Las carga el diablo

Equidistantes, no. Gracias.

No, amigos, no; no son lo mismo los unos que los otros. Tenemos una oposición gamberra y faltona que acosa sin piedad al Gobierno legítimo, que no lo deja trabajar, que lo insulta, lo amenaza, le pone palos en las ruedas, no le da tregua alguna ni facilita nada, chilla, anuncia y pone pleitos sin parar… y en el otro lado se encuentra un Ejecutivo que, a los dos meses de tomar posesión, se vio obligado a gestionar el contratiempo de salud más grave sufrido en este país durante los últimos cien años. Una inundación en toda regla que obliga desde entonces a sacar agua sin parar, sin conseguir que el suelo acabe de secarse. Ni aquí, ni en el resto del mundo mundial.

Queridos cómicos que os proclamáis equidistantes, no podéis poner en la misma balanza la mesura y la serenidad de Salvador Illa o Fernando Simón, por citar solo dos ejemplos, y el torpedeo sistemático de quienes, además de no valorar ni reconocerles su trabajo, se proponen encima llevarlos a los tribunales para que los juzguen como imputados. ¿Imputados de qué? ¿Estamos todos locos, o qué demonios pasa aquí?

Queridos locutores que os manifestáis indignados con unos y con otros: no, no son lo mismo, en absoluto. Seguro que las conocéis, pero me vais a permitir que recuerde a continuación algunas, solo unas pocas, de las muchas lindezas pronunciadas por políticos de la oposición en sede parlamentaria durante las últimas semanas:

Antes de la traca de este miércoles protagonizada por Álvarez de Toledo cuando calificó a Pablo Iglesias de "hijo de terrorista", ya a finales de marzo Santiago Abascal acusó al Gobierno de traición y afirmó que los socios de Sánchez representaban una amenaza totalitaria. En abril, el mismo personaje acusó al Vicepresidente Segundo del Gobierno de genocidio en las residencias de la tercera edad. "Pablo Iglesias dando lecciones sobre qué es la democracia es como escuchar a Hitler dar lecciones sobre el amor al pueblo judío", escribió hace poco en twitter la diputada ultra Carla Toscano. Al Gobierno le han llamado asesino, al presidente, sepulturero; Rocío de Meer, otra ultra, se expresó así el 19 de abril: "Hoy más que nunca, es hora de recordarle al Ejército que la nación no es lo mismo que el Estado. Y que ellos juraron lo primero. Protejamos España". Por no hablar de aquel texto del inefable Herman Tertsch, eurodiputado ultra: "Muchos países europeos habrían sacado al Ejército ya para imponer el orden constitucional de tener una situación similar a la que se da hoy en España. Aquí el Gobierno tiene atadas de manos a Policía y Guardia Civil para consumar planes del Gobierno con sus socios golpistas".

No es lo mismo, señor Patxi López, no son lo mismo los unos que los otros. Seguro que recuerda cuando el mismísimo Pablo Casado, en sede parlamentaria, se dirigió no hace mucho al presidente Sánchez en estos términos: "¿Usted no se da cuenta que es partícipe y responsable de un golpe de Estado que se está perpetrando ahora mismo en España?". El Gobierno de coalición, a pesar de las constantes acometidas en esta política de acoso y derribo practicada por la ultraderecha y la ultra-ultraderecha, ha sabido mantener hasta el momento las formas y la serenidad.

Este jueves, poco después de que el Vicepresidente Segundo del Gobierno le dijera al portavoz del partido verde vómito que "les gustaría dar un golpe de Estado, pero no se atreven", un locutor de la Ser escribía desde su imparcial atalaya en twitter: "Creo que hoy Pablo Iglesias ha perdido la compostura que ayer tuvo al responder a la infamia de Cayetana Álvarez de Toledo. No es fácil, pero un vicepresidente debe medir las palabras, aunque los adversarios no tengan la costumbre de hacerlo". Hago mía la contestación que, a tan objetivo y neutral periodista, le ha dedicado Joaquín Kremel: "No es perder la compostura, estimado Isaías. Lo que ha hecho Pablo Iglesias es ponerle el cascabel al gato."

Queridas y queridos equidistantes: la marquesa bronquista no aspira a mejorar la vida de la gente. Tampoco los filogolpistas ofendiditos. El Gobierno de coalición, en cambio, no solo aspira a ello, sino que lo está haciendo y en un momento de gruesos contratiempos que no vivieron ni Felipe, ni Aznar, ni Zapatero, ni mucho menos Rajoy.

Tras subir el salario mínimo, prolongar los Ertes y anunciar la derogación de la Reforma Laboral del PP, este viernes se aprueba el Ingreso Mínimo Vital, la medida social de mayor calado dentro del acuerdo de coalición, como la define en Público el secretario de Estado de Derechos Sociales, en una entrevista de Alejandro López de Miguel. Toda una revolución, porque no será una muleta, sino una palanca hacia la dignidad y el empoderamiento. Quien contrate a un trabajador a partir de ahora lo hará con respeto y no podrá aprovecharse de su hambre. Hasta El Financial Times ha destacado estos días que, el Ingreso Mínimo Vital, supone un impulso del Gobierno español que formará "parte central de su legado y será un modelo para otros países".

No es momento de templar gaitas, queridas y queridos profesionales en el arte de ponerse de perfil. Si los intransigentes no abandonan el raca-raca, no queda más remedio que plantarles cara. A ellos y a sus palmeros mediáticos, tanto a los hooligans como a los equidistantes. A todos los que en estos días se les llena la boca con palabras como objetividad, neutralidad, independencia o imparcialidad, van dedicadas las ilustraciones de este artículo.

Repitamos con Gabriel Celaya:
"Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse"
Buenos momentos estos para recordar al poeta de Hernani. Guipuzcoano, por cierto, como algún que otro equidistante de moda durante estos últimos días.

J.T.