Corazón de Olivetti

Un sabio frente al Estrecho

Ya nada será igual en Alepo, pero tampoco en el cementerio marino en que convertimos al antiguo mar nuestro, colectivo y coral, pero que ahora parece tener propietarios. Nos inquieta la previsible destrucción de Palmira a manos del Estado Islámico pero no parece preocuparnos la masacre que vive Siria desde mucho antes de hace cuatro años. Lágrimas de cocodrilo ante los barcos de la muerte que zozobran en nuestros mares, pero en el ágora de la barra del bar o de la parada de autobús habrá quien se pregunte si no es peligroso que la Unión Europea, a la fuerza ahorcan, termine reconociendo que los refugiados deben ser refugiados aunque siga sin aceptar que los inmigrantes podrían venir con papeles en regla en lugar de aplicarles la regla de los sin papeles. En lugar de cerrar los CIEs, los repellamos, como está ocurriendo con la antigua cárcel de Algeciras. Y sacamos de la chistera el conejo de la cooperación en los países de origen cuando Mariano Rajoy viaja de excursión a Senegal, a pesar de que su Gobierno ha reducido a la nada la Agencia Española de Cooperación y los presupuestos de las ONGs que actúan sobre el terreno.

Once millas náuticas, apenas, entre Africa y Europa. Entre Andalucía y Marruecos. Al contrario que Francia, que Gran Bretaña e incluso Italia, nos importa un bledo lo que ocurre en la frontera sur, a pesar de que se trata de un territorio ligado a nuestro pasado inminente y no sólo al remoto. Y, a pesar de que, presumiblemente, también esa geografía tenga mucho que ver con nuestro futuro. Hay escasísimos exploradores españoles que nos descifren los nuevos mapas políticos y económicos de la orilla sur del Mediterráneo. Y no nos quedan traductores ni para que así se haga entender un maliense pueda pedir asilo político en Ceuta o en Melilla, ante la reforma de la Ley de Extranjería que pretende legalizar las ilegales devoluciones en caliente.

Esa España aún devota de Frascuelo y de María, de espíritu simplón y de alma huera, por corregir levemente a don Antonio, ese país que engloria a los papanatas de la telebasura y se emboba con los presidentes en bicicleta, ¿de qué y de cuándo va a conocer a Pedro Martínez Montávez? Es un humanista en tiempos deshumanizados, un intelectual en épocas emocionales. Andando el tiempo lo mismo le confunden con Giner de los Ríos, los estudiantes de tercero de Heterodoxia. Pero, hoy en día, su fama la celebra un puñado de elegidos que, sin duda, el próximo veinte de mayo acudirá al auditorio de Casa Árabe en Madrid, a las 19 horas, para rendir homenaje a este arabista que sabe amar un mundo tanto o más que su idioma, quizá porque a través del lenguaje desembocó en el diccionario ancestral de las personas.

En cambio, en distintos países de nuestro entorno pasa por ser una celebridad. El mayor arabista español, dicen, con lo que España significa todavía en el imaginario de la diáspora andalusí. De ahí que no extrañe que, a pesar del desprecio patrio, recibiera el Premio Sheikh Zayed como Personalidad Cultural del año en 2008, entre otros galardones. A este profesor emérito que habla con la pausa que merece el pensamiento, se le atribuyen algunas de las mejores traducciones de poesía árabe contemporánea, desde Nizar Qabbani a Adonis o Mahumud Darwish, pero su bibliografía no sólo se aproxima a los arcanos de un idioma nómada, que no se habla igual en casi ninguno de sus paraderos, sino a las vicisitudes de quienes lo utilizan como herramienta para intentar comunicarse, desde la era de Al-Andalus al eterno polvorín de Oriente Próximo. Si libros suyos como Significado y símbolo de Al-Andalus (2011) nos receta rabitos de pasa para nuestra debilitada memoria colectiva, en otros ensayos nos desvela alguna de las claves de las relaciones perpetuamente convulsas entre las dos orillas del mediterráneo. Entre las páginas de El reto del islam (1997), Mundo Árabe y cambio de siglo (2004) o Pretensiones occidentales, carencias árabes (2008), se encuentran las preguntas y las respuestas esenciales respecto a lo que ocurre hoy por hoy en el Magreb y en el Maxreb.

¿Le ha consultado alguien a la hora de nacionalizar a nuestros sefarditas y olvidar a nuestros moriscos? ¿Alguien le pidió opinión antes de que el trío de las Azores arrasara Iraq a espaldas de Naciones Unidas por un capricho de Bush hijo como una de los últimos desastres freudianos de la historia? ¿Quién indagó su parecer cuando depusimos valientemente y por la civilizada vía del linchamiento a Muammar El Gadaffi, desde una trinchera en donde volvieron a hacer piña la CIA y Al Qaeda?

En un mundo y en un tiempo en el que se confunden los persas con los árabes, los árabes con los musulmanes y los musulmanes con el terror, personalidades como la de Pedro Martínez Montávez no son sólo necesarias sino justas. Su interés se dirige hacia un amplio abanico de territorios, que incluye naturalmente a Argelia y a Marruecos, pero en especial a Oriente Próximo, esto es, fundamentalmente Palestina, Siria, Iraq e Irán, Israel o Egipto. Sin embargo, más allá de las fronteras geopolíticas, lo que le fascina a Martínez Montávez son los territorios del pensamiento, desde esa presunta superioridad moral occidental al fundamentalismo islámico o el terrorismo islamista, las hojas de ruta o los círculos viciosos de los sucesivos planes de paz frecuentemente vulnerados. En sus libros, el periodista que encierra este docente y este investigador se detiene en anécdotas, ya sean tan aterradoras como las guerras o el 11-S o tan dramáticamente baladíes y visiblemente trágicas como la polémica internacional en torno a las caricaturas de Mahoma. Desde su prosa, que lleva gotas de sangre jacobina pero que mana de manantial sereno, ya hace tiempo que salió al paso de quienes se obstinan en creer que la democratización del Islam conduce necesariamente al fracaso. Como es notorio, el supuesto de que los estados islámicos no pueden participar del bien común de la democracia laica a la manera occidental es un albur que no sólo sostiene la extrema derecha, poco aficionada por cierto a los sistemas de libertades, sino pensadores de la nueva izquierda a menudo tan lúcidos como Giovanni Sartori quien, quince años atrás, en su panfleto "Multiculturalidad y extranjería" descartaba que los individuos crecidos al calor de regímenes teocráticos puedan participar de los valores democráticos. Las comparaciones son odiosas y cabría preguntarnos, de entrada, si tal silogismo no sería aplicable también al Reino Unido, cuya actual monarca es jefe de la Iglesia Anglicana, o al peso de la Iglesia Católica que, como bien sabemos, se deja sentir en Italia o en España, un país que dejó de ser confesional hace tan sólo treinta años y de cuya salud democrática todos nos felicitamos.

"Para quien se denomina occidental y se tiene por tal, el Islam es una teocracia, y no puede ser otra cosa –escribe Martínez Montávez en un artículo publicado en la revista Turia, en 2005--. Es su visión, y no puede verlo de otra manera; como mucho, puede llegar a hacerlo de for­ma escasamente disminuida o mitigada, y a costa de inevitables licencias y forzamientos. En consecuencia, el Islam se opone frontalmente a lo que distingue y caracteriza al Occidente: la demo­cracia; es su opción opuesta, su antagonista, su negación. Y existe otra consecuencia añadida, coherente con esa visión esquemática: la democracia es imposible en el Islam, por naturaleza".

En su obra y en sus comparecencias, Martínez Montávez desmonta en breves palabras una paradoja histórica que debiera ser evidente pero, por lo común, no lo es: "El Occidente ha tenido todo el tiempo necesario para llegar a soluciones demo­cráticas; el Islam no puede tenerlo, ha de proporcionárselas de inmediato. El Occidente moderno ha ido llegando a esa moder­nidad a lo largo del tiempo, de mucho tiempo. El Islam antiguo está en la antigüedad para siempre, y no saldrá de ella".

¿Habrá que exportarles la democracia en la punta de las bayonetas como pretendía Napoleón Bonaparte? ¿O como algunos de sus fanáticos reinterpretan el yihad e intentan que dejemos de ser infieles a basa de deflagraciones? Martínez Montávez, a quien no se hace aquí el caso que debiera, prefiere las palabras del pensador marroquí Muhammad Abid al‑Yabri, para quien siempre resulta preferible "llegar a la democracia por medios democráticos, ya que sólo esto es lo que la hace hegemonía legítima. Porque los otros caminos no condu­cen, en nuestra situación árabe, sino a la vana repetición del des­potismo, con nocturnidad o a pleno día».

Mientras Estados Unidos pierde fuelle en la región, a pesar de esa formidable cabeza de puente de sus intereses que sigue siendo Israel, el neoimperialismo intenta cambiar el mapa de esa zona del globo, atrayendo los intereses y las presiones de una debilitada Europa, a la que sin embargo se suman también ya Turquía, Rusia e incluso algunos países asiáticos. Frente al desembarco de los logreros que han seguido a las invasiones e incluso a las primaveras, aflora cada vez más y con mayor rabia lo que Martínez Montávez considera como un "terrorismo mal llamado islámico, y que merece mejor el calificativo de islamista o de islamistoide, porque es evidente que monopoliza falazmente el Islam y por él, no menos falazmente, trata de reivindicarse".

"El Islam árabe, así, ha podido conocer y recibir el impacto directo del Occidente de las dos caras contrarias y dispares y de los dos comportamientos antagónicos, que deberían ser excluyen­tes entre sí: el Occidente civilizador y el Occidente depredador; el Occidente culto y el Occidente salvaje; el Occidente digno de ser imitado y el Occidente que merece el rechazo y el olvido; el Occi­dente de la justicia, de la igualdad y de la democracia, de puertas para adentro, y el Occidente de la injusticia, de la desigualdad y del totalitarismo, de puertas para fuera; el Occidente de la doble vara de medir, el Occidente del turbio dualismo; el Occidente de la con­ciencia y el Occidente de la sin conciencia. Y lógica y justificada­mente, entonces, ha podido preguntarse, siempre: ¿A cuál de esos dos Occidentes corresponde y pertenece el mensaje de la demo­cracia? ¿Nos fijamos en el Occidente moral, y lo seguimos, o en el Occidente inmoral, y lo rechazamos?", he ahí el dilema que verbaliza Martínez Montávez en algunos de sus escritos y que concluye con otra pregunta plena de desasosiego: "¿Cuál de esos dos Occidentes ha contribuido poderosísima y eficazmente a la creación y consolidación del Estado llamado Israel, y a la frustración de Palestina?".

Palestina es el mascarón de proa de la realidad y de la verdad –dos conceptos que se traducen al árabe bajo una sola palabra-- que afligen hoy a la cornisa norte de Africa, a numerosos árabes y a un sinfín de musulmanes, en cualquier país. Es un pretexto, de acuerdo, pero también es una bandera legítima. Como también han ido convirtiéndose sucesivamente en bandera los sucesos derivados de las intervenciones en Afganistán, bajo el amparo de Naciones Unidas pero con la mano armada de la OTAN, y en Irak, una guerra no sólo ilícita sino inmoral que apenas ya despierta eco en Europa o en Estados Unidos como si ya no existiese y su carnicería constante hubiera cesado. El mayor éxito del Estado Islámico que ha surgido de las cenizas de todo ese polvorín no son sus videos gore sino su impunidad constante salvo que alguno de sus dirigentes caiga en un bombardeo ritual sobre poblamientos donde también suele haber civiles.

«La guerra no servirá para buscar las soluciones que hacen falta», anunció Martínez Montávez cuando la artillería pesada de los Estados Unidos, como un elefante en la cacharrería, se lanzó a buscar a Ben Laden en las cuevas de las montañas de Oruzgan, bombardeando también instalaciones civiles y domicilios particulares. Hoy, muerto el jeque que ejerció como contable de la guerrilla contra la URSS, no parece que Kabul se parezca a la democrática Washington precisamente. Cuando se iniciaron las hostilidades contra el tirano de Siria, ¿quién iba a decirnos que iba a ser ese déspota el que habría de convertirse en nuestro aliado estratégico contra aquellos que son todavía más crueles que él, si es que existe un ranking aproximado del terrorismo de Estado?

A esta altura de este artículo, me pregunto quien seguirá leyendo. Nuestro interés por el vecindario termina en el regateo por una alfombra en cualquier medina. ¿Por qué éramos orgullosos hijos de Cartago, de Grecia o de Roma y nos empeñábamos en negar una civilización que, al menos en nuestro suelo, nunca fue definitivamente barbarie? Al Andalus y su rara convergencia de sentimentalidades se nos ocultó de la misma manera que las catedrales cristianas solapan a antiguas mezquitas, que llegan a perder hasta su nombre por obra y gracia del beaterío intransigente. O del mismo modo que los símbolos ocultos de La Alhambra, con esa absoluta máscara de belleza, supieron evitar el derribo a manos de las católicas majestades empeñadas en unificar los reinos de España bajo una sola religión y trono, creyendo en vano como tantas otras veces a lo largo de la historia, en que es posible exterminar la diversidad eminente de este pueblo mestizo. Tan sólo en los últimos treinta años se han publicado muchos más ensayos e investigaciones en torno a nuestro rico pasado andalusí que a lo largo de los cinco siglos anteriores. Pero eso no quiere decir que siga existiendo un sector de la opinión pública española para los que Averroes o Ziryab sigan siendo simples extranjeros, remotos visitantes pero nunca tan radicalmente nuestros como Seneca, las bailarinas de Gades o San Isidoro de Sevilla.
Al Andalus, no obstante, forma parte del discurso de Al Qaeda, pero también figuraba entre las banderas de los campeones de la democracia que desde hace cuatro años se agitan en el norte de Africa, desde el Tunez de Benalid al Egipto de Mubarak, desde las calles de Marruecos a las de Siria, desde las masacres tan ocultas de Yemen a las televisadas de Libia, desde Argelia a Barheim. Allí, entre los jóvenes que reclaman más libertad, Al Andalus quizá constituya otro tipo de icono, el de un tiempo en que fue posible maridar el libre albedrío con las suras coránicas.

Lo que ahora sigue sucediendo aunque de manera más pausada en esas calles vecinas, y que incluso nos contagió el 15-M que antesdeayer conmenoró su cuarto aniversario, quizá tenga mucho que ver lo que Pedro Martínez Montávez nos predicaba: "La democracia ha de ser también algo adaptable, susceptible de adaptación a ese mundo distinto en el que penetra. Como, por otra parte, lo ha venido haciendo en las diferentes partes del mundo occidental, en donde asimismo ha ido adaptándose a distintas naturalezas, circunstancias, situaciones e idiosincrasias. No es sólo una cuestión de principios, sino que es también una cuestión de modos, de ritmos, de tiempos".

Los únicos que no tienen tiempo para nada son esos cientos de miles de personas que se han visto desplazadas de Libia, de Siria y de muchos otros lugares, por un pulso sangriento que busca su coartada en la religión y su mayor secreto en la fuerza. A esos fugitivos de la barbarie, quizá les convenga saber que en España hay un tipo llamado Pedro Martínez Montávez, que habla su idioma. Aunque sus propios compatriotas no lo sepan.