Las carga el diablo

Pero… ¿en manos de quién estamos?

Es difícil no sentir miedo cuando, ante una situación que amenaza de manera indefinida nuestra salud y nuestras vidas, sigue sin haber respuestas ni explicaciones que proporcionen un mínimo de tranquilidad. O peor, cuando la manera de responder de quienes tienen en sus manos buscar soluciones no nos convence en absoluto porque sus respuestas son oscuras, balbuceantes, ambiguas...

Necesitamos certezas y nos sirven bochornosas puestas en escena; buscamos datos y orientaciones que nos serenen y nos anuncian, rodeados de banderas, que han decidido constituir una comisión. ¡¡Una comisión, socorro!! Una comisión, el manido recurso del que siempre se echa mano cuando no se sabe qué demonios hacer.

¿Cómo no vamos a estar acojonados? Hasta ayer negaban que nos encontráramos en una segunda ola de la pandemia y hoy ya lo admiten sin tapujos. "Vienen tiempos duros, tenemos por delante semanas complicadas y difíciles, mejor quedarse en casa..." ¡Ea!. Ya estamos instalados en el día de la marmota. ¿De qué ha valido todo lo que llevamos pasado? ¿De qué ha valido que hayamos sido disciplinados y cuidadosos? No, no vale agarrarse al comportamiento de cuatro descerebrados que se pasan las normas por el forro. La mayoría nos hemos comportado, y continuamos comportándonos, como nos han dicho que teníamos que hacerlo. Entonces, ¿qué está pasando? ¿qué puñetas estamos, o más bien están, haciendo mal?

Tras los seis meses largos de ansiedad e incertidumbre que llevamos vividos, ha llegado el momento de no pasar ni una más a quienes gestionan nuestro destino. Tenemos derecho a sentir miedo no solo por estar a merced de un enemigo invisible sino por estar también en manos de quienes estamos. A estas alturas no puede ser ya cuestión de colores políticos, sino de decencia y competencia por parte de quienes tienen la capacidad de administrar los recursos económicos, técnicos y humanos con los que cuentan. Y que no nos vengan con más milongas. Esos recursos son muchos y van a ser muchos más. Así que no hay razón para disculparles que no espabilen de una vez.

Nos están vacilando sin escrúpulos. Unos y otros, y si no es así, no hacen nada para que no lo parezca. En lugar de remangarse desde el minuto uno con las prioridades básicas claras, se han dedicado durante meses a echarse los muertos en cara los unos a los otros y a entretenerse en nimiedades al lado de la que nos estaba cayendo encima.

Quienes desde marzo hemos necesitado acudir al médico por otras razones al margen de la pandemia lo hemos hecho con el miedo en el cuerpo, o sencillamente hemos postergado ese momento también por miedo. O nos han anulado las citas programadas.

Sí, tenemos miedo y razones para sentirlo. Yo lo noto en el supermercado, en las colas que hay que guardar cuando he tenido que ir a Correos, a la papelería a comprar el periódico o a la farmacia. Besamos y abrazamos a nuestros seres queridos con miedo. O, ante la duda, prescindimos de hacerlo confiando en que no tarde mucho en pasar esta pesadilla. Por miedo nos hemos convertido también, en cierta manera, en policías los unos de los otros, lo que inevitablemente desemboca en que nos acabamos ocultando información para evitar rechazos, regañinas o desconfianzas que no te apetece sentir. Paranoia, histeria, miedo en definitiva, claro que sí.

No ayudan nada los periódicos, las radios y las teles, empachándonos de información que por una lado no somos capaces de digerir y por otro nos asusta aún más cuando comprobamos cómo nos mienten en la cara sin pudor. O peor, cuando en casos como los de Trump o Bolsonaro, los vemos instalados en su intolerable grosería, empeñados en continuar negando la evidencia mientras se les sigue muriendo la gente a granel.

Tampoco tranquiliza mucho atender las explicaciones de científicos y epidemiólogos. Escuchas sus hipótesis, sus instrucciones, sus argumentos y lo único que acabas sacando en claro es que no tienen ni idea de nada, que andan más perdidos que tú mismo y que más vale acomodarse al estado de indefinición y provisionalidad en que nos ha tocado vivir.

Y no puedes evitar asustarte seriamente, por mucho que sepas de sobra que el miedo beneficia a los poderosos, que lo vienen usando a favor de sus intereses desde el principio de los tiempos: el miedo a lo desconocido, a la enfermedad, a la muerte, al infierno... Y mire usted por dónde, quienes tienen que dar con la tecla para acabar con esta maldita pandemia, son los mismos a quienes beneficia nuestro miedo, ¿no es maravilloso?

J.T.