Opinion · Las carga el diablo

Vox, la gran pesadilla

A medida que transcurren las horas, la ultraderecha xenófoba y machista goza de mejor salud electoral sin que sus adversarios políticos hayan manifestado durante la campaña excesivos síntomas de preocupación por ello. Meses llevamos ya así y, si nadie lo remedia, este domingo puede que acabemos llevándonos un buen susto. Un sobresalto histórico. Había mucho más miedo a Vox en abril del que se detecta en el ambiente las vísperas de estos comicios, y eso que las encuestas otorgan a la formación radical más del doble de los escaños conseguidos en la primavera pasada.

¿A qué se ha debido pues este relajo? Resulta difícil de entender, porque desde que saltaron al ruedo en diciembre pasado, cuando consiguieron doce representantes en el Parlamento de Andalucía, estos liberticidas van de éxito en éxito (Región de Murcia, Ayuntamiento y Comunidad de Madrid…) sin que se hayan disparado las alarmas todo lo deseable.

Solo Aitor Esteban (PNV) se negó a estrechar la mano al representante de Vox en el debate del primero de noviembre en Tve. Los demás han normalizado una relación que jamás puede ser normal, porque los fascistas cuestionan las mismas reglas del juego de las que se sirven y, como nos enseña la historia, cuando triunfan dinamitan sin miramientos al mismo sistema que les aupó.

¿Por qué, en el debate de los primeros espadas del pasado día cuatro, apenas se plantó cara al despechugado Abascal como se merecía? Solo Iglesias se encaró con él en un par de ocasiones, pero los demás le dejaron verter sus soflamas anti derechos humanos sin apenas réplicas, y en ningún momento se tocó, por ejemplo, el asunto de las escandalosas irregularidades practicadas en materia urbanística por el el matrimonio Monasterio-Espinosa de los Monteros.

¿Por qué nadie le rebatió al líder de Vox sus mentiras cuando criminalizaba a los inmigrantes? ¿por qué, cuando se permitió proclamar que sus vecinas le tenían miedo a los menores del centro del acogida del barrio, no se le contestó como merecía? Espero que no acabemos pagando demasiado cara tanta unanimidad en el ninguneo a un desafío de tal calado a nuestro sistema de convivencia, un sistema de libertades y derechos arrancado con enormes esfuerzos tras décadas de pelea, y que estos desaprensivos se proponen desmontar apenas cuenten con la más mínima oportunidad de hacerlo.

El caballo de Troya está ya dentro de la ciudad, la ultraderecha tiene en sus manos más poder, influencia y vigencia de lo que tendemos a creer y el diez de noviembre puede incrementarla de manera espantosa si no andamos con cuidado. Nadie duda de lo que ocurrirá si los números de las tres derechas terminan sumando, por eso resulta muy difícil entender la deriva hacia la derecha que Pedro Sánchez viene manifestando desde el verano y que se ha acentuado aún más durante la campaña electoral. Por eso parece más necesario que nunca que a la izquierda del Psoe exista una fuerza con gran respaldo de votos. Solo unos buenos datos de participación proporcionarán fortaleza a esta opción, que hoy más que nunca resulta imprescindible para conformar junto a los socialistas una izquierda de progreso que haga imposible un gobierno de derechas con el fascismo dentro.

Sigo sin entender por qué hemos bajado tanto la guardia, justo en este extraño momento político en el que todo anda desmadrado y las proclamas racistas y machistas de Vox continúan calando entre una más que abultada ciudadanía cabreada.

En el PP andan convencidos de que, como pasó en Madrid tras las municipales y autonómicas, los números podrían resultarles favorables. Si las tres derechas suman, no duden que Casado saldrá inmediatamente a las puertas de Génova para fotografiarse dibujando la uve de la victoria como hizo en Mayo junto a Ayuso y Almeida. No le hará falta ni cerrar antes trato alguno con Vox, porque su apoyo se da por descontado. Por peligrosos, racistas y machistas que estos sean, los populares no van a andarse con remilgos si el apoyo de Abascal significa instalarse en la Moncloa.

No tiene por qué ser tan descabellado contemplar la posibilidad de que, si este diez de noviembre no ponemos remedio con nuestras votos, la ultraderecha puede acabar asaltando las instituciones del Estado, devolviéndonos así a tiempos y miedos que creíamos superados para siempre. Estamos a tiempo de evitarlo.

J.T.