Corazón de Olivetti

Peligro, toros sueltos; hombres, también

 

En mi manual de aprendiz de progre, faltan dos estampitas. Una es la del odio al boxeo, una pulsión incompatible con el hecho de que trasnochara de niño con mi padre viendo las viejas veladas por la televisión en blanco y negro o asistiera a algún que otro combate con olor a sudor, a sangre y lágrimas, ya fuera el protagonista José Legrá o Kid Betún. Otra es la del rechazo fulminante al toreo, como una expresión clásica de barbarie ibera. Aun estando de acuerdo en que algo debe patinar en mis meninges cuando acepto que el dolor pueda convertirse en espectáculo, ¿cómo no aceptar que hay belleza en esa ceremonia de la muerte, en ese duelo a última sangre entre la fuerza de un toro bravo y la pericia de un ser humano?

No intentaré convencer a nadie de las bondades de un ring, de esa extraña coreografía de crochets y de fintas, sobre una lona ya demasiado sobrecargada de intereses bastardos y de golpes bajos, no precisamente a manos de los púgiles. Sin embargo, me quedan algunas energías para intentar aplacar mi mala conciencia taurina apelando al hecho incuestionable de que si no existiera la fiesta, probablemente ya sólo existiría esa especie en la estricta soledad de los zoológicos. Apelaría, sin duda, al sufrimiento que a menudo aguarda a los animales en los mataderos oficiales o en los clandestinos, sin que nadie parezca poner demasiado interés en denunciar tales excesos. Y, más allá de cualquier argumento racional, apelaría al legendario trapío de los Miura, al arrojo de José Tomás, a la ruleta rusa de Juan Belmonte o la elegancia de Joselito o de Curro Romero, la fascinación de Fernando Villalón por los naipes y por las leyes de Mendel, la rebeldía de Miguelín, el existencialismo de Rafael de Paula –"se torea como se es", le retrató José Bergamín-, o la creatividad incansable de Ignacio Sánchez Mejías.

Aun dejando claro que soy de esos a quienes caricaturizaba Jacques Brel como los tenderos que se creen García Lorca, estaré dispuesto a defender hasta la sinrazón el llamado arte de Cuchares; sin embargo, con el mismo denuedo combatiré la suelta de toros cuyo chupinazo de salida acontece cada domingo de resurrección en numerosas localidades españolas. Es un rastro que en el mejor de los casos conduce a San Fermín en Pamplona y en el peor al Toro de la Vega, lanceado cada año en una tradición tan tenebrosa como sangrienta.

Peligro, toros sueltos. Ese suele ser el mensaje que reina en esas sueltas de toros embolados, ensogados, de cuerda o del aguardiente, entre teas ardiendo sobre su cornamenta o la testosterona de la muchachada. Ahí campan hemingways de opereta, bravucones de botellín de cerveza, chuflas de calimocho, alguna que otra mujer que quizá debiera guardar sus energías para luchas por la igualdad de salarios y machos alfa en plena exhibición de su ancestral grado de estulticia. La intensidad del maltrato lleva a menudo a que las autoridades reclamen que no hagan más daño de la cuenta al animal, en ese laberinto vocinglero de alcohol y de osadía. Sórdido homenaje español a ese viejo compañero de historia que va más allá del anuncio pop de Osborne que diseñara Manolo Prieto y que José Borrell no tuvo más remedio que indultar de nuestras colinas, cuando el ministerio de Obras Públicas eliminó la publicidad estática de nuestras carreteras.

Las protectoras de animales han interpuesto más de seiscientas denuncias administrativas, en los últimos años, por supuestos malos tratos a animales en las fiestas populares de nuestro país. Un censo de demandas que hoy por hoy excluye a las corridas regladas, pero no así a ciertas becerradas en las que los participantes, sin ninguna suerte de preparación, clavan toscamente el estoque contra la res, provocándole todo tipo de sangrías. Por no hablar de las peleas de carneros en el País Vasco y Navarra o de ciertas matanzas de cerdos en distintas comunidades autónomas. Merced a esa ofensiva legal, se ha conseguido la prohibición de algunas de estas prácticas. Claro que también las riñas de gallos son ilegales en España, salvo que se trate de tientas para la exportación, y aún siguen produciéndose; al igual que las peleas de perros, la cuelga de pollos, los patos trinchados o incluso hormigas rociadas con vinagre, entre otras costumbres patrias que quizá arrojen alguna explicación sobre nuestro peculiar carácter.

El ecologismo nos puede tachar como hipócritas, pero creo que muchos de quienes mantenemos la afición a los ruedos y a lo que en ello sucede bajo un reglamento mejorable, compartimos al mismo tiempo un absoluto rechazo hacia esas otras manifestaciones taurinas que sólo sirven para mezclar velocidad y tocino. Nada perderían los animalistas si nos usaran para esa otra causa en la que, hoy por hoy, conviene sumar y multiplicar, en vez de restar y dividir. Y, en el camino, quizá nos convenzan de que renunciemos a creer que no es arte ese raro instante de la tarde cuando el diestro compone el perfil para entrar a matar y el toro lo reta con un simple gesto insumiso de la testuz. Una parábola del mundo, del enfrentamiento o de la convivencia entre la naturaleza y los seres humanos. O, simplemente, quizá, como dicen aquellos que no dudan nunca, una simple carnicería. Pero qué hermosa, pero qué hermosa, maldita sea.