Corazón de Olivetti

De aquellos Aznar, estos Rajoy

El gran mitin del Día del Trabajo lo dio el ministro Luis de Guindos, la víspera, al terminar el Consejo de Ministros. España va mejor y Mariano Rajoy es su profeta. El lince económico de la recuperación española anticipó su mitin al de los sindicatos del Primero de Mayo: lo importante no es crear empleo de calidad, como los de antes de que se hundiera nuestra Atlántida, sino rebajar el paro hasta la cifra en que lo dejó el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero cuando perdió el Gobierno tras haber perdido los papeles.

Tanto se habla del supuesto milagro económico de José María Aznar que el susodicho lleva ofreciéndose desde 2013 a volver al Gobierno para salvarnos, como si alguna vez lo hubiera hecho: ¿no tuvo su gestión un no se qué de trilero de primera? En los últimos diecinueve años, nos han presentado tres cubiletes a ver si acertamos donde esta el tesoro. El primero fue el del aznarato: España iba bien y el dinero era fácil como cuando un gancho tima al Paco Martínez Soria de turno. El segundo, el de Zapatero: nos hizo creer que en todos los cubiletes había esperanzas de profundizar en las libertades hasta que levantó uno de los señuelos y apareció el Ecofin de mayo de 2010 con unas enormes tijeras de cortar alas. El tercero, fue Rajoy: todas las bolitas eran negras y el que ganó con el tío del bigote lo perdió definitivamente con el héroe del plasma. De aquellos barros, estos lodos. De aquel Aznar, estos Rajoy.

Un país sin memoria, en donde a falta de ETA el ejecutivo intenta criminalizar a los anarquistas o en la noche de los gatos pardos se confunde al Islam con el yihadismo. Un país donde el sueño es un empleo y no el reparto de la riqueza. Un país donde el primero de mayo no es un trending topic sino una fiesta vintage. En fechas como esta, retornan los brujos, las medias tintas, la publicidad subliminal que hipnotiza a esos votantes del PP que nunca confiesan en público cuál es su voto, pero que hablan genovés en la intimidad, a pesar de la Gurtel y de todos los pufos que recorren la geografía de las gaviotas.

Hay que explicar lo inexplicable. Así que Rajoy, en vez de a González Pons o a Floriano, nos manda a Guindos como evangelista. Su buena nueva es el mantra del empleo a granel aunque olvide que también resulta bajo en calorías de sueldo y de  futuro, Las bienaventuranzas del Consejo de Ministros consisten en contratos low-cost, un curro-exprés que permita convertir a la estadística en marchamo electoral. Si nos votáis, exhortarán los voceros monclovitas, 2018 será la fecha del paraíso. ¿Será capaz de meter la papeleta del PP en una urna esa muchedumbre que convirtió la Fiesta de Trabajo en un pic-nic, en un fin de semana lejos de pancartas y de mareas, en el peor momento de la historia de la clase trabajadora en España después de los pactos de la Moncloa?

Les votarán probablemente quienes olviden –esa inefable costumbre patria—o quienes crean a pies juntillas su discurso, quienes piensen que los socialistas no sirven para corregir los excesos del Partido Popular porque ellos iniciaron su disparatada escalada de recortes o no fueron especialmente hábiles a la hora de pasarse al lado oscuro de la fuerza. Ni pensar en Izquierda Unida, porque a la luz de sus resultados electorales viene a ser como esos productos de calidad que sólo consume un selecto grupo de iniciados. UpyD va a ser más que nunca tan sólo el partido de Rosa Díez y Podemos, como pregonan los altavoces de los think tanks, ya no sólo es la barberie bolivariana sino la descomposición interna, sin importar demasiado que en todas partes cuecen habas o que el ministro Rafael Catalá quiera amordazar a la prensa como se supone que ocurre en Venezuela. ¿Ciudadanos? Buenos chicos, aseados, bien peinados, seguro que estarán a la altura de los acontecimientos en caso de que el poder real de este país les necesite.

¿Votarán los españoles a quienes enjugaron la deuda de los bancos con el dinero de los ciudadanos? Elena Salgado, a quien la política de puertas giratorias llevo de la vicepresidencia económica de ZP al consejo de administración de Endesa en Chile, anunció en su día, que la reestructuración del sistema financiero –así lo declaró en 2011-- "la pagará el sector y no los contribuyentes". Tras el 20-N de aquel mismo año, fue Guindos, como flamante ministro de Economía, quien proclamó: "Los contribuyentes no pondrán ni un euro en la reestructuración". A finales de abril de este año, el Eurogrupo proclamaba el final del programa de rescate de la banca española, que costará 36.000 millones de eruos a los españolitos y no a los verdaderos culpables de que nuestras finanzas se vinieran abajo. Las ayudas públicas, sin embargo, han sido mucho mayores: 100.000 millones se calcula que nos ha costado la broma y el rescate de la banca nos llevó a pedir 41.000 millones a Europa: ¿cuánto dinero hemos recobrado los españoles por la venta del 7,5% de Bankia, por ejemplo, y Catalunya Banc, qué resultados arroja el banco malo del FROB?. ¿Es cierto que SAREB ha pagado a los bancos por sus activos un precio superior al de mercado? Con dinero público, por supuesto. Por no hablar de los créditos fiscales en compras de bancos, cuyas condiciones ventajosas también salieron de los bolsillos de todos.

Los brotes verdes son bares llenos y el turismo en alza. Ya se habla de que la construcción, la que fuera la mayor fábrica del país, volverá a levantar sus grúas. ¿A qué precios, con qué salarios, con qué garantías sociales? Cuando vuelva la crisis, que siempre es cíclica aunque nunca igual, volveremos a proclamar que el futuro no es el palaustre sino el microchip, pero en los últimos cinco años de historia española nos hemos cargado algo más que las becas Erasmus: el acceso a la universidad pública y sus equipos de investigación, por ejemplo. Por no hablar de otros aspectos de la educación, la cooperación internacional, la cultura, el concepto de salud universal y gratuito. Los bares están llenos pero los derechos están vacíos.

La última reforma laboral facilitará, en el futuro, la negociación individual de los contratos: ¿asistiremos al fin de los convenios colectivos y de los comités de empresa? De momento, no hay acuerdo entre los empresarios y los sindicatos porque estos no quieren pactar subidas inferiores al 1 por ciento y la patronal, lejos de la propaganda mediática, asegura que hay que optar por la moderación porque la crisis no ha pasado y la situación es inestable. ¿Por qué los representantes empresariales hablan de una forma en la mesa de negociaciones y, de cara al exterior, le dan palmaditas en la espalda a los ministros Guindos y Montoro?

Si en la privada los despidos se han convertido en la mejor arma para la sumisión, los empleados públicos se han convertido en los principales paganos de una brutal poda que no sólo se ha cebado con sus pagas extras, los días de libre disposición o la incapacidad temporal. ¿Cuántos profesores interinos dejaron de contratarse, cuántos médicos?

Todo ello ha sido posible a partir de un imaginario popular, alentado desde el neoliberalismo, que divulga el albur de que España, las autonomías y los ayuntamientos, están sobrecargadas de funcionarios. Y también la caricatura habitual de ellos es la de un señor con bigote que pasa su jornada laboral tomando café en el bar de la esquina. Nadie parece recordar que gracias a los chupatintas funcionan los gobiernos. Por no hablar de bomberos, policías, médicos o cantantes de ópera. Todo es fruto de un formidable embuste: en cuanto al número de empleados respecto a la población activa, España está por debajo de Noruega, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Francia, Rusia, Hungría, Estonia, Luxemburgo, Reino Unido, Bélgica, Canadá, Israel, Australia, Irlanda, Eslovenia, Estados Unidos, Italia y República Checa. Empleados públicos respecto a la población activa.

En los supuestos años locos que mediaron entre 2002 y 2011, el incremento de empleados públicos de la Administración General del Estado se basó tan sólo en la contratación de agentes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y de las Fuerzas Armadas. En la administración autonómica, su número creció en esos años, en contrataciones en Educación y en Sanidad. Para pagar la deuda que había generado la banca y la avaricia inmobiliaria, también se redujo el número de empleados públicos, especialmente en los ayuntamientos: alrededor de 150.000 habrían causado baja en los últimos tres años. Sorprende que el menor número de recortes en la plantilla haya tenido lugar en la Administración central, que es la que menos impacto tiene en aspectos relacionados con los servicios sociales y hayan sido los municipios, la primera trinchera administrativa frente a la crisis, quienes hayan sufrido mayores daños colaterales. ¿También lo olvidaremos, o asistimos entusiasmados a los contratos precarios que se están firmando en vísperas de las elecciones y que a muchos les alivia el luto que habría de llevarles a ese potosí de familias españolas que ya no perciben ningún subsidio y nadie sabe como no mueren de inanición en esa España que saluda las buenas expectativas de la macroeconomía?

¿Olvidaremos los desahucios? Según datos del Consejo General del Poder Judicial, desde enero de 2008 hasta septiembre de 2014, se contabilizaron 360.125 lanzamientos por orden judicial. Esto es, 146 desahucios diarios si las cuentas no fallan. ¿O no hemos olvidado ya que la aplicación de la ley de dependencia era muy distinta hace cuatro años a lo que hoy es?

Pero, más allá de los números, ¿olvidaremos la ley mordaza, la prisión permanente-revisable, el tira y afloja con el aborto? ¿Olvidaremos la amnistía fiscal, la fianza menguante de Bankia, las palabras de Blesa, los papeles de Bárcenas? Frente a la corrupción y so pretexto de defender la presunción de inocencia, el ministro de Justicia amaga con restaurar la censura y las multas tardofranquistas a los medios de comunicación. ¿No echaremos cuenta a la utilización, según y como, de los datos que obran en poder de la Agencia Tributaria, para lanzarlos a los cuatro vientos en caso de que los defraudadores sean robagallinas y escondiendo sus 700 nombres si se trata de gente principal?

El viernes, en 80 ciudades españolas, miles de personas salieron a la calle en defensa de un país donde el diferencial entre los exiguos muy ricos y los innumerables muy pobres no constituya un abismo. Así no se sale de la crisis, sostenían con la convicción de quienes tienen los datos de su parte. Sin embargo, millones de españoles no estuvieron allí. Su silencio, como el de los corderos, sólo puede llevarnos a todos a los establos. Sobre todo si olvidamos el rostro de los lobos y en las próximas urnas metemos papeletas con su nombre.