Corazón de Olivetti

La independencia de España

Una cierta España celebra de nuevo la Fiesta Nacional del 12 de octubre a la manera clásica, con una plusmarca de paradas militares o de fuerzas de orden, en donde pareciera que fuese con el paso cambiado el hecho de que los museos y el Cervantes abran gratuitamente, como un acicate que ya introdujera en estos fastos el malhadado José Luis Rodríguez Zapatero. Nuestro país vuelve a uniformarse, justamente cuando los clarines de la segregación están tocando el rompan filas.
Junto a un greates´t hits de las mejores bandas de música militar patrias, en la capital del reino alienta un benteveo de banderas y galones, desfiles marciales y bandejas de croquetas y minitartares en la recepción del rey: que la noticia de los últimos días haya estribado en si Pablo Iglesias estaba o no estaba invitado al primer guateque oficial de Felipe VI da probablemente la medida de lo superficial que sigue siendo esta jornada festiva.

Más allá del rastro de las carabelas de Colón o de la Pilarica de Zaragoza, que no quiere ser francesa, ya de por sí la efeméride plantea serias contradicciones, cuando institucionalmente ahora estamos más cerca de la Francia de Hollande que de ese continente al que Fernando Quiñones llamara la América morena. Sobre todo, teniendo en cuenta de que al otro lado del Atlántico no existen demasiados clubes de fans de la Hispanidad, por más que muchos americanos simpaticen con los bisnietos de aquellos españoles de hace cinco siglos que fueron los primeros en sufrir el vértigo y la violencia de un imperio cargado de luces y de sombras.

Aquí y ahora, por más que apareciera  la Fiesta Nacional en el orden del día del último consejo de ministros, el 12 de octubre no es más que un pretexto para incrementar la ratio de beneficios de nuestra principal industria, la del turismo, que sigue incrementando exponencialmente sus beneficios curiosamente al compás de la precariedad de su empleo. ¿Qué España celebramos? ¿La que prohíbe ofender a su bandera –como si los trapos tuvieran derecho al honor—o la que coloca sus colores sobre los estancos para que nuestro Estado avale como un gesto de heroísmo la muerte lenta por la nicotina? ¿La España que admite refugiados a regañadientes o la que se cierra frente a los migrantes que huyen de las guerras del hambre?

Habrá que redefinir a España para celebrarla como merece. La de hoy se agota. La del pasado, también: bueno es reflexionar sobre la del genocidio indígena o aquella cuyo sol no se ponía en Flandes, la del siglo de las luces o la de los milenios de sombras, la de la Constitución de Cádiz o la de los Cien Mil Hijos de San Luis, la que ora, la que bosteza, o aquella tercera de Manuel Chaves Nogales.

La del presente es un rodillo que reforma a su antojo el Constitucional, un gobierno que utiliza a la Fiscalía como abrazo armado de su ley, una Agencia Tributaria como Tribunal del Santo Oficio para los ayuntamientos embridados por una nueva ley pero díscolos a la hora de cumplir con el dogma de la inmaculada concepción del déficit. Desde el poder judicial al imaginario mediático, ya no hay ruido de sables sino de decretos, La Moncloa de Mariano Rajoy se asemeja a los directorios de antaño y el Gobierno, al amparo del generoso respaldo electoral que recibió inexplicablemente hace cuatro años, disolverá a las Cortes, el próximo lunes 26, y recortará los poderes de su diputación permanente para que el Congreso no pueda servir de altavoz a la oposición tradicional en la inminente campaña de las generales.

Lo peor es que aquí tenemos un claro déficit con los tiempos verbales y nadie tiene un croquis del porvenir. ¿Tiene futuro España? ¿Cuál de ellas? ¿La de los cupos o la del café para todos? ¿La autonómica o la federal? Frente al soberanismo catalán, sigue sin existir un plan A ni un plan B ni, por supuesto, un proyecto sostenible que permita cambiar la constitución quizá, como en otro cuestionable momento de la historia, para que casi nada cambie. Los partidarios de permanecer en ese selecto club rojigualda, ¿no tendrían que convencer a aquellos que quieren cambiar de casa regional para que permanecieran en la casa común? Quizá más que una fiesta nacional, tendríamos que celebrar una fiesta de las nacionalidades, ese espacio colectivo que comparte, al menos, cuatro lenguas oficiales y un sinfín de diferencias que sumadas componen un extraordinario parecido al retrato robot de todo un pueblo.

España no es la tierra de quienes se la apropian como si sus escrituras le pertenecieran ni la de quienes la niegan por convicción o por deporte. Ni consiste tan sólo en el mapa político de la restauración –Madrid, País Vasco y Cataluña-- más los añadidos posteriores de Galicia y de Andalucía. Hay mucha España con sus propias identidades que no juegan a la supremacía, desde la falda del Moncayo por donde pasean las sombras de los Labordeta al casino de Tomelloso en donde todavía juega al tute Plinio con Francisco García Pavón. Esas otras españas tan perplejas como la Extremadura fronteriza que canta en Portuñol, o la de Jovellanos desterrado junto a su cuna asturiana, como la del canario Galdós autoexiliado en Cantabria o las bodegas ancestrales de La Rioja, donde la sangre cainita, tan española, se convirtió en un vino universal. No demasiado lejos de esa otra Castilla donde Antonio Machado encontró el amor hasta que la muerte lo desencontrara y al otro extremo de la incertidumbre de Ceuta y Melilla, varadas entre el mar y una red de concertina. También queda la España de los viejos reinos de bandera comunera, la del valle navarro donde Dolores Redondo urde crímenes con sabor mitológico, la de los versos de Ausías March, la de las islas donde suena eternamente Chopin y pozos donde las minas no sólo producen plomo y zinc sino cantones libertarios o tarantas eternas de Rojo El Alpargatero.

Hay, sin embargo, una España jacobina que no concibe como existen, aquí y ahora, otras temperaturas emocionales que quieran abandonar su modelo de estado. Y, en esos confines no sólo persisten sino que crecen en número quienes ya no desean un proyecto de España fuere como fuere ese proyecto. ¿Es posible hoy en día imponer una nación a quienes no quieren compartirla? Frente al patrioterismo chusquero de la sala de banderas y de los bares qué lugares, no se vislumbran estadistas capaz de seducir a propios y extraños con la utopía de un nuevo país, que mantenga lo mejor de sus tradiciones y que tire por la borda sus costumbres más casposas. Tendríamos que buscar debajo de las piedras ese nuevo talante, si es que e lo contrario será la idea de España la que sería imposible de conjugar.

Para recordar lo que queremos ser de mayores quizá sea bueno recobrar la palabra de los olvidados. Como aquel filósofo José Gaos transterrado como tantos otros españoles en el México de Cárdenas y que acertó a decir: "España es la última colonia de sí misma, la única nación hispanoamericana del común pasado imperial que queda por hacerse independiente, no sólo espiritual sino también políticamente". Tal vez, frente al conato de independencia en Cataluña o en cualquiera otro lugar que busque proclamarla, sería bueno anticipar la indepedencia de España y que sus habitantes diseñaran la distribución y los planos de la vivienda que pretendan seguir compartiendo juntos.