Corazón de Olivetti

Y de repente el 23-F

La memoria suele ser frágil y quizá por ello busca refugio en las fechas, se deja abrigar por las efemérides como si fuéramos perros de Pavlov y el azúcar de los calendarios nos haga recordar lo que alguna vez fuimos. Así, celebramos nuestro aniversario sentimental con la satisfacción del placer vivido y festejamos los cumpleaños con esa cierta incertidumbre de quien sospecha que quizá no haya aprovechado hasta el último minuto desde el primer suspiro.

Cada 23 de febrero, por ejemplo, le regalamos una tarta privada a la democracia pero, al apagar sus velas, nos surge un raro estremecimiento, la leve sospecha de que quizá las apariencias engañen y a lo peor fue apenas un trampantojo lo que alguna vez concebimos como una victoria épica de las libertades sobre la sinrazón de los tanques del fascismo. En estos días, España se llena de manifestaciones a las que quizá no acude tanto gentío como el que debiera y en el hemiciclo donde aquel día de 1981 se oyeron disparos, ahora se escucha la plúmbea oratoria del presidente con su silenciador de ruedas de prensa y de comisiones investigadoras, sin que el Congreso logre averiguar nunca quien fue en realidad ese tal Luis Bárcenas o aquel misterioso Elefante Blanco.

Si este país está tan desesperado como para soportar seis millones de parados y más de un veintitrés por ciento de economía sumergida sin el IVA incluido, ¿por qué esa desesperación no inunda realmente la vida cotidiana, por qué nos asalta con su quejío justiciero en los autobuses, nos acorrala entre las tinieblas sin humo de cualquier sórdido bar de la esquina? Algunos sospecharon siempre que cuando Antonio Tejero entregó su arma reglamentaria, fue a cambio de que nuestro pueblo entregase su alma libertaria. ¿O no fue a partir de entonces cuando las mayores banderas progresistas empezaron a arrugarse en los cuarteles de invierno? ¿No fue desde esa fecha cuando los activistas empezamos a convertirnos en burócratas, los votantes en contribuyentes, los rebeldes en gente de orden? Tal vez fracasó el golpe de los franquistas sin Franco, pero a lo peor venció el de los demócratas sin democracia, sin sociedad civil, sin educación para la ciudadanía, sin más debate que el de los huelebraguetas de la información cardíaca. Si aceptamos que nos durmieran durante treinta años, ¿cómo queremos despertar repentinamente, de improviso, cuando tan sólo llegamos a ser pobres sonámbulos de lo que alguna vez fuimos?
Los libros de historia y los documentales oficiales nos cuentan que el Rey nos salvó durante aquella madrugada. Confieso que, como muchos otros, sentí un alivio ubérrimo cuando oí su voz durante aquella noche de los transistores largos. También ahora me gustaría oírle, para demostrar que no es cierto que el Jefe del Estado haya estado jugando largamente al monopoly con su hija y con su yerno, en las apacibles veladas familiares de la Zarzuela mientras la servidumbre guisaba un elefante a la plancha, poco antes del tradicional mensaje navideño. Me gustaría escucharle para recobrar, como aquel otro día de mi remota memoria, el sosiego y conciliar de nuevo el sueño de los justos sin temer que a medianoche suene el ascensor de un twitter con las pruebas necesarias para demostrar que Juan Carlos I renunció al amor de su pueblo para simplemente quedarse con su pasta.

No hay ruido de sables. Por ahora. Ya no les hace falta. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Pero ellos siguen siéndolo. Otro 23-F. el de 1983, Miguel Boyer, ministro de Economía del primer gobierno socialista, expropió RUMASA. Hoy, con la metáfora colectiva de Boyer como viejo compañero de viaje de la FAES y del papel cuché, expropian a los desahuciados, socializan los bancos malos y administran al resto con dinero de todos. ¿Para qué necesitan ya la acorazada Brunete, si ya sólo circulan ferraris por las calles de Valencia, el se sienten, coño, si ya nadie se levanta? ¿Para qué encarcelar o ejecutar ahora a los representantes políticos de la izquierda o a los sindicalistas, si ya han logrado en cambio que no tengan prestigio ni muevan el voto ni las manifestaciones? Mejor difamados –a veces por sus propios errores—que mártires en el imaginario colectivo. Cualquier día la troika resucita a Carlos Arias Navarro, nos lo coloca de presidente populista o tecnócrata, a dedo o con las urnas teledirigidas. Y le oíremos decir, como en el testamento del dictador que se autoproclamó generalísimo, "todo atado y bien atado". Y lo comprendemos, por fin. Por si no estuvo siempre meridianamente claro.