La fascinación del 20-N

Hay números mágicos, como el de la bestia o los de los cupones –la niña bonita, los patitos–. El número 33 tiene mandanga: la edad de Cristo, toca madera por si acaso te crucifican. Y qué decir del 27: esos añitos tenían Jimi Hendrix, Jim Morrison, Janis Joplin, Kurt Cobain o Amy Winheouse en el momento en que la vida llegó a prejubilarles. Llevamos 41 años de 20-N. Buen día para unas generales, la efemérides de la muerte de Franco. También José Antonio murió tal día como ese. O, a senso contrario, Durruti: qué buen papel habría hecho en esto del 15-M. Día de Difuntos, como algunos barruntan. Pero, ¿por qué no soñar con el domingo de resurrección de la utopía?

También Cristóbal Colón volvió de Las Indias un 20-N de 1500, cargado de cadenas como si fuera Strauss Khan. Y un 20 de noviembre estalló la revolución mexicana. Ojalá no sea un augurio y el PP que dice que va a ganar los comicios no se convierta en un PRI rico en corrupción y pobre en ideas. Pluga que en vez de revolución aprovechemos ese día para exigir la devolución. Que nos devuelvan el estado del bienestar y que la socialdemocracia le devuelva al neoliberalismo el frac usado de su programa. Y sobre todo que alguien nos reembolse aquella esperanza póstuma en la democracia cada vez que oíamos el parte del equipo médico habitual. Si el 20 de noviembre siempre fue una buena fecha para que muriesen los dictadores, a ver si el próximo mueren las dictaduras de lo mercados, esas que parece que nos tienen a todos atados y bien atados aunque quizá, tan sólo quizá, en este caso no mueran plácidamente en la cama de sus cifras astronómicas.