Las carga el diablo

Los Derechos Humanos y el deporte

Lewis Hamilton, con su casco arcoíris en Qatar.- Mercedes AMG F1

En el Gran Premio de Fórmula Uno celebrado el mes pasado en Qatar, Lewis Hamilton, siete veces campeón del mundo, exhibió un casco con los colores de la bandera arcoiris para llamar la atención sobre la intolerancia del emirato ante la comunidad LGBTI. Este fin de semana el corredor británico se juega su octavo título en Arabia Saudí, donde la homosexualidad se considera también delito, y ya ha anunciado que no se siente cómodo allí y que piensa repetir el gesto en la carrera nocturna del domingo en Jeddah.

Gestos simbólicos como los del campeón británico, abanderado de múltiples causas sociales relacionadas con la diversidad y la igualdad, vienen a sumarse a los de otros atletas y deportistas que deciden aprovechar su notoriedad para visibilizar y denunciar el racismo, la homofobia y demás violaciones de derechos humanos que muchos países intentan camuflar y blanquear invirtiendo cantidades enormes de dinero en la organización de grandes acontecimientos deportivos.

En Qatar se encuentra además sobre la mesa la polémica celebración del Mundial de Fútbol a partir del 21 de noviembre del año que viene. Según la última actualización del informe "Detrás de la pasión" publicado el pasado mes de mayo por la Fundación para la Democracia Internacional, han muerto más de 6.500 personas durante la construcción de edificios, estadios y demás infraestructuras necesarias para la celebración del encuentro. Una media de 12 vidas por semana desde 2010. Pero Nasser Al-Khater, CEO de Qatar 2022, lo niega y afirma que solo han muerto tres personas. En cuanto a la política homofóbica, este mismo personaje ha tenido la desfachatez de perdonarnos la vida al resto del mundo en unas declaraciones recientes. Ha venido a decir que bueno, que vale, que no se prohibirá la presencia de homosexuales durante el campeonato mundial de fútbol pero… eso sí, a renglón seguido ha dejado claro que en público no se tolerará ninguna muestra de afecto entre personas del mismo sexo.

En China también hay mucha tela que cortar. A la polémica sobre si se debe participar en los Juegos Olímpicos de invierno, cuya celebración está previsto que comience en Pekín el próximo 4 de febrero (Estados Unidos no ha descartado la posibilidad de promover un boicot diplomático por los abusos contra los Derechos Humanos en el país asiático), se suma estos días el caso de la tenista Peng Shuai quien, tras denunciar haber sido víctima de abusos sexuales por parte del ex viceprimer ministro Zhang Gaoli, permaneció sin dar señales de vida durante días hasta que finalmente reapareció en unos vídeos y una charla telemática con el Comité Olímpico Internacional gracias a la presión internacional.

Aún así la WTA (Women's Tennis Association), organismo que rige el tenis femenino, ha anunciado que rompe con el país asiático y cancela todos los torneos, nueve al año, que se celebran en China y Hong Kong. "Si las personas poderosas pueden reprimir las voces de las mujeres y dejar bajo la alfombra las acusaciones de agresión sexual, entonces la base sobre la que se fundó la WTA, la igualdad para las mujeres, sufriría un inmenso revés. No dejaré ni puedo permitir que eso le pase a la WTA y sus jugadoras", declaró el estadounidense Steve Simon, director ejecutivo de la entidad.

Este tipo de asuntos ponen de manifiesto hasta qué punto, y especialmente en el mundo del deporte, la lucha por la igualdad, la tolerancia y el respeto a la diversidad andan prácticamente en mantillas en medio mundo todavía a estas alturas. Se tiende a mirar para otro lado cuando un intolerante con dinero te ficha para jugar en su país y/o promocionarlo (p.e. Xavi, Guardiola o Zidane en Qatar), o exhibe su marca en camisetas de equipos como el Barça o el Bayern de Munich. O se dedica directamente a apabullar con su chequera y se hace dueño de entidades al completo como el París Saint-Germain.

¿El intolerante con dinero es menos intolerante? Claro que no, pero tragamos. Por eso tienen tanto valor los gestos individuales de aquellos deportistas que se atreven a plantar cara. Como el ya histórico momento de octubre de 1968 en los Juegos Olímpicos de México, cuando los atletas Tommie Smith y John Carlos, estadounidenses de color, tras quedar primero y segundo en la carrera de 200 metros lisos, inclinaron la cabeza y levantaron el puño subidos al podio en el momento en que sonaba el himno de su país. Denunciaban la discriminación racial y aquello les costó quedar estigmatizaos de por vida.

Otro gesto de suma importancia, mucho más reciente, en 2017, fue el de la ucraniana Anna Muzychuk, doble campeona del mundo de ajedrez, quien prefirió perder sus dos títulos antes que, según dijo textualmente, "jugar con las reglas de otros y sentirse una criatura secundaria".

Hay personas para quienes la dignidad es innegociable, pero también otras muchas (ya sean individuos o entidades) para quienes el asunto depende del montante que le pongan sobre la mesa. Tenemos mucho trabajo pendiente. A ver qué pasa en China y Qatar este año que entra.

J.T.