Corazón de Olivetti

Dos tronos vacíos

 

La primavera española vuelve a ser tricolor: la calle bulle en manifestaciones que reclaman un referéndum por el que la España juancarlista decida si quiere que la monarquía se subarriende a Felipe VI o vuelva nuestra gana ubérrima, política, de ser republicanos. Este año, el Corpus llevará tatuada la flor de Lis en la custodia: quizá por ello, para no abundar en la extraña coincidencia de que el nuevo rey jure el cargo en el Día del Señor, se ha querido evitar la redundancia de cerrar el ceremonial de las dos cámaras con la tradicional misa en la Almudena oficiada por el inevitable monseñor Rouco Varela o por el neocatecumenal Kiko Argüello en el mejor de los casos.

Si no quieres caldo, toma dos tazas: los padrastros de la patria deciden ahora el estatuto del monarca jubilado. Si se le sigue considerando Rey, tendremos dos reyes, como el Vaticano tiene dos Papas. ¿No sería demasiada humillación para el país de Manuel Azaña, de Antonio Machado o de Manuel Chaves Nogales?. También los monárquicos se manifiestan entre congas al grito de "Viva el Rey, viva la Constitución, viva Felipe y viva España". Pero caben en una cabina de teléfonos como cabían en otro tiempo en la salita del té de la corte de Estoril que titulaba Juan de Borbón, el monarca favorito del republicanismo español porque fue el único que no reinó nunca. Sin embargo, los abanderados de la Corona están convencidos de que España no quiere un cambio de régimen y esgrimen encuestas diversas, más peregrinas que rigurosas cuando el CIS lleva muchos años sin preguntar por semejante albur. Si creen a pies juntillas en su victoria, ¿por qué no se avienen a convocar un reférendum, tal y como tiene previsto la Constitución que ellos tanto defienden, que dirima este litigio por vía directa? Porque temen –analiza Julio Anguita—que después de esa consulta vengan otras, que no sólo tendrían que ver con la sangre azul sino con la sangría económica que los poderes reales vienen practicando al pueblo soberano de nuestra patria.

Ahora, se decidirá seguramente el aforamiento del Rey, que en dicho menester se verá degradado prácticamente a la condición de parlamentario autonómico o senador ocioso después de haber sido inviolable como el brazo incorrupto de Santa Teresa. Buen momento para revisar también el estatus de Mariano Rajoy quien, visto lo visto esta semana, guardaría mejores hechuras de edecán de palacio que de presidente del Gobierno: ¿dónde se ha visto que un primer ministro adelante la exclusiva de la abdicación de un Rey?, como se preguntó con rigor Felipe González.

Rajoy lleva una semana ejerciendo como Jefe de la Casa Real. De hecho, aparenta en sus idas y venidas un no sé qué de Felipe II pintado por Sofonisba Anguissola, a quien sólo le faltaría un Toisón de Oro en la pechera. Sin embargo, sonríe convencido de que la Armada Invencible de sus reformas económicas no se han estrellado contra los arrecifes ingleses sino que ya remontan cuatro meses de creación de empleo, aunque sea precario y con salarios en deflación, lo que no parece preocupar a Mario Dragui tanto como los precios y nuestra capacidad de exportación.

Es tan generoso y tan astuto el inquilino de La Moncloa que hasta se permite darle un formidable abrazo del oso a Alfredo Pérez Rubalcaba, más ceniciento en cambio en estos días, como un preboste noventayochista, con el problema de España a cuestas y cuyo cuadro se apolilla en el salón de los pasos perdidos. Qué bueno es Alfredo, viene a decirnos, que va a imponer la disciplina del voto de los suyos aún a costa de que el PSOE malvenda su tradición republicana en un baratillo junto a la estatua de Cascorro.

Hay dos tronos vacíos en este país. El segundo está en Ferraz y desde el cantón al sur de Despeñaperros a los comuneros de Castilla y los chulapos de Madrid se aprestan a llenar ese hueco irreparable, sin que tampoco parezca que vaya a haber referéndum entre sus filas: ni a favor de la república o de la monarquía, ni a favor de la socialdemocracia o del centrismo populista, cuando están cayendo a manojitos las mesnadas de su izquierda, sin que le dejen probablemente acercarse al teatro de operaciones del poder a la Izquierda Socialista de José Antonio Pérez Tapia. Así, la marca catalana no sabe y no contesta, mientras entran en pánico los hidalgos, marqueses, condesas y barones de sus ayuntamientos, autonomías y fortalezas limítrofes. Hasta Carmen Chacón se ausenta del campo de batalla, quizá porque prefiera armar a su propio ejército para futuras lizas políticas. Eduardo Madina y Pedro Sánchez, en cambio, temen ya que Susana Díaz gane la guerra interna sin ni siquiera disputarla, por aclamación casi unánime como las antiguas cortes proclamaban a sus soberanos, como un primun inter pares.

Esa es la duda que probablemente reine en el Palacio de San Telmo: si su actual inquilina decide compaginar finalmente la secretaría general del PSOE con la presidencia de la Junta andaluza, quizá deje desguarnecido su principal castillo electoral, el de Andalucía, dependiendo machadianamente del cristal con que se mire. De hecho, dicha operación puede interpretarse políticamente de dos formas: sus detractores, como una tocata y fuga o, sus partidarios, como un empoderamiento andaluz. La decisión final la sabremos pronto. Tal vez mucho antes de que Felipe VI, entronizado por una mayoría parlamentaria que en ese aspecto parece que no representa a la mayoría real de la nación, asuma la necesidad de convocar el referéndum que definitivamente le legitime o le derroque; o bien emprenda la redacción de una nueva constitución que pueda legitimar, en cualquier caso, a la monarquía parlamentaria frente a los retos actuales a los que no parece responder ya la del 78. Se aproximan, en cualquier caso, las elecciones municipales y –aviso a navegantes-- dichos comicios no suelen traer buenos recuerdos a los borbones.