Las horas bajas del PSOE

¿Qué tiene que ver Pablo Iglesias con el mangazo de los ERE? Me alegro que me haga esa pregunta, tendrían que replicar a coro los socialistas que han venido participando en la conferencia política de Madrid. Tampoco guardan esas y otras corruptelas con aquel socialismo joven de chaquetas de pana y dos caballos cutres que alumbró el congreso de Suresnes hace cuarenta tacos. Si nadie lo remedia y a pesar de las encuestas que cuadra Alfonso Guerra, el PSOE parece más perdido que el barco del arroz a escala estatal y en la periferia, desde Asturias al PSC, tampoco anda para tirar cohetes aunque Susana Díaz resista en el frente Sur, con cierto donaire en los discursos que su público espera que traslade a la tozuda asignatura de los hechos.

Los socialistas se han reunido en un Madrid golpeado por la huelga de limpieza contra la alcaldesa del exciting cup of coffee; la conyuge del memorialista que no tiene ministros que le escuchen, la legionaria de Cristo. Esa capital de la basura, que alguna vez fuera capital de la gloria, supone un adecuado símbolo de la podredumbre en la que ha caído un segmento hasta cierto punto minoritario de la política española pero que ha arrastrado tras de sí el buen nombre de la democracia toda.

La conferencia madrileña de los sociatas supone en todo caso, algo más que la pasarela Cibeles de los candidatos a pilotar ese barco a la deriva y sacarlo del mar de los sargazos en que lo ha terminado de encallar Alfredo Pérez Rubalcaba, que promueve la democracia interna pero se guarda la llave de las primarias. Rubalcaba no es la única causa de los problemas que atraviesa el hasta ahora mayor partido de la izquierda española. Sin embargo, su presencia tampoco ayuda precisamente a resolverlos: la simple mención de su nombre despierta al mismo tiempo los mantras de la derecha y los de esa izquierda no necesariamente extrema que casi siempre vio en el PSOE la sombra de la traición. Es, hoy por hoy, el eslabón perdido entre los desmanes de la actual derecha neocon y los del último año de ZP, aquel torpe converso a las recetas de la austeridad por la vía de la reforma constitucional con alevosía y estivalidad. En la conferencia socialista, Zapatero –que también está a punto de publicar sus memorias—ha sacado del baúl la bandera de la igualdad, como una de sus principales conquistas. Y cierto es, a pesar de que sacrificara a las primeras de cambio el ministerio de Igualdad, como Abraham sacrificó a su hijo, para intentar aplacar a los dioses conservadores que, como se sabe, suelen ser insaciables y cainitas.

Si los del puño y la rosa sueñan con llegar a La Moncloa, tendrán que resetearse. Dejar de ser la pepsicola de la cocacola del PP, para que las muchedumbres o pocadumbres de la indignación no hagan estribillos escatológicos con ambas siglas. Ante la desconfianza que siguen despertando, a la luz de las encuestas, los socialistas tendrán que volver a ser socialistas si quieren ser alternativa de gobierno. Y deberán liderar cambios constitucionales profundos, que exige la ciudadanía, desde una ley electoral más justa que no prime el bipartidismo o el nacionalismo periférico, hasta la reconquista y consagración de avances sociales para que no los arrollen a las primeras de cambio, con la excusa de una crisis convertida en una formidable coartada retrógrada. Se equivocará de nuevo lo que queda del socialismo español si todo queda en un quítate tú para ponerme yo. No necesita un lifting, sino una operación a corazón abierto.

Cuando pasados los primeros de la transición, el PSOE logró situarse como primera referencia política del país, no se debió tan sólo a la apostura de Felipe González, sino a su discurso y a la forma de pronunciarlo, de tú a tú, con el mismo lenguaje de los mercados de abastos, aunque ahora el viejo Isidoro suela preferir a los otros mercados, a los que nos desabastecen; ni cabe atribuirlo al oro de Berlín de Willy Brandt sino a que sus programas coincidían con la hoja de ruta de la progresía moderada del país; ni obedeció simplemente a la estética rompedora de su cartelería y de su renovación de los símbolos clásicos de la izquierda, antes bien a su capacidad de empatía con la gente de la calle que no había leído necesariamente a Carlos Marx para comprender que el fantasma de la democracia recorría Europa y que esa vez España no iba a ser diferente.

Los socialistas de entonces, por más que nos pese a quienes reclamábamos ruptura en vez de reforma, república en lugar de monarquía, estado laico frente al concordato, sedujeron a una España que venía del franquismo y que le tenía un raro y al mismo tiempo atractivo miedo al futuro, como el bañista que ansía darse una zambullida en el mar pero se lo piensa dos veces por si el agua estuviese fría.

Ahora mismo no hay feeling entre ese partido y su cuerpo electoral. Esa, acompañadas por algunos graves errores de gobierno y desgobierno, supone una de las posibles explicaciones a las horas bajas de dichas siglas históricas. Este país está viviendo una profunda etapa de desamor con el PSOE, hasta el punto de que su estrecha relación puede acabar en un divorcio definitivo si los nuevos dirigentes y sus bases de ayer, de hoy y de siempre, no recuerdan como se llamaba el perfume justiciero que tanto le gustaba a sus compatriotas, qué flores y qué espinas preferían como regalo programático y sobre todo cómo pedirle perdón de forma sincera para restaurar la confianza perdida en su idilio.

Buena parte del electorado estrictamente ideológico de la derecha seguirá votando al PP, así presenten como candidato al mismísimo Wert rodeado de Erasmus. La izquierda es otra cosa. Y lo peor no será que sus votantes no vuelvan a votar al PSOE con el entusiasmo de otro tiempo, sino que tampoco parece que vaya a protagonizar un sorpasso Izquierda Unida, por más que crezca afortunadamente su prestigio y su intención de voto. Al este de ese Edén queda un mosaico de siglas, algunas tan sugestivas como Ecco y otras tan ambiguas como UPyD, mientras la catarsis del 15M, Democracia Real, Constituyentes y otros movimientos en emergencia o en ralentí, no parece que vayan a traducirse en una alternativa electoral. Todo un hermoso jarrón de porcelana roto sobre el suelo de la realidad. ¿Cómo unir sus trozos para que la izquierda siga siendo al mismo tiempo plural como es su naturaleza y sume sus voluntades contra un Partido Popular de acero inoxidable?

¿Qué filósofa, qué economista, qué activista político, están bordando las banderas del progresismo futuro? Conferenciantes socialistas, abran las orejas, visiten los barrios, escuchen el rumor de los bares, estén atentos a los comentarios a bordo de los autobuses, miren de reojo en el metro. La gente que no sólo está deseando votar a una formación política que le robe el corazón a los desheredados y la cartera a los poderosos, espera a alguien que venga salvarles porque nadie se ha encargado de repetirles, durante los últimos treinta años, que la democracia no sólo consiste en votar cada cierto tiempo sino que si no nos salvamos entre todos, aquí no se salva ni Dios.

Hoy por hoy, con ideas descosidas, al borde del nihilismo y víctimas de un imaginario reaccionario bajo el goteo constante de los medios de comunicación generalmente conservadores, los votantes perdidos de la socialdemocracia saben qué es lo que no quieren. Sin embargo, no tienen demasiado seguro qué es lo que quieren. Al PSOE de los últimos tres años, creo yo que no. A su favor, en cualquier caso, juega aquella vieja letra del maestro Serrat: “Bienaventurados los que están en el fondo del pozo, porque de ahí en adelante sólo cabe ir mejorando”.