El silencio de la mayoría

En La Moncloa no deben leer a Píndaro: “Muchas veces lo que se calla encierra más que lo se dice”. Cuentan que el concepto de mayoría silenciosa lo acuñó Richard Nixon como consecuencia de las protestas masivas por la guerra de Vietnam. Lo que no habla mucho a favor de nuestro presidente Mariano Rajoy quien, cada vez que las calles se llenan de perplejos ante sus medidas económicas, echa mano de esa expresión tan poética como indecente.

No hubo mudos en el Madrid del 25 de septiembre, sino ayes de dolor y manos abiertas, un ejército de robocops mamporreando a viejales y enfrentándose a peligrosos camareros que defendían a Montesquieu junto a las cristaleras de una humilde cafetería. Cierto es que en vez de tomar jarabe de palo, mejor sería tomar el congreso a través de las urnas, llenando los escaños de diputados que no sean de la troika. Pero no valen las mordazas, las guerras preventivas, los discursos de los golpistas que han llenado de tanques de mentiras sus promesas electorales, acusando de golpismo a quienes tan sólo pretenden que las cumplan. ¿Quienes fueron los rebeldes, los fascistas del 36 o los que defendieron el Gobierno legítimo de la Segunda República? ¿Quién está conculcando ahora la ley, quienes la imponen a través de fuerzas que ya no son del orden, o quienes reclaman que el Estado vuelva a ser de derecho utilizando el acero sin filo de la palabra?

Lo demás, sin embargo, no fue silencio. Mi amigo Pablo no pudo acudir a la protesta porque su curro en la tienda termina a las diez y es probable que ahora lo amplíen hasta la medianoche. Y Concha tuvo que quedarse a cuidar de su vieja, para la que ya no hay ley de dependencia. Verán que, desde que se les agotó el subsidio y no cobran ni paga de los cuatrocientos euros, la gente de mi barrio ya sólo piensa en como conseguir unos botellines de cerveza para echar el día afuera y refugiarse en la patria profunda de los sueños. Tampoco vinieron los del turno de noche, hartos quizá de que en la última huelga general le descontaran el jornal y no sirviese de nada porque, en este país, al contrario que en Portugal, el Gobierno no le hace caso a la voz de los ciudadanos, a lo peor porque aquí, al contrario de lo que pensara José Saramago, no podemos más de lo que creemos.

No se ufane, Rajoy. Tampoco ayer, junto a la fuente de Neptuno, estuvieron todos. Faltó mi comadre Tere, quien no sale de su estupor desde que supo que a la Casa Real se le recorta tan sólo un cuatro por ciento y a los presupuestos del desempleo un siete: lleva dos días pensando y mandándonos wassaps para ver cómo sería posible que la realeza se ajustara a la realidad y los parados no se quedaran desamparados. Acaba de sugerirme que quizá sería bueno despedir a los reyes y crear puestos de trabajo con mayor realismo que el de reducir los tributos de las empresas.

Y, aunque fuera sábado, ¿cómo iba a acercarse hasta allá Pepe, padre soltero, que sólo tuvo un fin de semana para preparar los tupperware de sus hijos en custodia compartida pero con su madre currando de enfermera en Londres? Ni tampoco le salía el alma del cuerpo a Gracia, a la que no le va a llegar este año la beca para cursar segundo de Teleco. Y Magis se quedó, así se lo espetó a su hija, tan congelada como su pensión: “Pasé media vida –le razonó– en la cárcel de mujeres de Ventas luchando contra el franquismo, para que la democracia haya caído en manos de un montón de chuflas que van a convertir la ley del aborto en un suplemento del catecismo”.

Aunque les explico que usted y los suyos falsifican imágenes y multiplican o dividen la asistencia, en función del número de obispos que haya por metro cuadrado en cada una de ellas, ¿cómo les explico a los míos que no hay suficientes manifestantes, cuando su Gobierno detrae un cuarenta por ciento las ayudas sociales y derriban con la hormigonera de la contención del déficit todo lo que fue cooperación y fraternidad? Sin embargo, no están chitones y punto en boca,  señor presidente, sino con la boca abierta del asombro y de la incertidumbre. Hay dolor y labios mordidos, un desencanto más profundo que el que pueda despertar un solo partido político.

Mucha gente no se manifiesta, eso es cierto. Pero no es porque esté de acuerdo con sus disparates, ni que le haga caso a los telediarios que usted controla o que le tema a las leyes contra la disidencia que su mayoría absolutista se apresuró a imponer. Lo peor es que no acuden a estas convocatorias porque ustedes han logrado sus verdaderos objetivos, el de que la gente desconfíe del poder de su revuelta, el de que no haya suficiente muchedumbre para detener el puñetazo de sus decretos y el de que, en nuestros labios cerrados, no entren nunca más las moscas del futuro. Así, la sumisión ya no es incómoda. Es simplemente una burda costumbre.

En cualquier caso, sus ministros no ven o no quieren ver. En cada casa, se prepara un motín. Si me pusiera en sus zapatos, enviaría a la pasma a llamar a los timbres y despertaría a la abuela para preguntarle por qué hizo hoy huelga de telenovelas, interrogaría a los niños para averiguar quien les convenció para que Bob Esponja y Dora La Exploradora rodeasen en pie de paz al sheriff de Toy Story. Incluso los padres, siempre tan prudentes, cambiaron de canal cuando usted salió a contar pamplinas. Dígale a Juan Carlos I que le convide a su próxima excursión por Africa. Quizá allí aprenda entonces aquel viejo proverbio swahili que reza: “Un gran silencio hace un gran ruido”.