Corazón de Olivetti

¿De qué hablamos cuando hablamos de Europa?

 

Hasta lo verde empezaba en los Pirineos. Frente a la autarquía franquista, Europa era La Marsellesa, Fellini y Olof Palme, los cuatro escarabajos, Costa-Gavras, Georges Simenon, la rara luz de Rembrandt, la sensualidad de Briggitte Bardot y los marineros efebos de Fassbinder. Así construimos nuestro imaginario europeo: allí, para los inmigrantes del sur, ataron los perros con longanizas, cuando el franco, la libra y el marco no se tuteaban con la peseta. La Europa del mayo del 68, de la pornografía artística, de Gramsci y de Francis Bacon, de Corto Maltese y de la cerveza estilo Pilsen, iban a venir a liberarnos de las sotanas y del ruido de sables, de ese estigma cainita que de tarde en tarde asoma en las calles de Puerto Hurraco o en los puentes de León. Ahora, cuando el próximo año se cumplirán tres décadas de nuestra adhesión a dicho proyecto político comunitario, Europa es el vivo retrato de la señorita Rottenmeier. Así las cosas, ¿quién va a atreverse a votarla?

En nuestro imaginario actual, la Unión Europea vendría a ser como esos padres quisquillosos que no quieren que hagamos fiestas de pijamas; tal que el maestro pelmazo que insiste en que la letra con sangre entra, o la prima requetesabidilla que siempre saca mejores notas que nosotros y le dan premios en fin de curso. Ya no nos acordamos de aquellos viejos tiempos en que el Mercado Común nos prometía un cuento de Andersen con final feliz, ni de aquellos otros maravillosos años cuando nuestros titos comunitarios, envueltos en la bandera de las estrellitas, venían a regalarnos fondos Feder como si fueran una caja de juegos reunidos con los que entretenernos para salir de la eterna videoconsola de la Edad Media. Eran los parientes ricos que nos traían fondos de cohesión al compás de la novena de Beethoven, con tal de desguazar nuestra flota pesquera, revender nuestro aceite a Italia, nuestro corcho a Portugal o parcelar los latifundios como si se tratase de un simulacro de la imposible reforma agraria.

Europa nos raptó, en el mejor sentido de la palabra. Nos llenó de autovías y de ferrocarriles, nos pobló de erasmus y logró lo que todos decían que no se podía lograr, modificar nuestra Constitución un par de veces: la primera, para bien, para incorporarnos a su selecto club; la segunda, más chunga, cuando en el verano de 2010, el PSOE y el PP pactaron a espaldas de casi todos los españoles la incorporación de la contención del déficit como una condición sine qua non para que nuestra frágil democracia fuera sostenible. Por aquel entonces, dejamos de ser estados miembros para convertirnos en humildes sucursales del Bundesbank y del Banco Central Europeo.

En estas circunstancias, se desarrolla una de las campañas más planas que se recuerdan en los últimos tiempos y que anticipan una abstención de caballo en los comicios europeos del próximo domingo día 25, una convocatoria cuya fecha incluso ignoran muchos de quienes están llamados a las urnas. El paso a dos entre Miguel Arias, primer candidato del PP y de Elena Valenciano, primera candidata del PSOE, se saldó con una de esas perlas cultivadas del eterno y por lo general competente ministro de Agricultura y Pesca, que resumió el encuentro electoral con la actitud sobrada del escolar que no quiere pelear con el gafotas de la clase por temor a hacerle daño: "El debate con una mujer es difícil. Si demuestras superioridad intelectual, eres machista", sentenció con la misma torpeza que cuando hace años echaba de menos a los antiguos camareros de nuestros bares.

La 1 de TVE retransmitirá el lunes 19 un nuevo pulso dialéctico con Esteban González Pons (PP), Ramón Jáuregui (PSOE), Ramón Tremosa (Coalición por Europa), Willy Meyer (La Izquierda Plural), Francisco Sosa Wagner (Unión Progreso y Democracia) y Josep Maria Terricabras (L´Esquerra pel Dret a Decidir). No están todos los que son pero son todos los que están. Y siempre es mejor, sobre todo cuando parece fragmentarse el bipartidismo tres años después del 15-M, que debatan seis a que sólo lo hagan dos.

Sin embargo, cabe preguntarnos de qué hablamos cuando hablamos de Europa. Hoy, más que nunca, tendríamos que discutir sobre cuál es la Unión que queremos, si la de los pueblos o la de los mercaderes. Nadie parece reflexionar sobre el mayor poder legislativo que a partir de ahora tendrá la Eurocámara a la hora de influir sobre las decisiones de la Comisión Europea, dos organismos que hasta ahora dormían en camas separadas. La Europa de los bancos o la de la salud pública. La de la discriminación o la de la convivencia. La del saber no ocupa lugar o la del Plan Bolonia. La de los brazos cruzados o la de una política propia en materia diplomática y de Defensa. No habrá caso: aquí, cuando debatimos de Europa, lo más que llegamos a vislumbrar es si los recortes persistirán, si estamos rescatados o secuestrados; o si una Cataluña independiente tendrá sitio o no en su mapa. En España, las elecciones europeas vienen a ser como los cuartos de final de nuestros propios ciclos electorales. Siempre está bien que se hable de la corrupción o de la estrambótica reforma de la Ley del Aborto, del IVA cultural o de los subsidios, pero se nos presenta una ocasión formidable para discutir qué queremos ser de mayores y nos empeñamos en creernos Peter Pan y negarnos a crecer en una Europa unida aunque necesariamente distinta a la de hoy.

En los escaños de Bruselas y de Estrasburgo se sentará, esta vez, probablemente, el mayor número de representantes de la derecha extrema que se recuerde en la Unión, después, eso sí, de la ascensión del Partido Nazi al Reichstag en 1933 con el 20 por ciento de los votos. El Partido Popular Europeo seguirá mandando y los socialdemócratas –españoles, franceses, alemanes, italianos o laboristas británicos, por ejemplo—tendrán que decidir si viajar sólo por los ferrocarriles del futuro o seguir de la manita de los conservadores. La izquierda también tiene un reto: la de superar diferencias y sumar similitudes. Si no, a pesar de la oportunidad que supone el distrito electoral único y el descrédito de los partidos mayoritarios, corre el riesgo de que su espacio termine siendo ocupado, como ocurriera en otros tiempos, por aventureros como Cicciolina o José María Ruiz Mateos.

Vale, lo comprendo, no dan ganas de votar el próximo domingo en las elecciones al Parlamento Europeo. Pero vamos a estar cinco años más arrepintiéndonos de habernos quedado en casita esperando a que Angela Merkel nos conceda el voto en las elecciones alemanas, que son las importantes.