Corazón de Olivetti

España S.L.

¿No sería mejor que privatizáramos al Gobierno? Los estados, definitivamente, no resultan competitivos frente a la dialéctica de los mercados: las democracias formales suelen preocuparse de los niños, los viejos, los enfermos y otras clases pasivas, en lugar de desprenderse de ellos como excedentes. Cuanto antes coticemos como país en bolsa, antes podremos contratar a un yuppy para que suprima los hospitales o vendas los quirófanos y los pupitres en subastas a la baja por internet.

Por si habéis estado fuera de Europa durante los últimos cuatro años, os advierto que España es un negocio y como arroje perdidas tendremos que cerrar el país y echar a todos sus habitantes a la calle. Ya muchos de ellos han decidido hacerlo voluntariamente y han emigrado con un chip de cartón y un canasto de licenciaturas y másters en los transmiserianos de la globalización mercantil. Hasta el juez en suspenso Baltasar Garzón ha tenido que hacerse argentino porque cualquier día nos hacen pagar tasas por haber tenido un abuelo republicano muerto en las cunetas y distraer con tantos huesos la atención de nuestros tribunales.

No podemos seguir jugando a lo que no somos. No somos un Estado, sino en todo caso un Estado fallido, como Suiza, que en realidad es un banco y tampoco lo sabe. ¿Cómo pretendemos investigar seriamente los muertos del Madrid Arena si no investigamos como vive el resto de los supervivientes? La OCDE asegura que necesitamos más reformas laborales, abaratar aún más los despidos, estrangular las pensiones, desvalijar a los parados. Menuda cooperación y menudo desarrollo. El Gobierno, aunque ahora lo niegue, terminará haciéndole caso y estudiará más temprano que tarde la restauración de la esclavitud para que, al menos, tanto desocupado puedan tener un amo que les alimente al menos para que sigan prestándole servicios o les devuelva antes de que les caduque la garantía.

Que los presos paguen el alquiler del chabolo. Que el VIH devore a sus víctimas para no gastar tanto en atenderlas. Que no haya abortos con tal de frenar la inmigración con mano de obra autóctona sin que corran peligro las pensiones. De momento, mientras desde La Moncloa derogan cualquier día de estos la Constitución y aprueban nuestro nuevo estatuto como sociedad limitada, el Consejo de Ministros se indigna porque algunas autonomías le vayan a dar la paga extra de diciembre a sus funcionarios y empleados públicos, aunque nadie pueda mover un dedo porque los contribuyentes concedamos prestaciones extraordinarias a los bancos cualquiera que sea el mes del calendario. Pactemos la eutanasia con los herederos del presunto finado, a cambio de que donen a los hospitales un generoso porcentaje del testamento.

Esto vuelve a ser la patria del Callejón del Gato: familias enteras le disputan varios kilos de hachís a la Guardia Civil en Sanlúcar, mientras los famosos sirven copas en el rastrillo de Nuevo Futuro en Madrid, en vez de cederle al Banco de Alimentos una parte proporcional de sus ingresos por desnudar su vida en los platós de la telebasura. La Iglesia, por cierto, podría ingresar el IBI que no paga en las depauperadas arcas de los comedores de Caritas. Y en vez de llevarlo a un museo en Cartagena, tendríamos que venderle a un prestamista el tesoro hundido de La Mercedes. Quizá por todo ello la policía retuvo durante un par de días en los calabozos de Sevilla a una reportera de La Sexta por grabar lo que ocurre: no hay que informar sobre los desahucios ni sobre la rebelión de los desahuciados, no hay que ponerle una cámara por delante a ninguno de los seis millones de parados, no sea que les de por decir lo que piensan de tirios y troyanos, del Rey y de su yerno, del gobierno de ahora y del de antes. Hay que estar calladitos como en misa, esperando a que sus señorías disuelvan los museos, prohíban la infancia, obliguen a currar a las embarazadas y exterminen a los sindicalistas como una plaga insostenible.

No obstante, mientras tanto, abracemos hoy a los hospitales para que no se desembaracen de ellos. Saquemos mañana otra vez los pupitres a las calles, para exigir que el futuro no nos castigue con unas orejas de burro, mirando de rodillas a una pizarra en donde las ecuaciones siempre se resuelven a favor de los alumnos aventajados, los de buena familia o los que hacen trampas. Seamos mineros o jornaleros, sin nada que perder porque ya estamos perdidos. Y expropiémosle a los poderosos las escrituras de nuestra soberanía, la propiedad de la tierra, aquel viejo contrato por el que le vendimos a buen precio buena parte de nuestros sueños. Transición o estado del bienestar, creo que le llaman los libros de historia. Visto lo visto, resultó ser un fraude.