Corazón de Olivetti

Rescatados sin rescate

Todos contra la troika, mientras nos hacen creer que la troika somos todos: como cuando pregonan que un interino que contrata un fondo de pensiones forma parte de ese ejército en la sombra al que llamamos, con un susurro enigmático, "los mercados".

La troika es la severa gobernanta de una Europa insumisa. Y puede adquirir apariencias bien diversas: en Grecia se nos muestra como un látigo de siete colas que azota a una nación a la que quizá nunca le perdonaron que se independizara de los turcos y en España se disfraza de un auditor de cuentas que viene de vez en cuando a comprobar que todo siga en su sitio, esto es, que se defienda desde lo público a lo privado y que desde lo privado se desguace lo público.

Si el presidente del Gobierno presume de que no hemos pedido un rescate, ¿por qué nos tratan como si nos hubieran rescatado? En vez de inversores, sobre España llueven apóstoles de las reformas y todos vienen a predicarnos lo mismo: que paguen los platos rotos aquellos que no los rompieron, esto es, currantes y jubilados, estudiantes y parados. El fiscal dice que Bankia no engañó a nadie con las preferentes. Así que será probable que el Estado proceda contra los peligrosos ahorradores que intentaron abusar de la buena fe del banco que dirigiera Rodrigo Rato.

El mismo Banco de España que estaba tomando un café cuando lo de Bankia y lo de las preferentes, dice ahora que haya que bajar el salario mínimo para generar empleo: la pregunta es tan obvia que su respuesta no sólo sopla en el añejo viento de Bob Dylan sino que se hace trending topic en las redes, a fuer de cuestionarnos cuanto ganan los amos de las finanzas. Para colmo, sus visionarios proponen incrementar la edad de la jubilación cuando casi todos los eres de la banca española se han resuelto justamente con el procedimiento contrario, el de las prejubilaciones para la tropa y un retiro dorado para sus coroneles.

A estas alturas, está claro que el Banco de España es un banco, pero da la sensación de que no es de España o, al menos, de los españoles. Como Toledo, la ciudad del Pacto que fija nuestra política de pensiones, que pasará de un momento a otro a ser provincia de Bruselas, dado que desde los organismos comunitarios en la capital belga nos concretan cuando y cómo debemos de jubilarnos, esa fea costumbre de nuestros antepasados.

Malos tiempos para el patriotismo, en cualquier caso. ¿De qué nos defienden nuestras fuerzas armadas si a nuestro mayor enemigo no le hace falta tanques para invadirnos?. Esta vez, nuestros ejércitos protagonizaron un desfile tan barato que incluso ahorramos en las dietas del presidente Rajoy que ni siquiera acudió a presenciarlo. Sin embargo, ¿cómo se explica que el ministerio de Defensa gastara en 2012 un 40 por ciento más del presupuesto inicialmente asignado? Austeridad, ¿para quien? El Gobierno asegura que dedica a Defensa el 0,6 por ciento del PIB, pero el año pasado pudo haber rozado el 0,9 y según datos del Banco Mundial y de la OTAN, en realidad se pone en el 1,2 por ciento. Un buen pellizco para un país cuyas huestes no han ganado una sola guerra en los dos últimos siglos, a no ser las libradas contra sus propios ciudadanos.

Si yo fuera Cristobal Montoro, ante esas cifras de la cosa castrense, me preocuparía mucho más de Pedro Morenés que de Artur Mas. Quizá justifiquen dicha generosidad en materia de déficit por la necesidad de invertir en drones para Huelva o en morteros en serie para meter baza en el reparto de artillería en Siria, cuya licitación habrá de abrirse a la UE, Premio Nobel de la Paz, durante el próximo verano. Y si tan bien nos va la industria de la muerte, ¿cómo es que peligran contratos de Navantia y de Airbus Military? Al final, también en ello, volvemos a ser lo que fuimos, la cabeza de puente de Estados Unidos sobre el mediterráneo y el norte de Africa como hace justo sesenta años cuando firmamos los primeros acuerdos militares con dicha potencia que volverá a desembarcar marines en Morón y reforzará su dotación en Rota, para regocijo de arrendadores, taxistas e industria del entretenimiento.

Quizá la Europa que estamos construyendo quiera parecerse a Esparta y pretende despeñar a los débiles sin tener en cuenta el incremento del IPC, desmochando sus sistemas de salud pública y cobrándole los fármacos para que cada vez sean menos quienes mueran de viejo y no nos descuadren las cuentas del sistema de prestaciones. Aunque pagamos bien caras las dictaduras, nunca nadie dijo que la democracia fuera barata. Sin embargo, ahora parece cada vez más al alcance de unos pocos, los que puedan permitirse un colegio privado o correr con los gastos de una denuncia contra cualquier trasnacional tan rica en dividendos como en abogados que nos haya robado previamente.

Desde ese mundo remoto que nos manipula como marionetas de un retablillo de títeres, nos han ampliado el plazo para alcanzar nuestra adecuada velocidad de crucero en materia de déficit. Sin embargo, a muchos se nos antoja como el argumento de una película gore en la que el sociópata de turno intentara mantener con vida a sus víctimas para disfrutar más con la tortura: Olli Rhen nos urge a que creemos empleo al mismo tiempo que nos reclama nuevas reformas para destruirlo, como si un estrangulador nos pidiese que sonriéramos al mismo tiempo que estrechara el lazo alrededor de nuestro cuello.

Casi un ciento de manifestaciones han recorrido el mapa del continente y también el de España. La Unión Europea representa hoy justo lo contrario del sueño que supuestamente acariciaron sus fundadores. No es la Europa de los pueblos, sino la que pretende acabar con su soberanía imponiendo el papel mojado de una Constitución que no existe y otorgando la soberanía popular a un puñado de tecnócratas que no ha sido elegido por las urnas sino al rebufo de quienes realmente nos gobiernan desde los consejos de administración de grandes empresas y corporaciones bancarias a las que no ha llegado ni llegará nunca el sufragio universal.

Su última estratagema ha consistido en inocularnos el virus de la duda: ¿para qué asistir a manifestaciones si no sirven para nada? ¿para qué votar distinto en las próximas europeas si las decisiones se toman al margen del Parlamento? Salgamos a la calle, en cualquier caso, porque de menos sirve quedarnos en casa. Votemos a quienes no sean cómplices de ese crimen, para que nadie pueda decir que por acción o por omisión lo comenten en nuestro nombre.

Hay otro mundo posible y otra Europa también. La de la solidaridad, frente a la avaricia. La de la cultura, frente a la de los canallas. La de los sueños frente a la de las pesadillas. Tampoco es cierto que no sepamos donde queremos ir y que sólo estemos instalados en el no, como un mantra cómodo. Tenemos perfectamente claro cual es nuestro horizonte y el problema sólo estriba en cómo llegar hasta allí. Quizá, para ello, tendremos que evitar que la troika nos rescate arguyendo que es por nuestro bien. Y empezar a rescatarnos nosotros mismos por nuestra cuenta y riesgo. Así se escribe la historia y así quisiéramos contárselo.