Corazón de Olivetti

Mafias, pero ¿qué mafias?

Primero incendiamos sus países y luego intentamos evitar que huyan de las llamas. Los próceres que pretendieron cambiar el mapa político del norte de África ahora confunden a los inmigrantes con los que cumplen todas las condiciones posibles para, en un mundo justo, alcanzar el estatuto del refugiado o del asilo político. Mientras el mediterráneo se llena de cadáveres, la Unión Europea esgrime el mantra de las mafias como sigue utilizando el supuesto efecto llamada para impedir la regularización de once millones de personas sin papeles que siguen moviéndose por la Unión Europea y que no generan derechos pero tampoco deberes.

Cierto que hay mafias que se dedican al tráfico de personas en las costas de Libia o de Siria. Menos mal que existen, cabría decir si la alternativa es sencillamente que se sienten a esperar a que un enmascarado les decapite, un presidente enloquecido les bombardee o una retahíla de naciones voraces les colonicen. La guerra civil generada en Siria a partir del intento de tumbar al tirano Bachir El Asad lo único que ha logrado es fundar el llamado Estado Islámico que ejerce el terror como único fundamento de su yihad. Y, eso sí, ha provocado más de 200.000 muertes desde 2011, de entre las cuales se estima que 63. 072 son víctimas civiles.  Por no hablar de tres millones de desplazados que no encuentran refugio en ningún sitio. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los acogemos en el próspero Iraq, otro éxito de nuestra diplomacia bélica? ¿O en la antigua Libia del coronel Gadaffi, hoy fragmentada y en pie de guerra perpetuo?

"Si yo viviera en un país como estos..."

El pánico de la población que huye de semejante polvorín ha propiciado la aparición de organizaciones capaces de adquirir y fletar grandes paquebotes, bajo pautas de seguridad ridículas, que envían hacia el mar, que es el morir, a cientos de fugitivos que huyen del fuego para caer en las brasas. María Dolores de Cospedal, secretaria general del Partido Popular, mostraba su empatía esta semana respecto a la inmigración clandestina, en un tono parecido al que utilizó Felipe González cuando era presidente del Gobierno y acababa de promulgar la primera ley de Extranjería, la de 1985: «Si yo viviera en un país como estos y tuviera un hijo seguramente sería de las mujeres que me meterían en un barco», mostraba su compasión en Los Desayunos de TVE la presidenta de Castilla La Mancha.

Sin embargo, añadía que "hay que tomar medidas y la mejor es ayudar a estos países a que los inmigrantes no tengan que emigrar, que se arrojen al abismo porque no tienen nada que perder». ¿Eso lo dice la segunda de Rajoy en la calle Génova, cuando su partido ha reducido exponencialmente la ayuda a la cooperación española hasta cantidades ínfimas, so pretexto de la crisis y al socaire de un populismo demagógico y suicida?

Hay que acabar con las mafias. Incluso bombardear sus barcos antes de que zarpen, corea la Unión Europea y a Rafael Hernando, portavoz del Partido Popular en el Congreso español de los Diputados, no le parece mal. Les contradice Gabriele del Grande, fundador de la bitácora Fortress Europe –Fortaleza Europa--, creada en 2006 como un observatorio de inmigración. El autor de los libros "Mamadou va a morir" y "Quemar la frontera" considera que la solución de los bombardeos es mala: "La última propuesta de ir a bombardear los barcos de traficantes a Libia es algo imposible y muy poco lógico, porque los traficantes van a comprar un barco de pescadores sólo el día antes de salir. Es sólo una política para enviar un mensaje a los electores, para decir "vamos a hacer algo, no se preocupen", pero en realidad no hacen nada. La única respuesta es militar, de más tragedias, de más deportaciones, expulsiones, pero respecto al problema real de asegurar el derecho a la movilidad no hacen nada", ha declarado a La Tercera.

Matteo Renzi, el premier italiano, sigue centrando su atención en las mafias, "los esclavistas del siglo XXI", como les denuncia. Claro que con el propósito de acabar con los verdugos, la civilizada Europea puede terminar acabando también con las víctimas.

Pasadores del Estrecho.-

En cualquier caso, ¿son esas mismas mafias las que actúan en el Estrecho de Gibraltar? Las ONGs --Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía, Caminando Fronteras o Médicos Sin Fronteras-- y cualquier observador sensato aseguran que no. Que por mucho que se empeñen los voceros oficiales no hay una organización criminal detrás de los saltos a las Verjas de Ceuta y Melilla, aunque sí existen organizaciones que han facilitado su llegada a Marruecos desde estados fallidos y países en situación de emergencia social, desde Asia al Africa central, con focos terribles como la dictadura de Gambia o las franquicias yihadistas de Mali o de Nigeria.

En el norte de Marruecos, donde las autoridades emprendieron durante los últimos meses concienzudas e indiscriminadas redadas de subsaharianos, suelen ser los propios migrantes los que se organizan para cruzar. Existen, eso sí, pasadores o facilitadores que gestionan el cruce del mar en embarcaciones más seguras que los toys, los botes neumáticos que los espaldas mojadas adquieren en un bazar a bajo precio. En muchos casos, se trataba y se trata de antiguos pescadores a los que se les terminó llamando "tiburones", que disponían de una patera y la alquilaban a buen precio. O que terminaron adquiriendo gomas hinchables con motores que alcanzaban gran velocidad pero no tanto como las ribs (rigids inflatables boats), que utilizaban los capos del hachís y de otras sustancias menos vegetales.

A comienzos de los 90, por ejemplo, el magistrado algecireño Manuel Gutiérrez Luna, titular entonces del juzgado de instrucción número 3 de los de Algeciras, investigó sin suerte a una organización de pasadores que actuaban en complicidad con agentes del Cuerpo Nacional de Policía para facilitar el paso y el sello policial en los pasaportes de la época. También se han desarticulado, en España, organizaciones dedicadas a la trata de mujeres –especialmente nigerianas hipnotizadas por el miedo más que por el animismo-- en pos del sueño europeo que termina en la pesadilla de la prostitución. La delincuencia de cuello blanco –desde prebostes gubernamentales a agencias de viajes—ha controlado la usura que permitió a muchos suramericanos llegar a España. Sin embargo, el caso de la inmigración desde territorio marroquí es diferentes. Las organizaciones criminales tan sólo intervinieron de forma activa cuando los narcos trataron de despistar a los controles del Sistema Integrado de Vigilancia Exterior (SIVE), con embarques masivos de personas que actuaban como pantalla humana para que las autoridades no detectasen las travesías de la droga.

Inmigrantes a la carta.-

En Mauritania y Senegal, también se habló en su día de que la mafia controlaba a los cayucos que zarpaban hacia las Islas Canarias, precisamente a partir de que los sensores electrónicos blindasen el litoral del Estrecho. En aquel caso, el FRONTEX acabó con aquellas peligrosas travesías comprando a diestro y siniestro, desde gobernantes proclives en dejarse querer por inversiones europeas, coreanas o chinas, hasta los propios candidatos a la inmigración que encontraron un cierto modo de vida en la cooperación internacional. El papel de España entonces fue fundamental y todavía cuelgan fotos de la entonces vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega en los talleres de Thiaroye Sur Mar, a dos pasos de Dákar. Pero eran otros tiempos. Comprábamos a los gobiernos en lugar de destruirlos. Ninguna de las dos soluciones parece óptima.

Tanto en el Magreb como en las costas de Siria y de Libia se han llegado a utilizar a algunos inmigrantes como patrones de la embarcación, a cambio de tripularlas. El verdadero mafioso se queda en tierra y no arriesga su vida ni su libertad en caso de que les sorprenda la muerte o la policía. La mayoría de los candidatos a la inmigración clandestina que se ponen en manos de pasadores o mafiosos llevan en sus bolsillos todo el papeleo de los consulados europeos en donde antes han intentado inútilmente obtener un permiso que regularizara su proyecto migratorio.

Los sirios que huyen de su país en llamas disponen de más dinero en efectivo del que cuentan los africanos que escapan de una crisis secular. Por lo tanto, los primeros pueden pagar por salvar la piel o por perderla en el mar el doble que los segundos: 1,200 dólares en el primer caso, 600 en el segundo. La diferencia en el precio del pasaje, aunque no sea un trasatlántico, estriba en que pueden obtener un mejor lugar a bordo e incluso a veces se les facilita un chaleco salvavidas. El resto es carne de bodega donde se les hacina como candidatos a la muerte en caso de naufragio.

Desde 1988, cuando se avistó en Tarifa el primer cadáver de un inmigrante clandestino, se han documentado más de 20.000 muertes, pero la realidad puede multiplicar por diez la cifra de ese enorme cementerio marino en que se ha convertido el mediterráneo. En los primeros cuatro meses de 2015, ya se han registrado 1.500 muertos, la mitad del número total de víctimas del 11-S, una cota superada por todos los náufragos de la globalización muertos en 2014 y que a juicio de ACNUR suman 3419.

Del Mare Nostrum a la Tritón.-

Las cifras provocan escalofríos. Ciento setenta mil inmigrantes llegaron a Italia, desde Libia, en 2014. Este año, según las organizaciones internacionales, pueden llegar a ser 200.000. ¿Qué mafia puede controlar semejante contingente, a no ser que esté detrás de todo ese tráfico humano buena parte de las autoridades o de los diferentes grupos militares con mando en plaza? Se sabe que existen energúmenos que no dudan en propinar violentas palizas a los viajeros antes y durante la travesía. Pero, ¿quién les paga? Ya conocemos la identidad de algunos de ellos, como el traficante tunecino Mohammed Al Malek, tunecino, y su asistente sirio, Mahmud Bikhit, detenidos en Catania por tripular el barco-chatarra cuyo hundimiento mató casi a un millar de personas. En este caso, la investigación también alcanzó al responsable de las cuentas de la organización, Nahome Kerebel Gutama, detenido en Palermo como tesorero de la organización. Había nacido en Eritrea, como buena parte de los otros quince detenidos en la redada que siguió al siniestro. ¿Podemos pensar que un puñado de jóvenes procedentes de ese desdichado país del cuerno de Africa de cuya tiranía huye a diario una muchedumbre puede organizar por su cuenta y riesgo el tráfico masivo de otros inmigrantes desde donde zarpara aquel buque fantasma?

Ahora han muerto 900 en un solo barco, del que sólo sobrevivieron 28. La semana anterior, fueron 400. Pero en el último septiembre, se ahogaron 800 en una sola semana y un barco se hundió con 250 inmigrantes frente a Trípoli. La Unión Europea –con el Reino Unido a la cabeza—no piensa en auxiliar tanto a dichas personas como evitar que alcancen la orilla norte, so pretexto de contener el auge de los partidos xenófobos, racistas, fascistas o euroescépticos. Esto es, para evitar que alcancen el Gobierno, los partidos democráticos anticipan lo que debiera ser la política de la extrema derecha.

Tras la tragedia de Lampedusa –¿recuerdan aquellos 360 muertos, las palabras del Papa en la isla de Orlando furioso?--, el Gobierno italiano puso en marcha la Operación Mare Nostrum, que costaba alrededor de nueve millones de euros al mes y que permitía controlar todo el canal entre Sicilia y Libia. Meses más tarde, al comprobar que la Unión Europea le dejaba sola, el Gobierno italiano decidió cancelar la misión. La Unión Europea puso entonces en marcha la Operación Tritón, cuyo ámbito quedaba reducido al de sus aguas jurisdiccionales con un ridículo presupuesto de tres millones de euros al mes. Ahora, el ruido que provocan las muertes masivas ha logrado que la cifra se triplique de nuevo, aunque nadie sabría decir a ciencia exacta cuál será el perímetro de vigilancia que las flotas europeas desplieguen y qué ocurrirá con los inmigrantes que logren salvar sus vidas. ¿Sufrirán esas devoluciones en caliente que el Gobierno español pretende legalizar a pesar de que sabe que nos son legales? ¿O se les aplicará el protocolo de asilo y refugio, tal y como establecen las convenciones internacionales que la democrática Europa ha suscrito? Probablemente, la atención comunitaria vuelva a decaer hasta que una nueva mortandad nos alerte de que no se pueden poner puertas al monte. Y que hay millones de muertos vivientes que, por un motivo o por otro, mantienen la fea costumbre de querer salvarse.