Qué caro es vivir

Si se rodase un remake de “¡Qué bello es vivir!”, la célebre película de Franz Capra que alguna televisión repone cada navidad, el ángel que vendría a darle palique al nuevo James Stewart seguramente le recomendaría que se tirase por el puente. Aquí llegaremos a la eutanasia por la vía del austericidio antes que por hacer valer el derecho a una muerte digna.

El copago farmacéutico en hospitales que grabará unos sesenta medicamentos para enfermos crónicos, víctimas del cáncer, del SIDA, de la esclerosis y de la hepatitis, nos acerca peligrosamente a Esparta, a aquella sociedad en donde sólo prevalecían los fuertes y los débiles eran exterminados para que no supusieran un lastre para la comunidad en su conjunto. Que nadie se alarme: no se trata de reeditar los campos de exterminio sino de, como reclamaba para sí mismo Georges Brassens, morir por las ideas pero lentamente, de muerte natural. Por las ideas de otros, claro. Por aquellos que entienden que la única ideología posible es la de las cuentas del Gran Capital.

En España, ahora, vuelve a hablarse de copago, como una fórmula hábilmente impuesta por los servicios de agitación y propaganda del Gobierno de Mariano Rajoy, a través de la impagable Ana Mato. Como si los pacientes que resultaban beneficiarios de los medicamentos gratuitos, no hubieran aportado con anterioridad impuestos y cotizaciones que saldaran su balanza de pagos con la Seguridad Social. Se trata a todas luces de pagar por partida doble. O por partida triple, por cuanto terminan pagando con su propia vida.

Esto viene de lejos y no sólo es fruto de los think tank conservadores. Ya en 1991, PSOE y CDS aprobaron el informe encargado al ex ministro y banquero Fernando Abril Martorell que planteaba algunas de estas soluciones, en una clara espiral privatizadora a fuer de hacer sostenible el sistema. En aquel momento, el Gobierno de Felipe González no pudo poner en práctica esa hoja de ruta porque la oposición social fue contundente. Ahora, veintidós años después y con la formidable coartada de la crisis, es la derecha pura y dura la que acomete esta canallada, llevándola hasta extremos que entonces parecían impensables.

¿Por qué esta nueva vuelta de tuerca a la factura farmacéutica? Porque afecta a un 15 por ciento de la población, en sectores muy vulnerables, que consume más del ochenta por ciento de estos recursos químicos y que, en muchos casos, venían eludiendo el pago de las medicinas en la farmacia, a través de su ingreso en hospitales. Buena parte de los enfermos crónicos de este país son ancianos o personas empobrecidas. En muchos casos, por cierto, cumplen con ambos preceptos.
Cuando se establecieron las primeras medidas de pago añadido, quienes se posicionaron en contra de esa norma, ya avisaron de sus consecuencias. Una de ellas iba a ser el incremento del coste hospitalario, que es lo que ahora intenta paliar el Gobierno en un gesto que poco tiene que ver con la caridad cristiana que preconizan muchos de sus líderes. De esta forma, se les tapia la puerta de emergencia a un formidable puñado de españoles que ya vienen sufriendo serios retrasos en el diagnóstico de enfermedades, porque durante los últimos meses ya consta el abandono de consultas preventivas y el control periódico de sus patologías crónicas que, naturalmente, se agravan ya que, en muchos casos, ni siquiera pueden usar medicamentos esenciales.

Esto va a ser una masacre. Lenta, desde luego. Sin sangre a simple vista. Y no hay solución, salvo en la disidencia absoluta sobre la adopción de estas medidas, una alternativa inviable desde el punto de vista institucional porque supondría quebrar el Estado de derecho. Así que los gobiernos autonómicos que no comulguen con esta nueva rueda de molino, sólo podrán eludir su estricto cumplimiento mediante alternativas que presumiblemente terminen elevando su déficit aún más y poniéndolos en la picota del estrangulamiento presupuestario. ¿Qué hacer?, debiera ser de nuevo la pregunta que el ciudadano formule al ángel imposible de James Stewart: la rebeldía social tendría que ser la respuesta. Sin embargo, no veo demasiadas banderas disidentes por las calles de un país demasiado acostumbrado a tragar la amarga pócima de unos recortes que no sólo dinamitan el Estado del bienestar sino la pura y simple beneficencia de antaño. Tírate, Jimmy. Si Franz Capra rodase hoy aquella misma película, debería cambiarle el título. Vivir puede ser bello. Pero sobrevivir resulta extremadamente caro.