Corazón de Olivetti

Emilio Zola ya no vive aquí

 

Cada 23 de abril, el mundo descubre el libro como si acabara de ser descubierto semejante artefacto. A lo largo de la historia y a pesar de las diferentes crisis que ahora golpean a sus artífices o intermediarios –autores, agentes, críticos, editores o libreros--, nunca se han vendido más libros que hoy. A pesar de ello, las librerías van muriendo como los "Diez negritos" de Agatha Christie y hasta las grandes editoriales parafrasean a Larra: "Editar en España es llorar". O escribir es morir, como apuntó Luis Cernuda cuando los escritores morían de cárcel o de paredón, mientras ahora simplemente lo hacen por inanición.

Una prueba más de la encrucijada histórica que atraviesan los fieles del libro estriba en el escaso eco que los autores tienen en la sociedad contemporánea. Emilio Zola, que logró remover los cimientos judiciales y políticos de su país con su célebre "Yo acuso", ya no vive aquí. El compromiso de los escritores sigue latente, como demuestran la actitud y la obra de autores tan diversos y entre otros muchos como Almudena Grandes, Isaac Rosa, Marta Sanz o Eduardo Mendicutti en su última obra, atentos todos ellos a los estragos que el sagrado dogma de la austeridad ha provocado en los últimos años europeos y especialmente españoles.

Hubo un tiempo en que la voz de los escritores podía provocar las primeras medidas contra la explotación laboral de los menores, como ocurriera con Charles Dickens en Gran Bretaña, o anticipar el advenimiento de la república, bajo la pluma entonces intrépida de José Ortega y Gasset en su célebre artículo del diario El Sol, "Delenda est monarchia". Pero si Antonio Machado tomaba parte activa en el izado de la bandera tricolor tras la victoria urbana en las elecciones del 14 de abril de 1931, Antonio Gala –que ayer recibió la distinción como Autor del Año de Andalucía--, encabezó la movilización contra el referéndum de la OTAN o a favor del movimiento jornalero. Muchos escritores de ahora gozan de prestigio y predicamento, pero Luis García Montero –que ayer también asistía al estreno del espléndido documental "Aunque tú no lo sepas", basado en su vida y en su poética-- no logró llevar muchedumbres a las urnas cuando encabezó la candidatura de Izquierda Unida a la asamblea de Madrid.

Poetas en la calle.-

¿Por qué parece orillado hoy el papel de aquellos que, como Rafael Alberti, se empeñan en seguir siendo poetas en la calle, entre el clavel y la espada? Quizá porque respondían a un perfil mediático distinto al de ahora. Eran emocionales pero tuvieron que convertirse en intelectuales porque, en otros tiempos y en otras costumbres, tenían acceso a tribunas públicas de las que carecían otros. Allí estaban Ernest Hemingway o John Dos Passos, enfrentándose por causa del estalinismo en plena guerra española. Allí, John Reed cambiaba el mundo en diez días con la revolución soviética, o incluso María Zambrano lucía mono de miliciana y revolver al cinto en los oscuros días del golpe fascista cuyo octogésimo aniversario va a conmemorar España con las cunetas todavía llenas de cadáveres sin rescatar y con el callejero lleno de referencias a José Antonio, a Francisco Franco y a sus gloriosos cruzados.

Otros intentaron utilizar como altavoz su cátedra universitaria, porque entendieron que el humanismo mal se entiende bajo ningún cepo totalitario. Los ejemplos de Agustín García Calvo, José Luis Aranguren o Enrique Tierno Galván no son más que un puñado de nombres en una larga legión que, en los días presentes, alcanza todavía a voces tan heterodoxas como la de Victoria Camps o la de Pedro Martínez Montávez, por no hablar de escritores de la economía o economistas que escriben como Juan Torres o Vicenç Navarro.

Ahora, el escritor cumple con su trabajo. Se dedica a escribir aunque haya quien cruce hacia los rumbos de la política activa como hicieran en su día el propio Alberti, Felipe Alcaraz, Joaquìn Leguina –que hizo el camino de vuelta a la literatura, como Manuel Pimentel--, José Antonio Labordeta, Luis Alberto de Cuenca o Jorge Semprún. O, más recientemente, el malogrado novelista José Luis Serrano, que presidiera el grupo de Podemos en el Parlamento de Andalucía y que esta semana recibirá un homenaje público durante la Feria del Libro de Granada. Las tribunas han sido ocupadas por voces muy distintas, las del periodismo o la política profesional, por no hablar de las estridencias, la frivolidad y otras peripecias contemporáneas que miman los demoscópicos y los analistas de audiencias. Los intelectuales van muriendo con José Luis Sampedro o Carlos Castilla del Pino y, al menos, nos quedan los actores y los músicos que a poco que puedan intentan sacar los pies del tiesto donde el poder pretende domesticarnos a todos.

La vergüenza del silencio.-

Los escritores no tienen quien les escriba. Sólo que al menos, a menudo cada día del Libro, quedan aquellos que aprovechan los focos de algún premio –el Cervantes, desde luego, el Príncesa de Asturias o el Nobel-- para no usar un micrófono en vano, así se llamen Antonio Muñoz Molina o Emilio Lledó. Ayer, el escritor mexicano Fernando del Paso, en Alcalá de Henares, no más comenzar su discurso, denunció "los atracos, las extorsiones, los secuestros, las desapariciones, los feminicidios, la discriminación, lo abusos de poder, la corrupción, la impunidad y el cinismo", que siguen asolando México. Y como un cervantista global, añadió: "Criticar a mi país en un país extranjero me da vergüenza. Pues bien, me trago esa vergüenza y aprovecho este foro internacional para denunciar a los cuatro vientos la aprobación en el Estado de México de la bautizada como Ley Atenco, una ley opresora que habilita a la policía a apresar e incluso a disparar en manifestaciones y reuniones públicas a quienes atenten, según su criterio, contra la seguridad, el orden público, la integridad, la vida y los bienes, tanto públicos como de las personas. Subrayo: es a criterio de la autoridad, no necesariamente presente, que se permite tal medida extrema. Esto pareciera tan solo el principio de un estado totalitario que no podemos permitir. No denunciarlo, eso sí que me daría aún más vergüenza".

José Manuel Caballero Bonald también utilizó el Cervantes para aseerar que "en un mundo como el que hoy padecemos, asediado de tribulaciones y menosprecios a los derechos humanos, en un muno como éste, de tan deficitario probidad, hay que reivindicar los nobles aparejos de la inteligencia, los métodos humanísticos de la razón". Y, si en su día, acabó en Carabanchel y en los calabozos de la Puerta del Sol por intentar anticipar las libertades, tampoco le templó su compromiso en el plano literario cuando, hace años, hizo valer su voto particular para oponerse al fallo del jurado del Premio de Novela Ciudad de Torrevieja que declaró ganador a un texto de César Vidal que a él le pareció "ideológicamente detestable". Tampoco pudo cerrar la boca para que no entrasen las moscas de lo politicamente incorrecto: "No me podía quedar callado y dije lo que me pareció –aseveró--. No podía decir otra cosa de una novela que intenta demostrar que la revolución francesa fue obra de unos maleantes que lo único que hacían eran perseguir a ricos y torturarlos. Todos sabemos lo que fue el terror con Robespierre pero pensar que aquella revolución fue el fruto de una banda de maleantes y de los masones que quieren acabar con el mundo, es volver a una pedagogía franquista".

Caballero Bonald, cuya poética ha incrementado su grado de disidencia y rebeldía, desde "Manual de infractores" a "Desaprendizajes", entiende que el poso del franquismo sigue moviendo los hilos de las marionetas de hoy: "Yo creo que hay una especie de trasfondo, de sedimento del franquismo que se había quedado ahí latente debido a que nuestra transición fue un poco de apocados –me dijo en cierta ocasión--. Fue una transición pusilánime, porque se decretó una historia sin culpables, el olvido, el punto y aparte pero quedó latente ahí una especie de sedimento franquista que no se ha ido todavía del todo; está funcionando en muchos sectores de la sociedad y eso es alarmante".

Nimby.-

El periodismo --desde Raúl del Pozo a Juan Jose Millás entre nuestros contemporáneos más veteranos-- también fue una garita adecuada para que los aldabonazos de la palabra encontraran mayor eco popular, como ocurriese en el caso del maestro Francisco Umbral. También ejerció ese oficio Juan Goytisolo quien, en Alcalá de Henares, evocó al Quijote y denunció: "Sí, al héroe de Cervantes y a los lectores tocados por la gracia de su novela nos resulta difícil resignarnos a la existencia de un mundo aquejado de paro, corrupción, eprecariedad, crecientes desigualdades sociales y exilio profesional de los jóvenes como en el que actualmente vivimos. Si ello es locura, aceptémosla. El buen Sancho encontrará siempre un refrán para defenderla. El panorama a nuestro alcance es sombrío: crisis económica, crisis política, crisis social. Según las estadísticas que tengo a mano, más del 20% de los niños de nuestra Marca España vive hoy bajo el umbral de la pobreza, una cifra con todo inferior a la del nivel del paro. Las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo".

Claro que Goytisolo, como Octavio Paz, como Albert Camus, como André Malraux, arrastraba un aprendizaje vivo de la historia convertida en barbarie, cuando asistió en primera fila a la destrucción de Sarajevo, a las puertas entonces de la Unión Europea, cuando el infierno comenzaba en los alcanes; "¿Quien podía imaginar que en una ciudad como Sarajevo, una ciudad cosmopolita, donde convivían comunidades tan distintas, como una mayoría musulmana con una minoría serbo ortodoxa y una minoría croata católica, y talvez la colonia judía más importante de los Balcanes, es decir, quien iba a imaginar que iba a suceder una salvajada así, un cerco medieval pero con armas modernas en el centro de Europa durante tres años y medio, yo ni.... yo lo veía y no lo podía creer?".

Goytisolo recordará sus tres viajes hasta alli durante el asedio, la biblioteca calcinada, los rostros de los cadáveres cuya cámara impresionaba en los hospitales --"había niños, mujeres, horroroso..."--, o aquellos mil trecientos setenta obuses caídos sobre la ciudad el 5 de enero de 1994, cuando el escritor debía estar celebrando su cumpleaños, y cuyo titular de prensa fue simplemente el de "nutrido intercambio de fuego de artillería", cuando en rigor se trataba de una matanza sin ecuanimidad posible. El no estaba allí de turismo: "No fue por amor a la aventura, no soy un aventurero ni nada, iba ahí simplemente para comprobar lo que estaba ocurriendo, yo soy un escritor, esto era un trabajo, digamos, complementario, pero como ciudadano, no como escritor, y conocedor de estos conflictos, me parecía que era importante dar un testimonio directo".

Si más allá de un día al año, escaso resulta el eco de sus declaraciones, la muerte parece aliarse con el silencio que impone el pensamiento único. ¿Qué diría José Saramago de la tragedia de los refugiados en el viejo mar nuestro ante la hostilidad, ya no simplemente pasiva, de los gobiernos comunitarios, incluyendo el de Syriza? Ya lo dijo en vida el Nobel portugués: "Que tire la primera piedra quien nunca haya tenido manchas de emigración en su árbol genealógico..."

"Aquel que antes fue explotado y perdió la memoria de haberlo sido, acabará explotando a otro. Aquel que antes fue despreciado y finge haberlo olvidado, refinará su propia capacidad de despreciar. Aquel a quien humillaron, humillará con más rencor".

La terrible actitud de Europa responde a un acrónimo anglosajón que ya hace años denunciara Rosa Montero: nimby. Not in my back yard. No en mi patrio trasero. Está bien eso de los derechos humanos, pero no en el patio trasero de mi casa. Está bien lo del refugio, pero no en mi patio. Lo de la solidarid, pero no en mi casa. La libertad, la igualdad, la fraternidad, nimby.

A un año de su muerte, acaba de aparecer "El cazador de historias", el libro póstumo de Eduardo Galeano, que tituló "Los náufragos" a uno de sus epígrafes: "El mundo viaja –puede leerse en él--. Lleva más náufragos que navegantes. En cada viaje, miles de desesperados mueren sin completar la travesía hacia el prometido paraíso donde hasta los pobres son ricos y todos viven en Hollywood. No mucho duran las ilusiones de los pocos que consiguen llegar".

Como Lidia Falcón, como Maruja Torres, como Rosa Regás, como Miguel Lorente, Eduardo Galeano tampoco rehuyó el compromiso con la igualdad entre hombres y mujeres, que suele provocar a menudo otra epidemia de hombros encogidos: "Todavía hay mucho que hacer a favor de la igualdad. ¿Cómo vamos a construir la democracia si no logramos que la democracia entre en casa? Cada casa suele esconder un dictador. Incluso hay algunos que pueden parecer progres de puertas para afuera. El miedo de la mujer a la violencia del hombre es menor que el miedo del hombre a la mujer sin miedo".

La lucha firmada.-

Quizá Emilio Zola siga viviendo aquí, como parece demostrar un ensayo tan esclarecedor como el que Santos Juliá publicó bajo el título de "Nosotros, los abajo firmantes. Una historia de España a través de manifiestos y protestas". Seguro que ahí está su firma. Junto a la de Federico García Lorca, que siempre dijo estar con "los que no tienen nada y hasta la tranquilidad de la nada se les niega". Con la de Miguel de Unamuno pidiendo clemencia para un anarquista, como quienes suscribieron la Alianza de Intelectuales Antifascista o la "lucha firmada" --como la ha bautizado Santos Juliá-- de quienes se pronunciaron a favor de Comisiones Obreras o contra las ejecuciones durante la dictadura de Franco. A pesar de la sordina oficial, el compromiso de los escritores no ha cesado nunca en nuestro país. Ni Félix Grande cayó, por ejemplo, en defensa del pueblo gitano y de su patria profunda llamada libertad, ni Javier Egea desfalleció a la hora de condenar el imperialismo norteamericano y las sombras de la democracia española..

Fernando Quiñones declaró en cierta ocasión al filósofo troskista Ernest Mandel que sus ideas habían influido en sus poemas: "Yo creía que había influido en las revoluciones, pero nunca pensé que había inspirado versos", zanjó. Ya nadie muere por la libertad de Grecia, como Lord Byron, pero al menos los escritores no se dejan matar por el silencio. Lo vienen haciendo desde aquel día, a finales del siglo XIX cuando, al calor del affaire Alfred Dreyfus, Émile Zola entregó en laa redacción de L’Aurore aquel texto que Georges Clemenceau tituló "J’accuse" y que terminó convirtiéndose en "La protestation des intellectuels" De entre estos, los escritores españoles tampoco han dejado de resistir, aunque la existencia de nueces no implique ruido. Sólo que ahora lo hacen como mejor saben, como mejor pueden, desde las trincheras de su propia obra, donde suelen defender una moneda de dos caras, la de la libertad y la de la belleza. Quizá de sus ideas y no de la de los tribunos más vocingleros sigan nutriéndose los movimientos y, sobre todo, los individuos que pretenden transformar la realidad y no sólo maquillarla.