Corazón de Olivetti

El avión de Evo Morales

El mismo día que el presidente de Bolivia, Evo Morales, quedaba aprisionado en su propio avión en Austria, trascendía que Navantia y la Armada de Estados Unidos habrán de firmar este mes un acuerdo de gran calado, nunca mejor dicho. Y es que, en plena crisis de nuestra industria naval y de la Bahía de Cádiz, los cuatros buques de la US Navy que llevarán a bordo el sistema Aegis del escudo antimisiles que operará desde Rota, serán reparados muy cerca de allí en los astilleros. Y, a cambio de unos cuantos miles de marines que también arribarán a las bases andaluzas para estimular los servicios de taxis, los arrendamientos y la lucha contra el yihadismo en el norte de Africa, a lo mejor incluso nos traen a la VI Flota en pleno para darle carga de trabajo suficiente a una factorías navales acosadas por la deslocalización mundial.

Tal vez una noticia no guarde relación con otra y no nos estemos vendiendo por un plato de lentejas, pero, en caso contrario, el vocero de turno podría explicar por qué el Gobierno español se mostraba más predispuesto a ayudar al de Washington en la captura del espía quebrado Edward Snowden que a exigirle a la Casa Blanca explicaciones por el espionaje que las agencias de inteligencia norteamericanas habrían realizado en Europa y, presumiblemente, en España.

García Margallo, nuestro bocazas ministro de exteriores, explicó la postura europea en el albur de  que Snowden viajara a bordo del aparato de Evo Morales, en un vuelo de regreso de Moscú. La aeronave tuvo que tomar tierra precipitadamente en Viena por la imposibilidad de cruzar el espacio aéreo europeo aunque, una vez concluido el insólito secuestro presidencial, España le permitiera al menos repostar en Canarias.¿Y si hubiera ido dentro, qué? ¿Un avión boliviano no es territorio de Bolivia? ¿Hay que vulnerar las leyes internacionales para detener a un tipo que ha demostrado como su propio país las vulnera constantemente? ¿Alguien cree concebible que el Air Force One del presidente Obama quedase bloqueado en un aeropuerto extranjero durante trece horas? ¿En cuanto tiempo actuarían los marines, la Guardia Nacional, Supermán, El Capitán América o El Caballero Oscuro para rescatar al inquilino del despacho oval? Quizá ahí estribe el problema, en que sólo quien dispone de fuerza militar suficiente puede impedir que arramblen con el resto de sus derechos. Un mensaje tóxico para el paradigma de la no violencia, por cierto.

Este episodio tan chocante ha servido para mucho más que para comprobar lo poco que se fían los gringos de sus socios europeos. Nos ha recordado, por ejemplo, lo dependientes que somos de ese Big Brother que conforman la CIA y la NSA, entre otras agencias y que probablemente espiase a aquel peligroso ZP que nos sacó del polvorín de Irak aunque terminara aceptando plenamente al Pentángono como animal de compañía.

El Gobierno socialista español, sin ir más lejos, no pudo vender unidades aeronavales a la Venezuela de Hugo Chávez --q.e.p.d.-- porque parte de la tecnología de los aparatos venía con el marchamo de Silicon Valley y la administración norteamericana hizo valer el embargo en materia de Defensa que mantiene contra Caracas. Sin embargo, tanto bajo el mandato del hombre de la ceja como bajo el del ectoplasmático Mariano Rajoy, nuestro ministerio del Interior ha seguido aprovechando los sistemas de rastreo vía satélite de la antigua red Echelon. Se trata de un apoyo logístico que, a cambio de no se sabe qué, Tío Sam nos brindaba desde la etapa de José María Aznar para perseguir yihadistas, etarras o cualquier otro terrorista o presunto que pasara por la Península. Así cayó el cibernauta Txeroki, al menos eso cuentan..

Quid pro quod: si nosotros te suministramos los gadgets para espiar a los malos, tú debes permitir que de paso te espíen los buenos. Definitivamente, John Wayne tiene las orejas más largas que Dumbo. De momento, entre wikileaks y Snowden, Estados Unidos tendrá que cambiar de tercio respecto a sus redes de información, partiendo de la premisa de que no parece viable conciliar la transparencia con estas prácticas más o menos discretas que ahora le pueden costar un cierto disgusto diplomático al quedar expuestas en el ágora mundial de la información. Por no hablar de lo que Snowden puede largar por esa boquita respecto a algunos fetiches de nuestra historia reciente, como el 11-S, sin ir más lejos.

La humillación sufrida por Bolivia y no sólo por su presidente durante esta semana obedecía a la búsqueda y captura de Snowden, a quien finalmente parece que brindará asilo Venezuela: "La derecha se arrastra al apoyar la persecución del joven Snowden por pare del impero que la financia, qué triste papel los ponen a jugar", escribía hace unas horas en twitter Nicolás Maduro, actual presidente de ese último país. Volvemos a la guerra fría pero parece que ahora son los paladines de la libertad quienes pretendan que el ciudadano de un país libre deje de ejercerla si es que va a denunciar las cloacas del Estado.

Mientras nuestra Mrs. PESC, Catherine Ashton, jefa de la diplomacia de la Unión Europea, se desgañita reclamando explicaciones a Washington por esos acontecimientos "claramente preocupantes", nadie se explica por qué no disponemos ya de un servicio comunitario de espionaje y de contraespionaje. Sería mucho más barato y viable contar con un James Bond a la europea que propiciar el aplazadísimo sistema de defensa con denominación de origen del viejo continente frente a la OTAN, genuflexa a los intereses norteamericanos más que a los del resto de la Alianza cuyo Tratado, bien conviene recordarlo, lleva el nombre de Washington. Tantas pegas para que el avión del presidente boliviano repostase en suelo europeo y qué gentiles fuimos al autorizar similares operaciones por parte de los aviones de la CIA que llevaban presos sin derechos ni garantías hacia Guantánamo y otras oscuras mazmorras de la democracia.

En el avión de Evo Morales, ahí tienen razón, había más viajeros. El derecho a saber, la luz y los taquígrafos, la dignidad del mundo. O el sueño de Europa como un proyecto político alternativo a las grandes potencias, por ejemplo.