España tiene mucha marcha

 

No se dejen guiar por las apariencias: las mayorías pueden ser silenciosas, como antaño, pero este país lleva tiempo en la calle. España tiene mucha marcha y ayer volvió a demostrarse en Madrid. Sin embargo, frente al tenebroso silencio que rodeó a las movilizaciones por la dignidad que atravesaron la Península de cabo a centro, sólo el recuento de cien heridos animó el parqué mediático. Hace mes y medio, la manifestación contra la contrarreforma de la Ley del Aborto apenas mereció una solitaria llamada a primera en el quiosco madrileño, quizá porque fue familiar, amable, violeta y tan contundente como divertida. Visto lo visto, parece que el poder necesita airear la sombra resucitada del Cojo Manteca para mantener a la ciudadanía en el tresillo por temor al atraco a mano armada de las multas oficiales o por el albur de que algunos que otros metebullas decidan disputar un derby con los antidisturbios.

En dos años y pico, es el Gobierno, empero, el que ha ido rompiendo a conciencia las farolas de los derechos laborales, quemando los contenedores del estado del bienestar y permitiendo que los bancos nos manguen la cartera pública en un descuido o lancen el cóctel molotov de los desahucios contra quienes no tienen ya ni donde caerse muertos. Quienes aprendimos hace mucho, con Luis Cilia que contra la idea de violencia siempre cabe interponer la violencia de la idea, nos resulta ejemplar la apacible tenacidad de las mareas cívicas. Y nos felicitamos por que, durante este bienio negro y frente al uso de la fuerza absolutista del BOE, el comportamiento de quienes se oponen a la división acorazada de sus decretos haya sido tan cordial –salvando algunas excepciones—como la convención anual de los lobeznos scouts.

Desde el 15-M, este país viene viviendo una revolución silenciosa que apenas trasciende a través de los cauces convencionales pero que está presente en las redes sociales, en asambleas ocasionales, en foros de barrio, en conciliábulos no siempre masivos. En su día, todo ello propició una catarsis colectiva contra los recortes, contra la traición a sí mismo de José Luis Rodríguez Zapatero a partir de mayo de 2010. Se trataba de contra atacar a la Europa de los mercaderes y a sus gestores sucesivos en esa eterna España de la restauración democrática, en la que, como hace más de un siglo, muchos seguían viendo al PSOE y al PP en La Moncloa como cuando se turnaban Canovas y Sagasta en el gobierno de la nación.

¿Perdieron ambas formaciones políticas las municipales, las autonómicas o las generales? En gran medida, el espíritu de esas movilizaciones sigue siendo el mismo de entonces, pero habrá que recordar de nuevo como todo aquello sólo perjudicó a los socialistas, que siguen empecinados en mantener en la ejecutiva federal del partido a algunos de los rostros que sus antiguos votantes aún identifican con semejante fiasco que propició otra marea, la de la desconfianza hacia sus siglas y mensajes.

Con una España devastada por el evasivo huracán Rajoy, las encuestas siguen sin penalizar al PP como merece. Sus votantes, por lo que se ve, mantienen el entusiasmo por los recortes salariales, el apoyo a la banca, la privatización de la salud, la cristianización de la enseñanza, la falta de diálogo con la periferia española, la maternidad forzosa. Todo ese museo de cera de los de Guindos, Montoro, Wert, Bañez, Matos y similares, debiera estar más quemado que las fallas, pero no lo está. Y si, de cara a las próximas generales, les falta algún sufragio intentará buscar apoyos en UPyD como marca blanca.

De toda la indignación colectiva que ayer volvió a visualizarse en la capital de la gloria, ¿no podría surgir alguna candidatura unitaria que al menos jugara a enseñar los dientes de esa otra España en el parlamento de Bruselas. Ahora, en vísperas de las elecciones europeas, ¿qué nos aguarda en cambio sino un remake de la Vida de Brian, un sinfín de partidos para la liberación de Palestina como en la vieja película de los Monty Python? Recordemos la célebre escena de dicho filme en la que varios militantes anti-romanos intentan averiguar a qué organización pertenecen:

“-¿Sois del Frente Judaico Popular?

– ¡Vete a la mierda! ¿Frente Judaico Popular? Somos del Frente Popular de Judea! ¿Frente Judaico Popular? ¡Disidentes!

– A los únicos que odiamos más aún que al pueblo romano es a los cabrones del Frente del Pueblo Judaico ¡disidentes!

– Y al Frente Popular del Pueblo Judaico ¡Disidentes todos!

– Y al Frente Popular de Judea ¡Disidentes!

– ¿Qué?

– El Frente Popular de Judea, ¡disidentes!”

Uno de los personajes reacciona entonces, se sorprende y aclara: “El Frente Popular de Judea somos nosotros”.

– “Ejem, esto, creí que éramos de la Unión Popular

– Frente Popular”.

El aludido interpela entonces a su interlocutor: “¿Y qué paso con la Unión Popular, Rex?”.

Señala a otro personaje que se encuentra situado a cierta distancia, sentado y sin nadie alrededor: “Allí está”. Todos, naturalmente, le increpan: “¡Disidente!”.

José Bergamin, que era marxista y que era cristiano, solía repetir: “Yo, con los marxistas, hasta la tumba, ¡pero ni un paso más!”. ¿Es tan improbable que esa notable disidencia en las calles de España sepa sumar en vez de restar, multiplicarse en lugar de dividirse? Aquí, día sí, día no, nace una nueva plataforma. Y todas y cada una, en lugar de cerrar filas en torno a una candidatura, intentarán comprobar su impacto electoral en un distrito único en el que a las formaciones minoritarias no les cuesta tanto arañar escaños comunitarios. Recordemos éxitos del pasado, en ese mismo parlamento, como los que protagonizaran en su día José María Ruiz Mateos o Cicciolina, salvadas sean las distancias y nunca mejor dicho.

Visto lo visto, mucho me temo que la izquierda española sólo se unirá a la hora de pagar fianzas y multas cada vez más altas, en las comisarías o en los juzgados. A lo peor es que nos va otra marcha distinta a la de este 22-M; la del sadomaso.