Corazón de Olivetti

España en marcha

Bajo las nieblas de la dictadura franquista, Gabriel Celaya, aquel célebre ingeniero del verso, dejó escrito un poema que ayer mismo pudo verse por las calles de este país de ida y vuelta: "¡A la calle! que ya es hora/ de pasearnos a cuerpo/y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo".

"España en marcha", se titulaba aquel texto, escrito mucho antes de este 29-N, una movilización que recorrió la espina dorsal de los brotes verdes, con un espeluznante lema: "pan, trabajo, techo y dignidad". Por pintar sobre una pared esas dos primeras palabras, mataron a Javier Verdejo en la
Almería del tardofranquismo. La dignidad fue la principal reivindicación de las primaveras árabes. Y el techo es eso que todavía queda cuando un bombero íntegro como Roberto Rivas se niega a desahuciar octogenarios porque a él le pagan por rescatar personas y no por rescatar bancos.

Nos sobran los motivos. Lo cantaba Joaquín Sabina y sigue siendo un éxito callejero: contra la corrupción que no cesa pero contra los recortes, que tampoco. Hace un par de semanas, el presidente español sacaba pecho en el G-20 de Sydney en torno a la bonanza económica española, ese nuevo milagro macroeconómico que tanto está tardando en rozar el suelo del pan nuestro de cada día. Y el gentío de ayer, en cambio, pedía precisamente pan: ¿acaso hay hambre?, se preguntarán con suficiencia los sabelotodo que aseguran que el hecho de encontrarse en riesgo de pobreza y exclusión social es una fórmula retórica que los sociólogos utilizan para inflar los informes de las ONGs. Claro que estas asociaciones trabajan sobre el terreno y los sesudos analistas neoliberales lo hacen con el mando a distancia. Quizá por ello le resten importancia al dato de dos millones de niños desnutridos, malnutridos o simplemente hambrientos a nuestro alrededor. El Instituto Nacional de Estadística, que por ahora no parece sospechoso de haber sido ocupado por los perroflautas, asegura que el 27 por ciento de los hogares españoles no puede permitirse una comida de pollo, pescado o carne cada dos días. Cuestión de matices, sin duda alguna. Como si Ana Mato y el PP se enriquecieron con la Gurtel por voluntad propia o por carambola conyugal.

Trabajo pedían los manifestantes de ayer. Tal que si nuestra poderosa nación –el pasmo de la austerocracia-- no tuviera sobrados medios de transporte para exportar parados a media Unión Europea. Inútil repetir las cifras del desempleo. La OIT reclama subida de salarios y el FMI, del salario mínimo interprofesional. Pertenecerán seguramente a los círculos de Podemos o al club de fans de Juan Torres y de Vicenç Navarro, cuyo borrador de programa económico ha sido desbrozado esta semana por responsables políticos, analistas y profesionales de la comunicación con la misma intensidad como si fuera un añejo video de Bin Laden en manos de la inteligencia norteamericana.

Somos un país sin techo. Treinta mil personas, chispa más o menos, carecen de hogar. Homeless, cantaba Paul Simon. Su número ha crecido un 17 por ciento en los últimos años. En febrero, The Guardian publicaba una estadística que cifraba en 3,4 millones el número de viviendas vacías en España, el 14 por ciento del total de 25,2 millones de su parque inmobiliario. Once millones de viviendas desocupadas en la Unión Europea: dos millones en Italia y Francia, respectivamente, 1,8 en Alemania o 700.000 en Gran Bretaña, por poner unos cuantos ejemplos. En el congreso "Solidaridad urbana", celebrado en Bilbao meses atrás, se señaló que el problema no estribaba tanto en que haya viviendas vacías sino que no haya viviendas asequibles. Frente a las personas sin techo, en Francia y en Italia, al menos, hay medidas fiscales para la limitación del derecho a la propiedad y medidas de incentivación de la puesta en mercado de los techos sin personas. Aquí, las medidas antidesahucio del Gobierno central no sirven y otras más audaces, como la promovida por la Junta de Andalucía, son recurridas sistemáticamente por el Gobierno central. O ni siquiera se sabe donde quedan las viviendas desocupadas que podrían ocuparse.

Y, por fin, la dignidad.

La de todas las mareas, la de los ecologistas que sortean multas y envites de lanchas de la Armada.

La dignidad de los policías que se niegan a aceptar de grado la Ley Mordaza que proyecta el Gobierno y la indignidad del Gobierno que no dota de chalecos antibalas a las agentes que mueren en un tiroteo.

La dignidad de Teresa Romero, la enfermera recuperada del Ebola, y la indignidad de Francisco Javier Rodríguez, consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid que sigue sin dimitir de su cargo, aunque la razón dimitió de él hace ya mucho.

La dignidad de los trabajadores de la RTVE que se niegan a volver a ser el NO-DO. La indignidad de los directivos que utilizan el señuelo de la vuelta de la publicidad a la primera cadena para intentar callarle la boca a las televisiones privadas, en una de esas derivas bolivaristas que tanto reprochan los de la brillantina a los de la coleta. El modelo de televisión pública que le salió tan bien a Zapatero molestaba demasiado como para mantenerlo vivo. A la derecha le gusta más la solución Valencia, la de cargarte un aparato de propaganda porque sale muy caro y privatizarlo luego para que siga haciendo la misma labor pero a mejor precio.

La dignidad del techo, del pan y del trabajo. Nosotros somos quien somos, basta de historia y de cuentos. Cierto es que buena parte de las manifestaciones son masivas pero no son mayoritarias. Una parte de España, al menos, está en marcha. Como quería Celaya. Y el resto parece disponerse a estarlo en las próximas convocatorias electorales.