Las carga el diablo

El lobby periodístico madrileño

Al lobby periodístico madrileño le ocurre lo mismo que a Díaz Ayuso, que andan por la vida convencidos de que ellos y solamente ellos son en sí mismos España entera ("Madrid es España dentro de España. ¿Qué es Madrid si no es España?") En los círculos periodísticos madrileños llevan haciéndose favores los unos a los otros desde que, a finales del siglo XVII, salió a la calle el primer número de La Gaceta de Madrid.

Los periodistas que se mueven por los cenáculos políticos, sociales y económicos de la capital tienen desde entonces una característica común: la mayoría no son de Madrid, pero entre todos han conseguido que la vida del país entero gire en torno a lo que sucede en la Puerta del Sol. Y así seguimos a día de hoy. O así parece que quieren que sigamos.

Los cuarenta años de dictadura contribuyeron a consolidar estas prácticas transportando la doctrina oficial por las carreteras radiales desde el kilómetro cero hasta el último rincón del país. Los quioscos de La Coruña, los de Barcelona, Bilbao, Sevilla o Las Palmas (aquí, claro está, llegaban en avión), ofrecían todos el mismo producto, los mismos periódicos madrileños a los que, salvo escasas excepciones, se sumaba un diario local que pertenecía a la llamada Prensa del Movimiento. Rotativo local que se confeccionaba con los teletipos remitidos por Efe, Cifra o Pyresa, agencias madrileñas controladas por el franquismo. Las portadas de los periódicos "de provincias" hablaban más de la guerra del Vietnam o de las sesiones de la ONU que de la información de la zona, donde solían ceñirse a las audiencias que concedía el gobernador civil, los sucesos, deportes, esquelas, cartelera de cine... y la lista con las farmacias de guardia.

En radio solo se podía escuchar lo que decidía Madrid, que centralizaba su información para todo el país a través de los diarios hablados de Radio Nacional de España, de conexión obligada. Cuando nació la televisión, contaban lo que ocurría en la calle Alcalá o en Gran Vía sin molestarse en precisar jamás que estaban hablando de Madrid. ¿Para qué, quién osaba dudarlo?

Poco después de la muerte de Franco, la casta periodística que se había ganado la vida durante cuarenta años gestionando esta manera de hacer circular la información, veteranos con bigote fascista, purito después de comer y petaca de whisky en el bolsillo del chaleco, fue sustituida por una variada remesa de aguerridos jovenzuelos con ganas de comerse el mundo en aquella época de transiciones y componendas varias. Las calvas fascistas fueron sustituidas por barbudos treintañeros que extraían sus informaciones de sabrosas confraternizaciones con gentes también jóvenes que a su vez acababan de llegar al mundo de la política, las finanzas y las conspiraciones.

En aquellos compadreos hemos de buscar la génesis de la situación que vivimos ahora. Se recuperó la libertad de prensa, nacieron periódicos y revistas audaces con temas inéditos para la letra impresa, disfrutábamos titulares llamativos, el monopolio de Radio Nacional sobre la información pasó a mejor vida, y hasta en Tve se abrieron algo las ventanas. Una sola cosa continuó como siempre: el ombligo de España entera seguía siendo Madrid.

Con el paso del tiempo, aquellos periodistas de los primeros años de democracia se acabaron creyendo más protagonistas que testigos de la evolución que estaba experimentando el país. Algunos responsables de medios influyentes empezaron a perder la perspectiva, se olvidaron de su verdadera función y les dio por jugar a intentar cambiar gobiernos. Los medios madrileños empezaron a perder credibilidad y ventas, y las tiradas iban disminuyendo a medida que crecía la indignación de los ciudadanos "de provincias", hartos ya de verse obligados a desayunar cada mañana con las conspiraciones y contubernios de Madrid.

Contra lo que hubiera cabido imaginar, la instauración de las autonomías no solo no acabó con el centralismo informativo sino que en cierta manera puede que hasta lo reforzara. La mayoría de las televisiones autonómicas tienen muy poca fuerza frente a la invasión por tierra, mar y aire de las cadenas generalistas que emiten desde Madrid, ya sean públicas o privadas.

Ni siquiera Tve sabe aprovechar el enorme patrimonio que supone contar con un centro territorial en cada autonomía y Madrid continúa siendo el ángulo, el foco, el filtro por el que no queda mas remedio que pasar. Sede de las principales instituciones del Estado, no hay manera de sacudirse las informaciones sesgadas e interesadas que nacen a diario de tanto pasillo infestado de periodistas mal pagados, la mayoría bajo las órdenes de viejos lobos de mar aún al mando de naves incluso digitales, periodistas de hace cuarenta años convertidos ahora en manipuladores sin escrúpulos que no tienen ni idea ya de lo que es la España real de hoy.

Esa España real es la que refleja el grupo de partidos que hizo posible el actual Gobierno de coalición, una España que se abre paso a codazos entre las limitaciones de la Ley D´Hont y la resistencia de los poderes de siempre a que las cosas, como dejó claro la voluntad de la mayoría, dejen de ser como hasta ahora han sido.

La única España real, la España real verdadera, es la que aglutina sensibilidades, la que desde la búsqueda de los derechos y la igualdad quiere sumar y no excluir. El bloque que apoyó al gobierno de coalición refleja la España libre, plural y diversa que defiende la mayoría, una España que nada tiene que ver con quienes se empeñan en patrimonializar de manera excluyente una bandera que es de todos, con quienes se llenan la boca de términos como Dios, Patria y Rey para defender sus privilegios sin más poso ideológico que el odio y la confrontación.

Pero ya la España real poco tiene que ver con todo eso, por mucho que nostálgicos desubicados se empeñen en madrileñizar y encanallar la información usando para ello a jóvenes, y no tan jóvenes, mercenarios sin escrúpulos dispuestos a venderse por un mísero plato de lentejas.

J.T.