Las carga el diablo

El fascismo y la corrupción que no cesan

El líder de Vox, Santiago Abascal tras su intervención este miércoles en el pleno del Congreso.- EFE

Cuidado con lo que sospechas no vaya a ser que se confirme.

Eso es lo que nos lleva pasando desde hace unos cuantos años en España. Con la monarquía, con la corrupción de los políticos, con el comportamiento de la Policía y los jueces, con lo que se cuenta en los medios… Nos lo imaginábamos pero, como sucede siempre, la realidad acaba superando a la ficción.

Hasta que no vimos escapar al emérito con agostidad y alevosía había quien en su fuero interno aún le otorgaba el beneficio de la duda. Él solito se encargó de confirmar nuestras sospechas y estrellarnos contra la realidad: no, los reyes magos no existen y los honrados tampoco, como la historia se encarga de enseñarnos ¿Y en cuanto a los políticos? ¿Cómo es posible que haya tantos de ellos, sobre todo en el PP, empeñados en conceder la razón al viejo tópico de que muchos eligen ese oficio para robar a manos llenas? Tan burdo es que acaba resultando repugnantemente hortera.

Concedo privilegios, a cambio trinco sobres extras en negro, cuando pillan al tesorero lo espiamos con recursos del Estado, que para eso soy yo quien gobierno, procuro que los jueces que me juzguen sean de mi cuerda y compro periodistas para que lo enturbien todo. Cuando me echan del poder me dedico desde la oposición a insultar en el parlamento y ensuciarlo todo, a provocar para desviar la atención utilizando sin pudor lo que esté más a mano, ¿la pandemia?, pues venga, la pandemia. A mí qué más me da que el personal ande acojonado, lo único que me interesa es acabar con el Gobierno de coalición cuanto antes.

Hemos superado (entre comillas) lo peor de la pandemia, la economía resucita, el paro baja, hay ganas de vivir, nos sentimos enormemente aliviados al poder ir recuperando ciertas rutinas y volver a frecuentar afectos casi perdidos, pero al mismo tiempo ocurren cosas tan obscenas que no hay manera de sentir alivio: matan a un chaval en A Coruña al grito de maricón de mierda, un tribunal dictamina que los menores migrantes son un "evidente problema" avalando así los carteles canallas que la ultraderecha difundió durante la reciente campaña electoral madrileña; el Supremo confirma pena de cárcel para la exportavoz de Podemos por su participación en una protesta antidesahucios siete años atrás, Vox azuza a sus adictos para que "exijan responsabilidades" al director de El Jueves "cuando le vean salir de su despacho"… Esto solo en la última semana.

Cuidado con lo que sospechas no vaya a ser que se confirme. Y se confirma. En uno y otro sentido. La impunidad para unos y la criminalización para quienes cuestionan a esos unos. Me quiero imaginar cómo será este país dentro de cinco años y me cuesta ser optimista. Durante los cinco último sucedieron muchas cosas que cambiaron el dibujo político y social de nuestro país. El bipartidismo desapareció, se formó un Gobierno de coalición que, entre otras cosas, ha propiciado la subida del salario mínimo, la reforma de las pensiones, el ingreso mínimo vital, auditorías a quienes explotan a sus trabajadores… Pero también está la otra cara de la moneda: el crecimiento de la ultraderecha y la propagación de sus infames mensajes racistas, machistas y xenófobos.

¿Qué nos ha pasado? ¿Qué hemos hecho tan mal en los últimos tiempos para que, por ejemplo, una joven de 18 años tome un micrófono en un acto público y vomite odio antijudío? ¿Dónde nos hemos equivocado para que haya tanta gente joven que abrace la ideología fascista y los vote? ¿Qué ha fallado, la educación, la ausencia de expectativas? Se está muriendo una generación que se dejó el pellejo para que sus hijos y nietos tuvieran las oportunidades y las libertades que ellos no tuvieron. Quisimos dejarles un país moderno, democrático y justo y en lugar de eso anda el asunto cada vez más emponzoñado . ¿Dónde está la equivocación, qué fue lo que torció todo? ¿O era todo mentira desde el principio de la llamada "transición"?

Viendo cómo han acabado muchos de los que por entonces nos gobernaban parece claro que las cosas buenas que nos pasaron fueron a pesar de ellos y no gracias a ellos. Quizás por eso puede que hayamos perdido nuestra capacidad de asombro y cada vez nos impresione menos la inflación de escándalos protagonizados por gobernantes que en algún momento llegaron a parecer decentes. Pero aunque sospecháramos que no eran trigo limpio, verificarlo duele. Y cansa.

J.T.