Corazón de Olivetti

A España toda de carnaval vestida nos la pusieron

El PP, vestido con el mamarracho de la corrupción, canta por Vicente Fernández en los bailes de máscaras: "Con dinero o sin dinero, hago siempre lo que quiero, pero sigo siendo el rey". El Rey, desde su palacio virtual donde se esconden las infantas mientras desaparecen sus conyuges, ya reina menos que nunca. O debiera hacerlo. Y el PSOE se ha calzado la careta de Mariano José de Larra: "Vuelva usted mañana", parece predicarnos Adolfo Pérez Rubalcaba, tras de su barba postiza, como si la que está cayendo sobre el país.no mereciera mejor un clarín de arrebato para que gritemos pronto a las urnas en vez de a las armas –Ángel González dixit--, como tal vez ya anden cavilando los malevos. ¿Alguien malicia acaso una alternativa clara y contundente para que las encuestas no sigan disfrazadas de eso que llaman desafección, nihilismo y caldo de cultivo para cualquiera que llegue a convidarnos a su conga de populismo, con guisa de uniforme mental o textil, o ambos albures al mismo tiempo?.

El carnaval recorre las calles españolas en un raro bullicio donde seis millones de parados no se ocultan necesariamente en ese veintimuchos por ciento de economía sumergida sino en las agrupaciones familiares y en el monte de piedad de un estado del bienestar al que se le está cayendo la careta para dejar ver su rostro de malestar profundo y de impotencia; sin camisa que le llegue al cuerpo ni el subsidio a fin de mes.

El Dios Momo de la Unión Europea nos deja en cueros: el plan de empleo juvenil de Van Ron Puy sorteará, probablemente, entre los aficionados, vuelos low cost para que la generación de los dos masters sirva copas en Londres o friegue suelos en Berlín. Nada es lo que es ni nadie lo que aparenta. A los sindicatos les traicionan los trabajadores y los trabajadores piensan que les traicionan los sindicatos. Los únicos que no salen demasiado malparados de los sondeos son los empresarios: quizá porque no existen o la gente está acostumbrado a verles como patronos insaciables que no reclaman que se abaraten los despidos para crear empleo sino –dos más dos no suelen ser cinco-- para destruirlo.

Bienvenidos a la gran mascarada. La correa de Gurtel pretende amordazar a los medios. Los papeles de Barcenas se tapan con papelillos de cumpleaños, con Ana Mato como reina del confetti. Los tiburones de la evasión, los tramperos de la amnistía fiscal, los ingenieros de la componenda, de la trincalina y de la financiación irregular de los partidos, lucen abrigo con solapas Chesterfield a la puerta de los juzgados, de los que salen con la cabeza alta y la lengua larga, tras haber cantado el cuplé del vamos a contar mentiras tralará. Mientras los desahuciados del stop desahucios practican, con la larga amargura del fracaso, el deporte extremo del suicidio. Quizá para que sus fantasmas nos recuerden que estamos más muertos que vivos y que este país huele a zombie de lo que fue. Como cuando se indignaba apenas hace año y medio.

Ni dación en pago, ni justicia para todos, ni salud universal ni educación igualitaria. El disfraz de moda es el de Mr. Scrooge, el de Tío Gilito, el del avaro de Moliere y el de los supercicutas que recortan derechos y multiplican la represión y la mala baba. El sheriff de Notthingham nos dio el pego de Robín de los Bosques. Mascarita, mascarita, ¿quién eres? El sufragio universal se convierte en un paripé cuando el dinero maneja en las sombras los títeres de la política. En el Cádiz liberal, la policía investiga los carteles de protesta que exhibe una comparsa disfrazada de válidos minusválidos en silla de ruedas. Como un símbolo de una ley de dependencia cada vez menos independiente y una nación incapaz de levantarse. Y no porque no pueda hacerlo sino porque le faltan fuerzas o le sobra desidia, vivan las cadenas y que inventen ellos.

A España toda, la malherida España, de carnaval vestida nos la pusieron, pobre y escuálida y beoda, para que no acertara la mano con la herida. Lo sigue cantando Antonio Machado como una chirigota sublime que nos caricaturiza dramáticamente desde hace más de un siglo. Que no acabe la fiesta.