Las carga el diablo

Pensiones: nos quieren meter el miedo en el cuerpo

Las pensiones no son una dádiva. Están empeñados en que el derecho a una vejez digna, el derecho de los derechos, nos acabe pareciendo un regalo caído del cielo que en cualquier momento puede desaparecer si no nos portamos bien, entendiendo por portarse bien protestar poco y tragar con los cuentos chinos con los que llevan años bombardeándonos: que si no son sostenibles, que si no hay cotizaciones suficientes, que si nos jubilamos demasiado pronto… Y el remate: que tardamos mucho en morirnos lo que, en palabras de Christine Lagarde, es todo un "riesgo financiero".

Han conseguido que los jóvenes, además de interiorizar la precariedad, asuman que será muy complicado cobrar pensión de jubilación cuando lleguen a viejos. ¿Quién menor de 40 años, incluso de 45, confía ya en cobrar las pensiones que están cobrando sus padres, por muy escasas que estas sean en la mayor parte de los casos? Por un lado, se empeñan en engañarnos con el gran timo de los planes y fondos de pensiones y, por otro, tienen a los mayores con el corazón en un puño temiendo que cualquier día les llegue el hachazo y a tomar viento el último bastión del estado del bienestar que aún no han conseguido tumbar del todo.

Una vez liquidadas la educación y la sanidad públicas, ambas cada día más maltrechas; neutralizada como está la capacidad de protesta de los jóvenes (y a los escasos índices de movilización me remito), toca ahora por un lado asustar a los viejos que se empeñen en seguir vivos y, por otro, preparar el terreno difundiendo globos sonda periódicos con pildoritas amenazantes sobre lo difícil que va a resultar mantener las pensiones tal y como están.

Con la ayuda de los medios de comunicación de derechas, TVE incluida, nos recuerdan estos días, por ejemplo, que solo en España, Francia y Eslovenia se calculan ya las pensiones sobre los 25 últimos años de vida laboral, que en el resto de los países europeos se hace sobre el tiempo completo. O se nos explica, como ha hecho la OCDE estos días, que la crisis provocada por la covid-19 tendrá impacto sobre las prestaciones que percibirán los jóvenes cuando se jubilen, y podría afectar a sus carreras si la pandemia deja "cicatrices a más largo plazo".


O se sugiere, como hizo días pasados el ministro de Empleo, José Luis Escrivá,  aunque luego se echó atrás con la boca pequeña, que igual sería bueno "un cambio cultural en España para conseguir que se trabaje más entre los 55 y los 75 años". O se insinúa que los nacidos entre 1960 y 1975 (los llamados "babyboomers") deberían asumir "un pequeño ajuste en su pensión"… Y por si aún fuera poco, se va en busca de Mariano Rajoy para que suelte que mantener el poder adquisitivo de las pensiones es una equivocación y que si el Gobierno de coalición se empeña en hacerlo, Casado tendrá que cambiar de nuevo la ley apenas llegue al poder.

En una palabra, que tires por donde tires, los pensionistas viven en un sin vivir y quienes aún no lo son andan todo el día echando cuentas a ver cómo consiguen que no les pille el toro cuando les llegue el momento de jubilarse. Crece una cierta sensación de inevitabilidad en el ambiente, de impotencia ante quienes se empeñan en imponer la idea de que las pensiones son imposibles de mantener. Argumentos tan tramposos como desmontables.

Este no es un artículo técnico, pero expertos en la materia tienen difundidos sesudos estudios en los que se demuestra que las pensiones son sostenibles y que en ningún lugar está escrito que las pensiones públicas se tengan que financiar solo con las cotizaciones sociales. Como escribía mi compañero Juan Torres en un artículo publicado en este periódico en septiembre de 2020, "la sostenibilidad de un sistema de pensiones no depende de forma determinante del factor demográfico: lo que influye más rotundamente en lo que pueda percibir cada persona de la tarta que se produce en una economía, no es solo el número de personas que estén trabajando y sin trabajar, sino la magnitud de la tarta y el criterio de reparto que se establezca".


El criterio de reparto, ahí está la clave. Pero quien parte y reparte preferirá siempre tenernos asustados y continuar llevándose la mayor parte. De momento, y como recuerda Eduardo Bayona en su crónica del pasado día 7 en este mismo diario, lo que tenemos es que los recortes del Gobierno Rajoy en su momento, sumados a la inflación, han aumentado considerablemente el número de jubilados pobres en España.