De Cristobalito Gazmoño al pequeño Nicolás

Cada época tiene sus héroes. Y sus personajes hilarantes o cómicos. En la España de los 60, los televidentes pioneros se solazaban con Cristobalito Gazmoño, un niño repelente y revoltoso al que interpretaba Tony Leblanc con cara de panoli y un eterno aro. Todo un símbolo para la época: repelente como la dictadura, rebelde como los más jóvenes aunque todos termináramos pasando por el aro de un transición que siempre supusimos trucada y que, ahora, sencillamente, sabemos que así fue.

En los últimos días se ha alzado como un símbolo de la contemporaneidad, Francisco Nicolás Gómez Iglesias, que se interpreta a sí mismo y a sus sosias, con nombre de príncipe y cara de cemento. El pequeño Nicolás –como ahora le conocemos en homenaje a una célebre película—es un cruce entre Rinconete, Cortadillo, el buscón don Pablos, el Dioni y José María Ruiz Mateos. Todo el casticismo de los murcios españoles, mezclado con el glamour de Lemon Brothers y la caspa postmoderna de las preferentes. Seguro que Santiago Segura le ficha para participar en el rodaje de “Torrente 6”.

En la patria del timo de la estampita y de Luis Roldán, en la de Luis Bárcenas y Miguel Blesa, ¿cómo vamos a extrañarnos de que este pituco se dejara untar por un espabilado que buscaba una recalificación de terrenos? ¿O, en realidad, nos extrañamos de que no fuera cierto de que podía cambiar la voluntad de la administración por un quítame allá treinta y cinco mil euros?

Hoy en día, el finibusterrae de la picaresca –con permiso de Miguel de Cervantes—no se reduce a las almadrabas del Estrecho donde los buscavidas iban a la conquista de Túnez y a servir al duque de Medina Sidonia. Hoy, es España toda, provincia a provincia, como si cada circunscripción electoral tuviera derecho al menos a una orquesta, a un multicines y a un caso de corrupción que sea especialmente llamativo.

El pequeño Nicolás se colaba de rondón en palacios y en recepciones reales. Pero al Bigotes lo invitaban a dichos enclaves. Que tenía el número de teléfono del rey, cuentan. ¿No lo tenía nadie más? Podríamos preguntárselo, sin ir más lejos, a Rafael Spottorno, por si fuera compatible la flor de lis con las tarjetas black.

Que Fran –así lo llamaban sus íntimos– se codeaba con alcaldes de Miami, con prestigiosos vocales de la Comisión Nacional del Mercado de Valores, o que intentara convencer a Manos Limpias de que retirase la demanda contra Cristina de Borbón en el Caso Noos, vale. Sin embargo, cabe preguntarnos cuantos otros lo han hecho de igual forma, con todas las credenciales en regla, en ese laberinto de influencias, nepotismos y componendas en el que algunos han convertido a la ansiada democracia española.

Que era asesor de la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría. ¿Por qué íbamos a dudarlo si ella y Mariano Rajoy siguen manteniendo como ministra a Ana Mato y con un desparpajo digno del pequeño Nicolás, ambos se ufanan de haber gestionado estupendamente la crisis del Ebola en nuestro país?

Que ejercía como agente del Centro Nacional de Inteligencia. ¿De qué extrañarnos en la nación de Mortadelo y Filemón, con el doctor Bacterio reencarnado en Javier Rodríguez, quien increíblemente sigue siendo consejero de Sanidad de la comunidad de Madrid? O en el mismo Estado –calamitoso– que el ministro de Interior intenta perpetuar las devoluciones en caliente de inmigrantes en las vallas de Ceuta y Melilla, cambiando las leyes españolas que las prohíben, sin tener en cuenta la legislación y los convenios internacionales o ese papel mojado al que llamamos Constitución.

Que era raro que no manejase dinero propio pero que alardeara de llevar en la cartera billetes de quinientos, cuentan quienes conocían de cerca a Francisco Nicolás. ¿Con qué dinero se ha recapitalizado la banca española?, cabría preguntarnos. ¿Era real o ficticia la pasta gansa de la familia Pujol de veraneo en los paraísos fiscales? En la tierra de Rodrigo Rato y de Pedro Pacheco, el de los pufos toledanos de la basura en lo que lo más limpio seguramente sea la basura, en la península de los aeropuertos sin aviones y en la de los cursos sin formación, lo pintoresco no debiera ser que un fingidor de semejante calibre gozara de amistades en el Gobierno y en los ayuntamientos, que a Esperanza Aguirre le sonase su cara o apareciera como el mocito feliz en las glamourosas fotografías de los actos oficiales.

De Puerta de Hierro a Sotogrande, de Villar Mir a La Pechotes, del yate donde se hacía selfies durante las juergas al Nissan X-Trail adscrito al Grupo Especial de Protección de la Policía Local de Madrid, del que hizo uso al menos en una ocasión, cuando brindaba con suerte servicios de guardaespaldas de los que no disponía para lo que fichaba a algunos municipales. Escasa imaginación, a fin de cuentas, si se le compara con la Gürtel o con los eres fraudulentos, con el caso Emperador o con el Palma Arena. Una fruslería, a fin de cuentas: hoy por hoy, aquí y ahora, se encuentran abiertas 1700 causas judiciales por corrupción, con más de 500 imputados pero sólo 20 culpables en prisión. Que no tema el pequeño Nicolás porque, en el peor de los casos, lo mismo resulta favorecido por alguna de esas amnistías fiscales con las que nos sorprende el Gobierno.

En el territorio donde parece normal la actitud chulesca de Cristobal Montoro defendiendo los presupuestos generales, ¿cómo vamos a poner el grito en el cielo porque este fulano se retratase con José María Aznar o se dejara caer de tarde en tarde por la sede de la FAES? Nunca suplantó a nadie, proclama su abogado. Siempre actuó bajo su propio nombre. Todo un homenaje a Frank Abagnale, aquel tipo que se enriqueció haciéndose pasar sin título alguno por piloto, médico y abogado, hasta que la justicia le puso a buen recaudo pero inspiró la película de Steven Spielberg, «Atrápame si puedes» («Catch Me If You Can», 2002), interpretada por Leonardo Di Caprio y por Tom Hanks. ¿Quién hará el papel del pequeño Nicolás en la gran pantalla? Seguramente un poeta. Son fingidores, según Fernando Pessoa.