ceder.

¿Por qué el Estado ha sido, y continúa siendo, tan tolerante con esta casta de intolerantes dispuestos según parece a mantener el pulso hasta el infinito? ¿Hasta cuándo tanta obscena impunidad? ¿cuándo se va a investigar a fondo la fortuna de los Franco? Siempre tuvieron fácil reconciliarse con las víctimas del dictador. En lugar de resistirse al cambio de los tiempos, igual habría sido un buen comienzo que en algún momento de los últimos 44 años se hubieran planteado pedir perdón públicamente por los crímenes de su abuelo.

J.T.