Corazón de Olivetti

Rajoy en la corte del G-20

El G-20 es la mini ONU de los más pudientes, pero sus conclusiones suelen tener el mismo escaso efecto que las de la Asamblea General de Naciones Unidas. Juegan, eso sí, a adivinar tendencias macroeconómicas, pero con la misma discutible clarividencia que la de un echador de cartas.

Viajan por lugares exóticos –desde Corea a Australia, por ejemplo—y en los mercados influye más que sus análisis y propuestas, esa otra foto fija a la que los guasones llaman el Informe Caritas: en la reunión de 2012, por ejemplo, la crisis española se dejaba ver en la actitud mendicante de Mariano Rajoy, al que Barack Obama saludó con tanta afabilidad como el burgués que le sonríe unos céntimos al pobre que pide a la puerta de la misa de doce.

En aquel entonces, los restantes presidentes y primeros ministros europeos, miraban al actual inquilino de La Moncloa con la cautela de quienes pensaban que el virus de la crisis española fuera contagioso. Así que ahora saca pecho en Brisbane y reparte consejos reformistas con la misma expectación que despertaba el famoso don nadie que Roberto Begnini interpretaba en "A Roma con amor", de Woody Allen.

Más reformas, pedía Mariano Rajoy ayer mismo. Más reformas, el FMI. Muchas más, la OCDE. Y para qué hablar de las que reclama la Unión Europea de Jean-Claude Juncker, el que fuera primer ministro luxemburgués y ahora preside la comisión comunitaria, a pesar del escándalo suscitado por los acuerdos secretos de 340 empresas radicadas en su país, uno de los mayores paraísos fiscales con los que se supone que hay que acabar, según ha propuesto Australia en esta cumbre de los 19 países más poderosos del planeta más la Unión Europea.

Un ejemplo para el mundo, dijo Rajoy que constituían las reformas llevadas a cabo por su Gobierno. La reducción del déficit público: a costa de dinamitar la educación, la salud pública, el apoyo a la dependencia y otros pilares del viejo estado del bienestar. Las reformas destinadas a la actividad empresarial, como la ley de Emprendedores o de Unidad de Mercado, pregonó también, entre otras medidas que indicen en la recuperación de la competitividad. Ergo, ¿por qué el índice General de Producción Industrial está bajando desde hace más de veinte meses, a excepción de un trimestre, según los indicadores del Instituto Nacional de Estadística y las fábricas españolas llevan casi dos años viendo como su carga de trabajo disminuye? La reforma energética, añadió el presidente. Con las energías alternativas varadas y aumentando exponencialmente el vasallaje a las eléctricas.

Y, por supuesto, la reforma laboral que, a su juicio, "ha permitido crear empleo con menores tasas de crecimiento que en el pasado". Pero, si cuando él llegó al Gobierno la cifra de parados estaba en 5.273.600, subió a más de 6 millones durante su mandato y ahora se sitúa en 5.470.000, todavía por encima de esa cota y con un empleo mucho más precario: durante el último verano, sin ir más lejos, casi cuatro de cada diez nuevos contratos, tanto indefinidos como temporales, eran contratos por horas.

¿Alguien recuerda, en la época de ZP, cuando los apóstoles neoliberales nos sermoneaban con el albur de que había que abaratar el despido para crear empleo? Resultó inútil responder que si abaratas el despido, creas más despido y si abaratas el empleo, creas más empleo. No hubo caso. Aplicaron la receta al pie de la letra porque el principal propósito era quitarse de encima a buena parte de la mano de obra, en especial la de mayor edad, para reducir plantillas hasta el genocidio y sin ampararse siquiera en malos resultados contables. Por ese mismo motivo, quizá, apareció el otro día un lumbreras del BBVA con toda la pinta de jugar a los globos sondas, proponiendo que para incentivar el empleo había que abaratar los despidos todavía más: a este paso, los currantes terminarán pagándole al empresario cuando pierdan su trabajo. De hecho, el prestigioso banco sugiere que sean los propios trabajadores quienes vayan ahorrando en una hucha para que la indemnización por desempleo corra a medias entre la patronal y el propio perjudicado.

En la corte del G-20, el paro no tiene nombre, sino números. No es Sandra, que llevaba media vida de secretaria de alta dirección y ahora ha tenido que volverse al pueblo de sus padres porque no le queda un euro con que salir adelante. Ni Felipe, con sus cuatrocientos euros que no le dan ni para pagar la hipoteca de una casa de la que le terminarán echando junto a una familia que nunca había pensado que la miseria llamaría a su puerta. Ni Antonio, que no quiere que sus vecinos sepan que almuerza en un comedor social y que entra en la parroquia por la puerta trasera por ver si Cáritas le da leche y arroz para ir tirando. Según Intermón Oxfám, en 2025 habrá veinte millones de pobres en España, pero esas cuestiones no le interesan al G-20.

Allí se habla de lo que se habla. De barcos de guerra, según Vladimir Putín, cuando esboza su coherente discurso de que la vida humana es prescindible pero la economía no. De perdonar parte de la deuda externa a los países afectados por el Ebola, a propuesta de Estados Unidos, pero sin atender específicamente a la demanda formulada por Aministía Internacional, Intermón Oxfam, Plan Internacional y Save the Children, que han reclamado los recursos internacionales que sean necesarios para detener la pandemia que ha matado a más de 5.000 personas en Libera, Sierra Leona o Guinea Conakry. ¿Qué hicieron en años anteriores estos veinte ante crisis como las de la hambruna del Sahel?

¿De qué han servido las anteriores conclusiones del G-20? Tras la cumbre de Seúl, por ejemplo, se supone que los países emergentes tienen más presencia en el FMI. Formalmente, puede ser así, pero las decisiones las toman quienes las toman, que suelen ser las grandes potencias en un organismo que ha estado en manos tan expertas como las de Rodrigo Rato. También se reclamó un claro refuerzo a la seguridad de los sistemas financieros, de manera que los bancos tengan más capital por dólar de activos. Esa fórmula probablemente frene la caía en picado de ciertas entidades pero, ¿ayuda realmente a que el dinero fluya y llegue a las familias o a las pymes? Si ambas propuestas son suficientemente vagas, ¿qué pasó con otra que propuso el establecimiento de una serie de indicadores para calibrar los desequilibrios globales?

Aquí no se viene a pedir, aquí se viene a hacer negocio, dirán los que mandan, entre los que más mandan, a la manera de aquel Henry John Temple, tercer vizconde de Palmerston, que enunció la célebre máxima por la que suelen regirse este tipo de contubernios: "Inglaterra no tiene amigos, tiene intereses". Bajo esos parámetros, sólo cabría preguntar si no sería más práctico que en lugar de los gobernantes de esos veinte territorios privilegiados, entre la opulencia y la emergencia, no cabría reunir en su propio G-20 a la trasnacionales y bancos que mueven los hilos de nuestros gobiernos más o menos democráticos. Siempre pudo más Vito Corleone que el alcalde de Chicago.