Corazón de Olivetti

La eterna fregoneta de los gitanos

Pareciera que al Gobierno no le gusta que España estudie. ¿Cómo puede interpretarse, de no ser así, que se haya premiado con la embajada española ante la OCDE de París al ex ministro José María Wert, al que con indepentencia del sectarismo de la LOMCE cabe imputar el mayor descenso de becas y el mayor incremento de tasas desde que se democratizó la educación superior en nuestro país?

Otrosí pareciera ocurrir con Carmen González, que fuera viceconsejera de Educación con Esperanza Aguirre y a quien ahora ha vuelto a fichar Cristina Cifuentes como segunda de a bordo de ese mismo Departamento. En aquel cargo, se dio a conocer entre los frikis de la demagogia al compadecerse de los adolescentes marroquíes que venían a trabajar y ella se empeñaba en ponerlos a estudiar, por lo que creaban conflictos en clase. De esta forma, pretendía avalar su pretensiónde separar a los estudiantesen itinerarios diferentes. También puso otro ejemplo con este mismo propósito, el de los escolares de etnia gitana: "El niño –adujo-- lo que quiere es ir con su padre con la fregoneta al mercado a vender fruta". Y ofreció una guinda sociológica al respecto: "Han mamado una cultura en la que ascender en la escala social por formación no goza de muy buena fama". Pidió disculpas y asunto concluido, en un país que ya ha tipificado la xenofobia y el racismo como delitos, aunque no sirva de muucho. Ella ha pasado diez años en un relativo ostracismo: parlamentaria, presidenta de un distrito municipal e incluso viceconsejera de Turismo y Cultura.

Su retorno a Educación podría ser un caso tan pintoresco como aislado si no fuera porque en estos días el Partido Popular ha vuelto a alinearse con la extrema derecha tan al alza en los mercados bursátiles del voto europeo, al elegir como su presidente en Cataluña a Xavier García Albiol, el exitoso alcalde de Badalona que consiguió sus mayores oleadas de votos utilizando a la inmigración y a las minorías como blanco predilecto de su discurso político. Esta especie de entenado de la familia Le Pen se alzó con la alcaldía con un soporte de propaganda xenófoba que centraba en gran medida sus invectivas en el coletivo de gitanos rumanos, que no votaba y que apenas podía defenderse de cualquier ataque mediático u oficial, como acaba de poner de manifiesto la Asociación pro Derechos Humanos de Córodba en un informe revelador centrado en dicha ciudad andaluza.

El equipo de Albiol produjo un tríptico en 2014 en los que asociacaba la fotografía de una familia gitana con la pregunta: "¿Tu barrio es seguro?". Eso sí, cuando SOS Racismo lo llevó ante los tribunales, resultó absuelto, a pesar de que se reconoció la ofensa a los gitanos. Desde la oposición, venía asegurando que se trataba de una plaga, que había venido solamente a delinquir:"Aquí no tenemos campamentos de gitanos como en Francia, aquí la situación es aún peor, están repartidos por los barrios, haciendo la vida imposible a los vecinos y, encima, cuando nos quejamos, nos atacan y nos tachan de racistas", aseguró entonces.

De todo esto, tal vez resulte que algunos de quienes lean estos párrafos aplaudan su contenido, en esa espiral de descalificaciones, estereotipos, trazo grueso, caricatura y difamación que no sólo ha cargado tintas, a granel y sin distingos, contra todo el colectivo gitano procedente de Rumanía o de Bulgaria, sino también contra los propios gitanos españoles, cuyo censo supera considerablemente la cota de 750.000. Recientemente, la Unión Romaní daba coherentemente las gracias a la emisión del programa "Ochentame gitanos", emitido por TVE, porque desde su punto de vista por primera vez en mucho tiempo se le hacía justicia a dicha etnia, con un retrato plural y certero de lo que hoy es su mundo. No es lo habitual, desde luego, ese tipo de emisiones, como tampoco lo es un discurso público que esté más próximo al verdadero rostro de nuestros gitanos que al patético retrato robot que aún seguimos construyendo.

Españoles de hace quinientos años.-

Más de quinientos años después de su llegada a la Península, los gitanos siguen siendo extranjeros en su patria, extraños en la noche, una isla de diversidad en un país que también lo fue hasta que domesticaron, invisibilizaron o esclavizaron a los distintos. Así fue, desde poco después de la conquista del reino nazarí de Granada y la colonización de las Indias Occidentales, sus católicas majestades quisieron unificar bajo la férula de la religión y de las costumbres de los vencedores impuestas a sangre y fuego. ¿Qué se hizo, en ese largo viaje de intolerancia y de persecuciones, de los mercheros y de los maragatos, de los murcios y los negros que, arrastrados desde Africa a las lonjas de compraventa de seres humanos de Sevilla o de Cádiz, llegaron a constituir hasta un 17 por ciento de la población en algunas ciudades andaluzas?

A los gitanos se la tenemos jurada desde entonces. Quizá porque su patria profunda, a decir de Félix Grande, siempre fue la libertad. O tal vez porque adoran a Undivé, el único dios por el que ningún ejército ha matado nunca en su nombre. A ellos les pasa prácticamente lo mismo: recelan de nosotros porque nunca fuimos canasteros y renunciamos hace mucho a la magia nómada de los ríos, o quizá porque somos los primeros en temer a nuestros propios dioses. Lo único que logramos hacer juntos –y muy bien-- fue levantar esa catedral virtual del ritmo, esa actitud ante la vida a la que todavía llamamos flamenco, una cultura popular, individual y colectiva, a la que aún desprecian muchos de quienes les despreciaron a ellos.

Quienes vuelven a asociar al pueblo gitano al tópico del analfabetismo, las fregonetas y esa eterna vocación de chabola que los que lo tienen todo atribuyen tradicionalmente a los sin nada. Ignora sin duda que el origen gitano está presente en el ADN del premio nobel August Krohg o del actor británico Michael Caine y el escritor Rabidranath Tagore. O que la voz arcana de Camarón nada tiene que envidiarle a la de Frank Sinatra, Luciano Pavarotti, Olm Kansum, Van Morrison o María Callas. Por no hablar de la poesía vallejiana de José Heredia Maya y del teatro rompedor de Salvador Távora.

Ahí está el tópico, la quinta columna de nuestra propia cobardía, el gendarme eterno de nuestros prejuicios, para dictar las pragmática de la discriminación permanente contra un pueblo que, a lo largo de la historia, sólo practicó la rara costumbre de la alegría, una emoción que sigue despertando sospechas y malos entendidos. Analfabetos, dicen. Ladrones, correcaminos. Les atribuimos, cada vez que hay tiroteos en los polínganos, la existencia de una ley gitana que no existió nunca y que sólo es la aplicación al pie de la letra de la Ley del Talión, el ojo por ojo y diente por diente, que es más una tradición bíblica que una supuesta norma del Faraón o de la remota India de la que se supone que proceden. Hubo un rey que dictó su prisión general durante varios meses: una formidable redada a escala estatal que les confinó en presidio o en galeras, como un anteproyecto de  futuros genocidios, hasta que al llegar la vendimia los terratenientes se dieron cuenta de que faltaban canastros para recoger las uvas y herraduras para los caballos. Carne de mercadillo, de esparto y de fragua, ¿cómo nos la maravillaríamos sin ellos? Es cierto que algunos de ellos robaron a título particular lo que nuestros reyes y nuestros estados les robaron a escala colectiva. Al igual que otros vendieron el menudeo de la droga, aunque nigún policía detuviese nunca a un gitano por formar parte de una red internacional de contrabando de estupefacientes, una mafia del blanqueo, una banda del pelotazo urbanístico o financiero.

Hasta 1978, cuando se aprobó la actual Constitución española, los gitanos andarríos tenían que presentarse ante el cuartelillo de la Guardia Civil cada vez que entraban a una ciudad o la abandonaban. Para acabar con todo aquello hicieron falta cantatas como "Persecución", en la voz de Juan Peña El Lebrijano o espectáculos como "Camelamos naquerar", aquel expresivo "queremos hablar" que bailase Mario Maya: "Nací gitano,/ si no soy bueno/ será por algo", tronaba Pepe Heredia entre sus letras invencibles.

Gitanos en política.-

Hoy, casi cuarenta años más tarde, el número de gitanos universitarios ha aumentado exponencialmente desde que sus padres terminaron integrándose en la cultura española aunque fuera a costa de desintegrar la propia. Profesores, médicos, diseñadores, oficinistas, albañiles e incluso guardias civiles llevan ya el rh de dicha etnia más allá de las venas abiertas del estereotipo. Sin desmerecer, desde luego, viejos oficios como el de los esquiladores, el de los feriantes, arrieros o buhoneros. Lo que tendríamos que preguntarnos, en lugar de amasar estupideces y generalidades sobre un pueblo sabio, personal e intransferible, son otros interrogantes: ¿por qué apenas tienen representación en las instituciones democráticas, especialmente en el Congreso, en el Senado o en el Parlamento Europeo? Desde que Juan de Dios Ramírez Heredia transitara de los escaños de la UCD a los del PSOE en el Congreso de la Carrera de San Jerónimo, ¿cuántos otros parlamentarios han seguido sus pasos? Resulta extraño cuando la sociedad civil gitana se ha articulado desde antiguo en asociaciones generalistas, de mujeres o de jóvenes, que obedecen a orientaciones ideológicas que, por lo común, se han orientado indistintamente hacia el pensamiento conservador o progresista. En los ayuntamientos y en algunas cámaras autonómicas, hubo más suerte, pero resulta comprensible que si la democrática España sigue haciéndoles el vacío, ese pueblo tenga ganas de hacerle el vacío a la decracia y a un país que sigue viéndoles, cinco siglos más tarde, como perpetuos inmigrantes clandestinos, en lugar de como españoles de pleno derecho, con un largo linaje de documentos nacionales de identidad.

Seguimos trazando un burdo retrato robot de nuestra gitanería: les confinamos a los asentamientos suburbiales cuando, en la mayor parte de los casos, hoy, sus habitantes suelen ser gitanos rumanos, expulsados de su propio país por un racismo tradicional respecto al que la Unión Europea no ha puesto pero alguno a la hora de admitir a sus compatriotas como socios. De uno de esos poblados chabolistas, salieron las actrices que el Teatro de Nuevas Tendencias de Sevilla llevó al escenario para realizar una representación singularísima de "La Casa de Bernarda Alba", de Federico García Lorca: "Tuve que enseñarles a tocar las palmas por bulerías, yo que soy paya", chisteaba su directora, Pepa Gamboa, respecto al origen portugués de buena parte de la trupe, que carecía de noción alguna sobre el flamenco.

Pensábamos que la democracia había acabado con la infravivienda, pero la crisis económica la ha vuelto a poner de moda allí donde nuestras ciudades pierden su nombre. Hemos vuelto al punto de partida sin analizar qué ha ocurrido con aquellos barrios clónicos que crecieron en la periferia de nuestras urbes, esos polígonos a los que terminaron siendo repatriados los orgullosos habitantes de barrios tradicionales donde tenían memoria, oficio y beneficio. Casos como el del Polígono Sur de Sevilla, donde fue expatriada buena parte de la cava de los gitanos de Triana en el anochecer de los años 60, demuestran el fracaso de dicha fórmula que intentó exportarse a muchos otros lugares, con parecidos resultados: el de la marginación en vez del cobijo, el del abandono del lado salvaje de la vida por parte de los representantes públicos que cuando intentaron hacer algo al respecto llegaron tarde y hoy sigue siéndolo.

Hay zonas oscuras en las costumbres gitanas, como la del machismo. Sin embargo, ¿cómo podemos arrojar la primera piedra sobre esta cuestión quienes parecemos acostumbrarnos al feminicidio desde el segmento mayoritario de la sociedad española?

¿Quién dijo, por otra parte, que también en su conjunto los gitanos fueran santos? ¿Es que todos los payos lo son? Si no creemos que todos los gallegos son caudillos, todos los catalanes evasores fiscales, todos los vascos etarras o todos los andaluces vividores de los fondos públicos, ¿por qué habremos de seguir pensando que nuestra gitanería si no la da a la entrada la da a la salida o por qué el diccionario de la RAE anticipa sus connotaciones negativas a las positivas? La fregoneta de la señora González debería conducirnos a un debate que no fuera esteril, al de viajar hacia un tiempo y un mundo, en donde quizá fuera posible aquel viejo Cádiz de Chano Lobato en el que, a su decir, nunca hubo distingos: "En el barrio de Santa María –me dijo una vez--, nunca se habló de gitanos o de no gitanos, sino de flamencos o no flamencos". A estos días, sin lugar a dudas, le está faltando compás.