Corazón de Olivetti

Por un puñado de Eres

Les imagino recios y desconfiados, con tinta en las manos y la gorra de visera que luce eternamente Pablo Iglesias en una fotografía añeja. Sabían que los anarquistas no eran sus enemigos, aunque tuvieran dos formas diferentes de llamarle a la utopía. Tabernas de Sol e imprentas de Cuatro Caminos, haciendas andaluzas y escuelas catalanas, puño en alto frente a las fábricas siniestras donde mandaban los malvados de Charles Dickens y un sistema ideado para aplastar al ser humano y no para favorecerle. Así suelo evocar a los socialistas antiguos, los del partido y los del sindicato, los del yunque y la pluma de ave, los del libro abierto. Aquellos que, en algún momento de la historia, creyeron que el socialismo y la libertad podrían conciliarse y lo intentaron solos o en compañías de otros, bajo dictaduras frecuentes y el peor miedo que existe, el de pensar que la realidad no puede transformarse.

A aquellos socialistas que salían de la clandestinidad del franquismo, Felipe González les prometió apócrifamente en la transición que si se detenía en su piso el ascensor de la noche, no debieran temer que fuese la policía sino tan sólo sería el lechero repartiendo sus botellas. ¿Qué dirían cuando ahora, en casa de uno de ellos, ha entrado la pestañí con el perro de Tío Gilito y en lugar de multicopistas y panfletos, le han encontrado ochenta mil euros bajo la cama y un enorme olor a podrido alrededor?

Por un puñado de Eres falsos, Juan Lanzas ha puesto en un brete a dos  organizaciones respetables. Sin embargo, él y sus cómplices también han puesto en entredicho un sistema que al menos logró que las reconversiones de tres décadas no condujeran tan sólo al desempleo y a la caridad o a la frustración de no sólo perder un trabajo sino un oficio. También han puesto contra las cuerdas aquel pedigrí de austeridad y compromiso que hizo posible que el PSOE haya cumplido ciento veinticuatro años en un país sin apenas tradición democrática.

Sus votantes les perdonaron que pasaran de la chaqueta de pana al coche oficial, siempre y cuando aquello sirviera para cambiar a España sin que pudiera conocerla ni la madre que la parió. Lo que no están dispuestos a aceptar es que los golfos hayan sido tolerados, ya fuere por norma o por excepción, ni en los maletines de Luis Roldán en su viaje a ninguna parte ni en los tejemanejes de los prejubilados fantasmas que la jueza Mercedes Alaya está investigando al sur de Despeñaperros.
Hizo bien la Junta de Andalucía en personarse como acusación particular y presentar denuncia contra este malevaje organizado y colaborar con la justicia a trancas y barrancas. No sólo le va en ello el más que discutible albur que pretende el Partido Popular al pronunciar hasta ahora en vano el nombre de José Antonio Griñán como responsable político del cotarro. Le incumbe limpiar la imagen de su partido en nombre de aquellos que dieron la vida por sus ideales y no se pegaron la gran vida a costa de los ideales del resto.

En el ala izquierda, ahora no toca poner a parir de un burro los extraños calendarios de la instructora del sumario de los ERE, ni su afición a la prisión preventiva aun en los casos de que los reos de ahora llevasen como imputados más de un año en el que no sólo podrían haber escondido la pasta hasta en los corralitos de Chipre sino destruido más papeles que en el incendio de la biblioteca de Alejandría.

Podrá cuestionarse el rol en todo este asunto del magistrado Juan Ignacio Zoido, alcalde de Sevilla y presidente del Partido Popular de Andalucía, que a veces ha demostrado contar con mejor información de este entuerto que el CNI. Pero el PSOE haría mal en formular hipótesis veladas al respecto, si antes no exige que se ponga toda la carne en el asador de la justicia, caiga quien caiga o sea quien sea, aforado o no.

Resulta patético que Carlos Floriano, con el ventilador en la mano, bautice al infame Javier Guerrero, un ex director general de opereta, amigo de doñablanca y de la ingeniería financiera, como el Luis Barcenas del PSOE. Son casos distintos y distantes, aunque en ambos haya que adentrarse con un pañuelo en la nariz. Vale que lo de los EREs no sean 1200 millones como exagera la caverna elevando el trajín de doscientos cincuenta intrusos al cómputo global de las ayudas otorgadas. Pero pueden ser más de ochenta, que ya son millones. Vale que resulte incalculable todavía la cantidad real defraudada por la trama Gürtel, pero se calcula que oscila entre 43 y 120 millones aunque tan sólo Luis Barcenas habría recibido 1,3 de la trama. El y tú más o el y tú menos, aquí está de sobra.

¿O es que no se enteran los grandes partidos que pegándose uno a otro navajadas triperas corren el riesgo de degollar la democracia? La ciudadanía les observa como un absurdo partido de tenis. Las bancadas de unos y de otros se retan a la hora de calcular el importe del pufo de la Gurtel o el de estos sinvergüenzas con pólizas de seguro. Los granujas debieran quedar fuera del cuarto de los cabales que sostienen a este sistema que ha servido hasta ahora para guarecernos pero que hace aguas como el Titanic.

Esto es un crimen, pero hay otros crímenes que no se dirimen por lo penal como esos cuantos Eres de la triquiñuela y el mangazo. Me refiero a los otros, los que conducen directamente, a la cola del paro sin paliativos ni ayudas complementarias en esos últimos tiempos en que ya hemos perdido la cuenta del dinero público que le hemos inyectado a los bancos. Esos otros EREs sin posibilidad de reinserción laboral, los que no sólo excluyen la prejubilación sino la paguita de los cincuentones, los que nos abocan a la precariedad y a la tiesura propia de cuando no había ni partidos ni sindicatos.

Los socialistas y los ugetistas, que insisten en que no hubo financiación irregular en todo ese ceremonial del pelotazo, debieran orear sus despachos y sus casas del pueblo, desapolillar la pana y proponer nuevas banderas de futuro en vez de ministros del pasado; no tanto por temor a las urnas adversas sino por esa vieja memoria de la honestidad que la historia retiene en aquellas viejas tabernas de Sol e imprentas de Cuatro Caminos, haciendas andaluzas y escuelas catalanas, puño en alto frente a las fábricas siniestras donde mandaban los malvados de Charles Dickens y un sistema ideado para aplastar al ser humano y no para favorecerle.