Las carga el diablo

El huevo de la serpiente

El presidente de Vox, Santiago Abascal, y la candidata a la Comunidad de Madrid, Rocío Monasterio, asisten a un acto de precampaña en Vicálvaro. EFE/ Rodrigo Jiménez
El presidente de Vox, Santiago Abascal, y la candidata a la Comunidad de Madrid, Rocío Monasterio, asisten a un acto de precampaña en Vicálvaro. EFE/ Rodrigo Jiménez

Como el huevo de la serpiente, la amenaza fascista siempre la hemos tenido ahí aunque no le hiciéramos caso, pero lo sabíamos. Tras la muerte de Franco siguió ahí con Arias Navarro, con la matanza de Atocha, con los guerrilleros de Cristo Rey sembrando el pánico en el Rastro madrileño cada domingo… El único alivio era que en el Congreso solo tenían un representante: un exaltado notario llamado Blas Piñar. Manuel Fraga y sus seis primeros socios en Alianza Popular pusieron la bases para absorberlos, al fin y al cabo eran hermanos de leche, y cuando la UCD desapareció, se las ingenió para ir integrándolos poco a poco hasta conseguir que lo votaran a él tanto nostálgicos del franquismo como católicos apostólicos, romanos y herederos varios de las prebendas de la dictadura.

Cuando fracasó el golpe de Estado del 23F y llegaron las elecciones en octubre del 82, Fraga se aplicó en la recolección hasta el punto de multiplicar por cinco sus votantes, obtener más de 100 diputados y convertirse así en flamante jefe de la oposición al Gobierno de Felipe González. A partir del 89 Aznar amplió el espectro y continuó albergando en su seno a cualquier desaprensivo que pululara por ahí con veleidades fascistas. Así, el huevo de la serpiente pasó décadas hibernando entre sotanas, togas y uniformes, a pesar de que los socialistas le mantuvieron prácticamente todas sus privilegios a las castas supervivientes del franquismo. Modernizaron el ejército (un poquito), les dejaron la enseñanza y el adoctrinamiento religioso, que incluso contribuyeron a potenciar, y apenas metieron mano en el mundo de los tribunales.

El huevo de la serpiente estaba ahí, transparente, para que lo pudiera ver todo el que tuviera ojos en la cara. Unos se lo tomaban a broma, otros optábamos por no dramatizar y tendíamos a quitarle importancia, quizás porque pensábamos que iban de farol y que total, el PP le estaba haciendo a la democracia el favor de tenerlos controlados ¡Qué ingenuidad! Los franquistas y filonazis españoles, ellos y sus herederos, votaban PP mientras poco a poco lo iban colonizando. A sus pechos crecieron cachorros que habían mamado los modos y maneras que la dictadura dejó en nuestra vida cotidiana: la mujer con la pata quebrada y en casa, los homosexuales eran maricones y se utilizaba el término como insulto, los profesionales del humor llenaban la salas donde ridiculizaban a mariquitas, gangosos y minusválidos, estaba bien visto hablar mal de los gitanos, de los negros, llamar moros a los marroquíes o a los argelinos en plan despectivo…

Es verdad que existía otra España emergente, cada año más numerosa, que no tenía nada que ver con quienes se empeñaban en mirar solo por el retrovisor pero a tenor de los acontecimientos, parece claro que no hicimos suficientemente bien los deberes porque en los colegios se seguía predicando la intolerancia en nombre de la fe, en los cuarteles se continuaba demonizando a las izquierdas y en la judicatura encontraban en el terrorismo la coartada perfecta para mantener sus hábitos reaccionarios. Con el tiempo, aunque con desesperante lentitud y gracias a nuestra incorporación a Europa, el país se iba modernizando pero el huevo de la serpiente estaba ahí, en los armarios donde se guardaban los uniformes de la falange, en las homilías de curas y obispos que bramaban los domingos desde los púlpitos contra el aborto, el divorcio, el matrimonio homosexual...

Eran dos maneras de entender la vida completamente antagónicas, pero conseguíamos convivir más o menos en paz y que los años fueran pasando sin que la sangre llegara al río. A medida que en el Congreso de los Diputados se iban aprobando leyes que nos ponían en sintonía con el resto de Europa parecía que la derecha se civilizaba, pero era mentira. Hubo incluso un tiempo en el llegamos a jactarnos de que, mientras la ultraderecha había empezado a ocupar escaños en varios parlamentos europeos, en cambio en España éramos tan guais que habíamos conseguido sortear el peligro. Hasta que saltó la chispa y el huevo de la serpiente se abrió. Y empezó la pesadilla.

La crisis económica del 2008, la sentencia del Tribunal Constitucional modificando el Estatuto de Catalunya en 2010 y la victoria de Rajoy en 2011 lo complicaron todo. Dentro del Partido Popular surgieron serias discrepancias y un joven vasco apellidado Abascal, criado a los pechos de Esperanza Aguirre, dio el paso en 2013 y fundó un partido a la derecha de los populares. En el registro quedó bautizado como Vox, se presentaron a las elecciones europeas en 2014 con Aleix Vidal-Quadras, en su día también miembro del Partido Popular, y no obtuvieron escaño de puro milagro, pero ya habían puesto la primera piedra.

Como sobre el papel habían fracasado, continuamos ninguneándolos (sus antiguos colegas despreciándolos) mientras ellos iban ganando terreno y adeptos en proporción geométrica. El bipartidismo estaba acabándose, a la izquierda del PSOE, Podemos ganaba posiciones en los sondeos, los poderes fácticos se inventaban Ciudadanos, en Catalunya se complicaban las cosas… Total, que andábamos tan entretenidos que cuando vinimos a darnos cuenta la serpiente, ya fuera del huevo, no tardó en llenar de las plazas de toros de hooligans y los balcones de banderas de España. La confusión del momento les permitió jugar con los símbolos nacionales como si fueran patrimonio exclusivo de ellos y en diciembre del 18 dieron el primer aldabonazo: 12 diputados en el parlamento de Andalucía, donde empezaron a condicionar la gobernabilidad con imposiciones claramente en contra de los derechos humanos.

El resto es historia conocida, y al igual que ocurrió en la Alemania nazi y en la Italia de Mussolini, en ayuntamientos y autonomías empezó a votarlos mucha más gente de la que jamás hubiéramos podido imaginar hasta rematar con 52 puestos en el Congreso de los Diputados en noviembre del 19.

Asentados ya, empezaron a cambiar nombres de calles, destrozar versos a martillazos, arremeter contra las políticas de igualdad de género, la inmigración… El siguiente paso lo están dando sus cachorros y sus múltiples marcas blancas profanando murales feministas y estatuas de demócratas que fueron víctimas del golpe de estado del 36. A cara descubierta acosan, levantan el brazo mientras cantan el Cara al Sol, sabotean sedes LGTBI y de Unidas Podemos, colocan a sus puertas artefactos incendiarios y organizan presuntos mítines, como el de Vallecas el pasado miércoles, que son pura provocación.

No queda más remedio que dar la voz de alarma. Una voz de alarma firme y serena, pero alarma, porque si seguimos por el camino que vamos no nos espera nada bueno, máxime si hasta la candidata por el otrora moderado PP anda por las televisiones proclamando sin rubor que si te llaman fascista, estás en el lado bueno. ¡¡¡Alarmaa!!!

Muchos de los sepulcros blanqueados que ahora se rasgan las vestiduras haciéndose los escandalizados por esta deriva fascista son responsables directos de la situación en que nos encontramos. Lo que está ocurriendo en algunos países europeos no presagia nada bueno. Quien piense que aquí somos diferentes, que estamos blindados, que es una fiebre que acabará bajando se equivoca. A menos que utilicemos las elecciones madrileñas como una oportunidad única para frenarlos en seco.

Frenar a los filonazis en la Comunidad de Madrid, conseguir un gobierno de izquierdas y hacer que el PP se arrepienta de haber apostado por una deriva ultraderechista se ha convertido en la única posibilidad de parar el fascismo. Han llegado demasiado lejos, a pesar de que todo el tiempo estuvimos viendo crecer la serpiente dentro del huevo sin hacerle caso. Todavía puede ser peor, todavía hay más huevos pendientes de abrirse, ¿de verdad que no los vemos? ¿Lo vamos a consentir?

J.T.