Corazón de Olivetti

La mitad del infierno

 

Todos somos mujeres. O deberíamos sentirnos como ellas, invencibles y frágiles al mismo tiempo. Ninguna revolución sería posible sin la mujer, aseguraba John Lennon. Ninguna democracia, tampoco. Para incrementar su presencia en las candidaturas electorales, la civilización inventó la discriminación positiva o las listas cremalleras que, con gran enojo por parte de la caspa patria, terminaron imponiéndose en el último estatuto de autonomía de Andalucía, aproximándose al modelo sueco y a sabiendas de que, como ocurriese en Finlandia, cualquier retroceso en ese frente de batalla podría suponer el retorno a esa vieja costumbre de que la política, como aquel viejo brandy español, sólo fuera cosa de hombres.

Malo y raro es que, más allá de las constituciones y de los convenios internacionales, los distintos tiempos de la marginación siguen declinándose por sexo, condición o raza: "El feminismo es una protesta valerosa de todo un sexo contra la positiva disminución de su personalidad", proclamaba la liberal Clara Campoamor en años  poco liberales.

Hoy en día, incluso a los sectores más casposos del machismo ibérico, se le antoja extravagante que hasta 1931 no se instaurase el sufragio universal en nuestro país, incluyendo a las mujeres: a fin de cuenta, incluso la Iglesia Católica les reconoció mucho antes el derecho al alma. Sin embargo, tampoco conviene creer que nuestra equidad es incontestable: resulta significativo que la Revolución Francesa excluyera la representación femenina o que las mujeres tampoco estuviesen presentes en la Constitución de Cádiz, la de 1812, que dejaba también fuera del fallido paraíso democrático a los esclavos y a los asalariados, restringiendo su avance a los hombres libres. ¿No nos avergonzaremos acaso, cuando corra el tiempo, con esa brecha salarial que explota a las mujeres y que ya ha sido prácticamente erradicada del sector público pero que sigue primando entre las empresas privadas?

El informe sobre el abismo de los sueldos en nuestro país que hace unos días difundió la OIT nos alerta de lo ya sabido: el diferencial entre lo que cobra un hombre y una mujer en España por el mismo puesto de trabajo se sitúa en el 17 por ciento y, para equiparar ambos parámetros, tendrán que transcurrir al menos 71 años, con los avances registrados hasta la fecha. Máxime teniendo en cuenta la mayor preparación de las mujeres sobre el común de los hombres, según ha constatado la OCDE en otro informe sobre brecha de género en la educación, que se ha hecho público al rebufo del 8 de marzo. Curioso, por cierto, que la mayoría de los medios de comunicación destacaran la supremacía masculina en matemáticas cuando la femenina barría en el resto.

¿Cómo puede ser que, a pesar de lo manifiestamente injusto de dicha situación, no hayamos sido capaces de poner de acuerdo a sindicatos, empresarios y gobiernos para erradicar de una vez por todas ese disparate? Claro que tampoco hemos triunfado a la hora de consensuar medidas legales como la del aborto, que sigue despertando controversia a pesar de que Mariano Rajoy tuviera que enmendarle la plana a Alberto Ruíz Gallardón. Más allá de todo ello, ¿dónde queda el proyecto de ley de igualdad de trato, que tenía prácticamente ultimado Bibiana Aído pero que se quedó en puertas durante la segunda legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero y que el capidisminuido departamento de Igualdad en el mundo PP ha guardado celosamente en un cajón bajo llave?.

Desde las mujeres prostituidas a las que han tenido que dejar su empleo en lugar de sus maridos, por mor de la crisis o de la conciliación, a pesar de los avances, el panorama no es demasiado alentador: empleadas del hogar sin contrato ni seguridad social, becarias eternas, damnificadas por los recortes dramáticos de la ley de dependencia. Cada año, en torno al día violeta, surgen voces que se escandalizan sobre esta situación y que, en gran medida, guardan silencio al respecto durante el resto del calendario. Como en tantos otros aspectos de la realidad, jugamos a ser títeres de una coreografía ajena, la de un sistema capitalista, cada vez con menos bozales, que encuentra en la desigualdad la clave profunda de su poder y de su esencia. Bailamos al son de "Grease" o de "West side story", los chicos con los chicos y las chicas con las chicas, aunque no siempre en este último caso cuando las víctimas de esa arcana tradición llegan a convertirse en cómplices de sus verdugos. En nada favorece la causa de la emancipación que ministras o hermanas de reyes aseguren desconocer el origen del cochazo o de los negocios de sus maridos.

¿De veras nos interesa a los hombres ese extraño diferencial de injusticia? ¿Hasta qué punto seremos libres e iguales si ellas no lo son? El género masculino también viene siendo cautivo, desde hace siglos, de su propio y mezquino estereotipo, que sigue reflejándose en un sinfín de encuestas, investigaciones y estudios que delatan la sombra genética del patriarcado en los adolescentes que quieren controlar la vida de sus novias y en la complaciente sumisión de muchas de ellas, que más allá del legítimo imaginario erótico siguen prefiriendo a Mike Thyson frente a Woody Allen. Las cincuenta sombras de Grey apenas resultan un juego erótico mal escrito si se compara con las humillaciones cotidianas que la mujer sigue asumiendo sin sombra de escándalo o de extrañeza.

¿Por qué nos empeñamos en sacar fuera de la cama los roles sadomaso, pero sin el glamour del cuero y sus arneses, con la fría fusta de una nómina o de un escalafón que, sobre todo en la empresa privada, sigue situando a los hombres como perpetuos amos del calabozo, más allá de excepciones de apellido tan rotundo como Botín o Koplowitz?

Que nadie se llame a engaño. Si discriminan a las mujeres, discriminan el derecho a la igualdad de todos. Si cada vez somos más precarios, las mujeres lo serán todavía más. Suelen acusarnos ellas, a menudo con razón, de ser egoístas. Vamos a asumirlo: nos conviene luchar por ser iguales porque la desigualdad no va a hacernos felices. Si permitimos que los diferentes poderes machaquen a la mitad del cielo, nos veremos condenados y condenadas a repartirnos simplemente la mitad del infierno.