Corazón de Olivetti

Como un mal de Africa.-

 

El mal de Africa no es aquel viento cálido que percibía Franco Battiato en uno de sus mejores cantables y que acariciaba la isla de Lampedusa hasta donde ahora llegan los balseros disidentes de la desesperanza. Su mal es su tópico: nunca un continente tan grande mereció un imaginario tan reducido. Desde Escipión a Sidney Pollack, pasando por Joseph Conrad o por John Houston, hemos intentado --magistralmente en algunos casos-- retratar su todo desde una ínfima parte, como en la vieja fábula de los ciegos describiendo por el tacto a un elefante.

Su diversidad termina convirtiéndose en generalización. Se oscurece su riqueza y se pone el foco en sus miserias, entre ancianos comidos por las moscas y diamantes de sangre a buen precio. Durante las últimas décadas, su abandono de siglo se ha elevado a la enésima potencia. Y, con ello, entre antenas parabólicas y mejores medios de transporte, la necesidad urgente de poner tierra de por medio para quienes  no se resignan a ser nada pero tampoco gozan del entusiasmo de la rebeldía colectiva para quedarse a luchar allí por otro mundo posible.  Las migraciones se han convertido en otra de las caricaturas africanas al uso. Una encrucijada en donde se juntan la avaricia, el miedo y la ignorancia de quienes les recibimos a esta orilla con los CIEs cerrados con cerrojos en vez de con los brazos abiertos.

A pesar del reciente estancamiento económico de Alemania y de Francia, continúan llegando. Sin la más mínima inquietud ante la recesión que vuelve a acechar a Italia. Incluso por encima del supuesto éxito macroeconómico de Portugal y de España que sigue convirtiendo a la balsa de piedra de José Saramago en una enorme factoría de parados, de frustraciones, de sueños y de pesadillas.

Qué falta de decoro tienen los inmigrantes clandestinos. No tienen en cuenta las políticas restrictivas en materia de derechos humanos y de derechos civiles que arbitran contra ellos los democráticos gobiernos europeos. Ni siquiera les detiene el hecho de que en países como España ni siquiera se les garantice una plena asistencia sanitaria. Ahí llegan, a pesar de que nuestras autoridades evitan cualquier efecto llamada, deslocalizando concienzudamente el tercer mundo hacia el primero. Por ahí brincan o nadan, atléticos e inteligentes. Lo mejor de cada casa, con el impulso de quienes no tienen nada que perder aunque probablemente tampoco tengan aquí demasiado que ganar. No les detienen ni el fuego graneado sobre sus cabezas junto al mar de Ceuta, que ahora investiga por fin un juzgado. Ni las devoluciones en caliente –bonita metáfora, bien conocida por quienes han probado la represión en cualquiera de sus formas—junto a la tierra de nadie de Melilla. Saltan las vallas fronterizas con la agilidad de un plusmarquista y la desesperación de los indignados. Son, probablemente sin saberlo, como los del 15-M, pero del 15-M nuestro de cada día, de cada mes, de cada año o de cada siglo.

Vienen de las primaveras árabes o del 20 de febrero marroquí, de la jaima de El Aaiún o del avispero de Libia. De ese Irak que llevaba media historia siendo destrozado por Sadam Hussein y, desde hace diez años, afortunadamente, está siendo devastado por los aliados que le depusieron y por los yihadistas que pretenden deponer ahora a quienes pusieron los aliados. Sobre todo, vienen del invierno de Africa, perpetuo como las nieves del Kilimanjaro. El de los estados fallidos como Somalia, el de las guerras civiles que no interesan como las de Mali, el de Oriente Próximo donde la manifiesta decadencia diplomática y política de Washington y de Bruselas se convierte, más que nunca, en un factor de riesgo tan terrible como el del creciente poder de Moscú, de Estambul o de Pekín, de Tel Aviv o de Teherán, sobre el incendio creciente de Damasco o de El Cairo.

Amerizan a bordo de barcas de juguete o, quienes pueden pagarlo, en lanchas fuera borda que escapan al control de los sonares del Sistema Integrado de Vigilancia Exterior (SIVE), ese Big Brother que supuestamente peina las costas del Estrecho pero que también se ha visto afectado por los recortes que no cesan en el antiguo paraíso europeo, donde ahora reinan los xenófobos, los racistas o ese populismo ramplón pero eficiente de quienes son capaces de convencer a la ciudadanía de que lo más lógico es proteger a los bancos y desproteger a los desbancados.

Proceden de una tierra saqueada por los colonialistas o por los tiranos autóctonos que siguieron vampirizando a sus pueblos después de la independencia. De esos lugares donde Corea, China, las trasnacionales o los multimillonarios, compran tierras a precio de ganga como futuros almacenes de víveres o donde el Frontex soborna a los gobernantes para incumplir la carta universal de los derechos humanos y evitar que zarpen cayucos o pateras.

Provienen de las hambrunas o de las pandemias, de los niños soldados y de los niños esclavos, de Al Qaeda del Magreb Islámico o de la despótica Guinea Ecuatorial que ahora vuelve a buscar inversores en España. De un espacio donde no existe el tratamiento contra el Ebola que Estados Unidos ensaya, no siempre con suerte, con unos cuantos privilegiados. De allí donde el Sida se ha quedado a vivir como un okupa al que nadie parece interesado en desahuciar con los antidisturbios de la ciencia. De los hutus y de los tutsis, ya saben. De ese universo que nos transmiten las noticias pero que a veces oculta esa otra realidad africana.

La de países poderosos como Nigeria, a pesar de su guerra no declarada, o Suráfrica, que sigue siendo una potencia incluso después de sufrir el Mundial de Fútbol. La del turismo que mueve fortunas en Kenia o en Tanzania. La de la vida corriente en las sabanas o en las ciudades, la de la biblioteca de Tombuctú siempre amenazada, la del agua escasa y el porvenir frágil.

En Africa, el continente donde nacieron los europeos, no sólo se puede morir a mano armada o a estómago vacío. También puede morirse de aburrimiento. El instinto de supervivencia es el mismo en todos esos casos. Es tan legítimo huir de un lugar donde tu vida peligra que de un sitio donde peligro tu futuro. Convendría que lo supieran los archiministros, los tecnócratas que urden las leyes de extranjería, aquellos que han estrangulado las políticas de cooperación al desarrollo hasta asfixiarlas. Van a seguir viniendo los africanos. Cuanto más les humillen y les silencien, les apaleen o les encierren, cuanto más les nieguen la dignidad y los papeles. Llevan cruzando de un mundo a otro desde que la tectónica les facilitó un visado natural para ejercitar el derecho a buscarse la vida y construir nuestro ADN.

Se dice que nadie está a favor de la inmigración clandestina, pero no lo creo. Parecen muy favorables a consolidar dicha figura las autoridades de la Unión Europea que niegan la legalidad a más de once millones de personas que viven y trabajan desde hace años a esta orilla del tiempo. O los falsos empresarios que les usan como mano de obra barata y que quizá financien a los partidos que favorecen que los trabajadores se conviertan en furtivos. O las famosas mafias que casi nunca se sientan en el banquillo de los acusados.

Podrían venir en ferry, pero a menudo ni siquiera llegan o lo hacen en esos terribles barcos de madera a los que las funerarias llaman ataúdes. Podrían quedarse en casa a cambiar su país y tumbar a los tiranos, ya fueran propios o extraños. Pero si nosotros, con la osadía de la clase media y la memoria de la revolución francesa, somos incapaces de derrocar el absolutismo de la contención del déficit, ¿cómo podemos pedirles que renuncien a mejorar de golpe y porrazo su vida cotidiana y se queden en sus respectivas patrias para combatir sus propias pesadillas? A menudo sostenidas, por cierto, por la intocable alevosía de nuestros intereses.

Perded toda esperanza: el discurso más frecuente será el de que no caben. La realidad más tangible, sin embargo, será la de que no sobran. Cada verano, como el de ahora, se convertirán en primera plana y en opiniones de la encuesta del CIS. Luego, cuando lleguen las lluvias, volverán al silencio salvo cuando griten de tarde en tarde ante las empalizadas del nuevo limes de nuestro imperio contra los bárbaros del sur. Se diluirán, como Africa, dramáticos, desconocidos y estereotipados; sin derecho siquiera a una noticia de cierre en cualquier telediario.