No dejéis que la Merkel se acerque a los niños

Cuando algún candidato abraza a un bebé, un escalofrío recorre las audiencias: ¿terminará devorándolo como Saturno a sus hijos? En algún epígrafe de las convenciones de los derechos del niño que los gobiernos firman sin saber lo que firman, debería figurar la prohibición de que nuestros líderes se acercaran a la infancia con afán electoralista, como pederastas de las urnas que vieran ya en sus tiernos hoyuelos un ADN de votantes, un código genético de espectadores del debate de televisión, ese incierto parecido a las papeletas que dibujan sus rostros púberes.

Esta semana, Angela Merkel se saltó la biblia y el protocolo a la torera. En lugar de dejar que los niños se acercaran a ella, fue la canciller alemana la que, durante su visita a un colegio de Rostock, al norte del país, se acercó a acariciar a una niña palestina que estudiaba allí y que iba a ser expulsada junto con su familia a algún asentamiento en el Líbano. La pequeña se llama Reem, habla un fluido alemán y le explicó a la premier: “Me gustaría estudiar. Es un deseo y un objetivo que realmente quisiera cumplir. Es difícil ver que otros realmente pueden disfrutar de sus vidas y tú no puedes disfrutar con ellos”.

Sus compañeros, de entre 14 y 17 años, asistían a la emotiva escena, con la percepción de que quizá cupiera una esperanza y su pupitre no quedara vacío por la exigencia de obedecer a las leyes por más que las leyes resulten injustas. ¿En qué libro podrán estudiar dicha asignatura? Alguien debiera recomendarles la lectura de los boletines oficiales de los gobiernos europeos. El título del encuentro de Angela Merkel con los escolares era el de “Vivir mejor en Alemania”. Colgaban carteles tardohippies a su alrededor, pero en ninguno aparecían gendarmes y fronteras, largas colas burocráticas, fugitivos de la miseria, del miedo y de todas las guerras, tratados como si ellos fuesen los que provocasen las guerras, el miedo y la miseria.

“Hmmm… Lo entiendo. Y al mismo tiempo debo… A veces la política es dura”, titubeó Merkel, intentando no parecerse al lobo de Caperucita, pero sin incurrir en el supuesto buenismo que tantos votantes suyos o de otros países detestan, como si fuera imposible gobernar bien sin ser un canalla.

Así que intentó consolarla con una respuesta sacada de un prospecto farmacéutico: “Eres una persona increíblemente agradable. Pero sabes que en los campos de refugiados palestinos en el Líbano hay aún miles y miles de personas. Y si ahora dijéramos ‘Pueden venir todos, pueden venir todos de África’ es algo que tampoco podemos lograr”.

Reem se echó a llorar y Merkel interpretó presumiblemente que la niña creía que le estaba regañando: “Ay, vamos, lo has hecho estupendamente”, intentó endulzar la situación, a pique de decirle no te preocupes, serás la reina del asentamiento donde se pudren los tuyos desde 1948, podrás aspirar probablemente al título de Miss Refugiada, entre otros miles de niños y de niñas que están llegando ahora mismo hasta allí desde el polvorín de Siria, o con un poco de suerte, te hundirás con los barcos de la muerte cuando intentéis de nuevo volver a cruzar hacia el paraíso europeo del que ahora van a expulsarte los ángeles exterminadores.

“Señora canciller –le explica el presentador del acto–, no creo que se trate de hacerlo bien, sino de que es una situación muy difícil”.

Hay un vídeo en el que se puede ver cómo Merkel asiente y se acerca a la niña hasta tocarle la pierna: “Sé que es una situación difícil. Por eso quiero acariciarla. Porque no queremos llevarlos a esta situación y porque expresaste en nombre de muchos otros a qué situación se puede llegar”.
El vídeo de dicha escena, bajo la etiqueta “#merkelstreichelt” –algo así como “Merkel acaricia”–, inundó las redes sociales con una ola de asco y de escalofrío, pero pronto los partidarios de Merkel –profesionales o aficionados– intentaron quitarle hierro y aplaudieron su sinceridad cuando, según las previsiones oficiales, Alemania tiene previsto recibir este año a unos 400.000 refugiados procedentes de Siria, Afganistán o Kosovo, a partir de unas cuotas de admisión que, por cierto, España ha rechazado. De hecho, de entre los 185 Estados miembros de las Naciones Unidas, sólo diez establecen cuotas anuales de reasentamiento de refugiados: Australia, Canadá, Dinamarca, Estados Unidos, Finlandia, Noruega, Nueva Zelanda, los Países Bajos, Suecia y Suiza. Otros países pueden tener en cuenta peticiones del ACNUR sobre la base de casos individuales, normalmente amparándose en la reunión familiar o en lazos culturales muy fuertes, pero poco más.

Síndrome de Estocolmo

Si la política migratoria europea sigue manteniendo alrededor de once millones de personas sin papeles en nuestro suelo, el grifo del asilo y del refugio se cerró también hace ya demasiado. Que acecha la ultraderecha, avisan otros. En Alemania, su bandera la levanta el movimiento islamófobo Pegida. Sin embargo, ¿si los democristianos alemanes o los socialdemócratas franceses, por ejemplo, asumen algunas prácticas de la extrema derecha para evitar que crezca la extrema derecha, cuál será la diferencia entre unos y entre otros?

Angela Merkel es demócrata , no cabe duda y, desde luego, su comportamiento pedagógico-político no tiene nada que ver con el de otras etapas de la humanidad o la de otros rincones actuales de nuestro planeta. Imaginemos que Felipe III se baja del caballo en 1613 para besar piadosamente a un niño morisco que acaba de ser expulsado con los suyos del valle de Ricote, como última etapa de la persecución contra 300.000 correligionarios. O, más recientemente, que un francotirador serbio despeina alegremente la cabeza de un niño bosnio expulsado en 1995 con otros 14.000 compatriotas. ¿Se detendría el sangriento cabecilla de Boko Haram a dialogar con alguno de los 800.000 niños fugitivos de sus hogares en el noroeste de Nigeria, según el estremecedor informe Infancias perdidas que Unicef publicó al cumplirse el año del secuestro de 200 niñas de Chibok, aún en manos de ese grupo yihadista.

Sin embargo, tampoco guarda relación con el también democrático presidente Lázaro Cárdenas que, en 1937, abrió México primero a 456 hijos de republicanos españoles en plena guerra civil que el levantamiento fascista iniciara tal día como ayer de hace 79 años. “Los niños de Morelia”, les llamaron. Luego, llegarían los adultos, en un largo y ejemplar proceso de acogida que no ha gozado de suficientes contagios a lo largo de la historia.

Absolutamente en las antípodas de Bernhard Rust, Reichsminister für Wissenschaft, Erziehung und Volksbildung (Ministro de Ciencia, Educación y Cultura) desde 1934 a 1945, que habría podido llegar a un colegio y decirle a cualquier niño judío: “Te entiendo perfectamente, aquí estás con tus amigos pero en abril del año pasado aprobamos una ley que limita el número de estudiantes hebreos en nuestras escuelas y universidades. Vete tranquilo a tu propia escuela, no te ocurrirá nada. Aquí no hay sitio para ti. El chico alemán del futuro debe ser delgado y flexible, rápido como un galgo, resistente como el cuero y duro como el acero Krupp. Debemos educar un nuevo tipo de ser humano, hombres y mujeres absolutamente disciplinados y saludables. Nos hemos comprometido a dar al pueblo alemán una educación que comienza en la infancia y nunca termina.”

Incluso Reem tuvo que sufrir un cierto síndrome de Estocolmo porque días después de su encuentro con Merkel declaró ante las cámaras de una emisora de televisión: “Me escuchó y también me dijo lo que pensaba sobre eso, y creo que eso está bien”.

El futuro de Reem

¿Quién va a escucharla, a Reem o a sus padres, cuando sean de nuevo confinados en un asentamiento libanés? ¿Qué le espera allí? Probablemente no podrá continuar sus estudios: más de dos terceras partes de los refugiados palestinos que se encuentran en Líbano se encuentran en situación de pobreza extrema y sus familias, desde luego, no pueden pagar los libros ni los útiles necesarios para la escuela. Según cifras difundidas por el Organismo de Obras Públicas y Socorro para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente (OOPS), la tasa de deserción escolar de los niños y niñas refugiados palestinos de 6 a 18 años son elevadas, rozan el 18%.

Hay doce asentamientos palestinos en territorio libanés, a los que hay que sumar los campamentos informales que han ido estableciéndose en los últimos años, a partir de la llegada de miles de compatriotas fugitivos de Siria. Uno de esos campamentos quizá les suene: Shatila, no muy lejos de Sabra, con 60 años de historia en su laberinto humano, en donde aún se recuerda la matanza perpetrada por las falanges libanesas con el respaldo del Ejército israelí, en 1982. Ahora, en tan histórico suburbio de Beirut se hacinan 9.000 personas en apenas un kilómetro cuadrado.

Unos 400.000 palestinos buscaron refugio en dicho país entre 1948 y 1967. El Líbano es territorio diminuto que, sin embargo, cuenta en su haber con el mayor número de refugiados per cápita, aunque en su mayoría carecen de un estatuto oficial que les reconozca como asilados con todas las de la ley: se calcula que hay por encima de 1,2 millones de refugiados sirios, lo que supone un 25% de la población libanesa. De entre todos ellos, más de un millón son niños que han perdido a los suyos. Eso sí, quienes viven en esos asentamientos precarios que se diseminan desde el valle de la Bekaa hasta el sur, no pueden trabajar legalmente y malviven de la ayuda humanitaria de la ONU y de las ONG, cuando no de la economía sumergida. El 70% de los refugiados recibe ayuda alimentaria: una tarjeta de crédito canjeable por comida y otros productos básicos por valor de 25 euros al mes por persona.

Quizá Reem tenga más suerte y con los ahorros que pueda llevar su familia le aguarde alguna alternativa mejor cuando sea deportada junto a sus padres y hermanos. Sin embargo, lo cierto es que los servicios sanitarios y de educación van disminuyendo progresivamente en los asentamientos en donde terminarán confinados y en donde la misión de Naciones Unidas (UNRWA) se las ve y se las desea para estirar un presupuesto cada vez más precario.

La mitad de los 50 millones de refugiados del mundo, o que aspiran a serlo, tiene menos de 18 años. ¿Qué diferencia a Reem de todos ellos? Que hemos podido conocer su rostro, su nombre y sus palabras. Y, por ello, ella ha puesto palabras, nombre y rostro a muchos otros niños y niñas a quienes jamás se acercará a consolar Angela Merkel ni Mariano Rajoy. El presidente español, por cierto, ya tiene bastante con su propia y célebre niña de los mítines de antaño, a la que esta semana le ha impedido acudir sola a abortar. No parece que sea tan trágico, desde luego, como lo de Reem pero cada sociedad tiene su propia medida del espanto.