Corazón de Olivetti

El otro sorpasso

En otro tiempo, la intelectualidad española leía a Antonio Gramsci y veía cine italiano: La Cina è vicina, de Marco Bellocchio nos convenció en 1967 de que la globalización era inevitable. Lo que no podía imaginar Dino Risi es que su película Il sorpasso, protagonizada por Vittorio Gassman y Jean-Louis Trintignant en 1962, acuñara un término político que han vuelto a repetir los titulares y noticieros de los últimos días, a propósito del último barómetro del CIS.

A España, aquel filme no llegó hasta un año más tarde y se estrenó –con bastantes cortes de la censura--, bajo el título de "La escapada". La traducción más adecuada hubiera sido la de "El adelantamiento". Y como tal rescató dicho término italiano Julio Anguita en 1994, cuando lo aplicó al intento de que Izquierda Unida se hiciera con la primacía electoral del progresismo, desplazando al PSOE de su protagonismo en el podio político al que llegó de manera imprevista en 1977.

No hubo tal: la estrategia de IU no dio sus frutos, quizá porque en el imaginario ciudadano primó la idea difundida por el PSOE de que sus parlamentarios andaluces practicaban una pinza con el Partido Popular que estaba poniendo contra las cuerdas al gobierno de Manuel Chaves, lo que llevó a convocar elecciones anticipadas que pusieron fin a la legislatura más corta de la historia de dicha Cámara autonómica. Los posteriores comicios castigaron duramente a la coalición de izquierdas y la teoría del sorpasso quedó arrumbada en el bulevar de los sueños rotos.

El más reciente Barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) –informan los teletipos-- confirma el fenómeno vintage que vuelve a traernos el fantasma del 'sorpasso' sobre las posiciones socialistas, que supondría la alianza entre Podemos e Izquierda Unida. Aunque el sondeo se consumó antes de que ambas formaciones llegasen a establecer el acuerdo que ahora empieza a sellarse, todos los indicios apuntan a dicha hipótesis. Esto es, la suma matemática del porcentaje de estimación de voto que se atribuye a la formación de liderado Pablo Iglesias y sus confluencias, mareas y epígonos (17,7%) junto con el obtenido por la coalición izquierdista cuya coordinación corresponde a Alberto Garzón (5,4%), lograría reunir un 23,1% de los votos previstos, a estas alturas, para las urnas del 26 de junio. Dicho porcentaje superaría en 1,5 puntos al PSOE (21,6%), aunque estaría a cinco del PP (27,4%).

De confirmarse dichas previsiones, el PSOE afrontaría una dolorosa situación electoral que antes han sufrido sus correligionarios de Grecia –la caída del PASOK fue mucho mayor, hasta el séptimo puesto en las elecciones de 2015—o de Italia, con la disolución del histórico PSI en 1994. Aunque ocurra lo que ocurra, el PSOE resucitará de sus cenizas, la travesía del desierto puede ser larga. Los socialistas de Pedro Sánchez, a pesar de su encomiable intento de formar gobierno, como los de Alfredo Pérez Rubalcaba en 2011, parecen haber perdido la confianza de la izquierda, quizá por los casos de corrupción, por la política que adoptó José Luis Rodríguez Zapatero frente a la crisis, por los aspectos neoliberales de su acuerdo con Ciudadanos o porque la debacle económica de los últimos ocho años ha sido de tal calibre que el hundimiento de buena parte de la clase media ha apartado a numerosos votantes del posibilismo de Ferraz y los ha conducido hacia la utopía socialdemócrata que ahora parecieran encarnar Izquierda Unida y Podemos.

Sin embargo, hay otros sorpassos en esta join venture: Izquierda Unida podría ser fagocitada por los podemistas, que no hace ni un año llamaban "pitufos gruñones" a los líderes del PCE. Curiosamente, la posibilidad de que IU desaparezca bajo estas arenas movedizas parece preocupar mucho más a quienes nunca votaron a Izquierda Unida que a quienes sí lo hicieron. Tanto desde el PSOE; que soñó con una Izquierda Unida dócil que le sirviera en alguna ocasión como el comodín del público para completar en caso necesario una mayoría parlamentaria; como desde las filas conservadoras que alentaron en su día a Pablo Iglesias hasta que empezaron a notar su aliento en la nuca de la mayoría gubernamental.

La iniciativa de Alberto Garzón ha contado con el respaldo del 84,5 por ciento de los militantes: 20.067 personas, que suponen el 28 por ciento de los afiliados. Una tasa aparentemente baja pero que responde a la mayor consulta celebrada hasta ahora bajo el paraguas de IU. Era una consulta a ciegas: como bien apuntaron sus detractores, se ignoraba en qué condiciones iba a producirse ese maridaje. Ahora, el Consejo Político Federal de IU ratifica las líneas generales de la negociación y anuncia un nuevo referéndum en torno al acuerdo que termine cerrándose y que se celebraría esta misma semana.

La deuda abundante, la lealtad al líder y el hecho cierto de que 900.000 votos en solitario sólo arrojaron dos escaños en las elecciones del 20 de diciembre, abonan el respaldo a la inmersión de IU en Podemos, más allá de los puestos de salida que garanticen a sus representantes o de la suerte que puedan correr sus siglas. ¿No perseguía la Izquierda Unida que surgió del manifiesto de las amapolas, de la Convocatoria por Andalucía de Julio Anguita y de la plataforma contra la OTAN el mismo efecto que ahora propicia Podemos? Esto es, una confluencia de lo que sus partidarios llaman la izquierda transformadora.

Claro que hay voces críticas, a escala interna, respecto a este proceso. Por ejemplo, la Izquierda Abierta de Gaspar Llamazares que ya ha anunciado que se presentará a la próxima Asamblea Federal de IU, con Teresa Aranguren y Tasio Oliver como coportavoces. O los firmantes de la "Declaración de Zamora", que creció en gran medida a la sombra del todavía coordinador general de IU, Cayo Lara. Esta corriente de opinión –basada en la ponencia "IU, Sí Con Más Fuerza"—será representada en la XI Asamblea por la eurodiputada Paloma López, como cabeza de una tercera lista que se verá las caras con la de Izquierda Abierta y con la del propio Garzón. Habrá que ver si se mantienen las fechas del 4 y 5 de junio para la celebración del cónclave izquierdista. A poco de la campaña electoral, no parece que la lógica controversia de estos procesos vaya a ayudar a imprimir una buena imagen de ese nuevo proyecto político.

Las encuestas son el primo de Zumosol para Alberto Garzón, cuya postura se ha  visto reforzada por semejante albur: su fortaleza electoral, sin embargo, le conviene sobramanera a Podemos, toda vez que –también según el barómetro del CIS—caería tres puntos sobre los resultados del 20-D. Sobre-exposición mediática, el goteo de las estalactitas de la caverna sobre Venezuela o Irán y sus propias refriegas internas estarían erosionando sus posibles sufragios. Las diferencias surgidas entre el núcleo de Podemos, las mareas y algunos de sus spin-off anuncian que esta nueva izquierda presenta la misma decidida voluntad de fragmentación que la antigua.

Y es esa circunstancia recurrente a lo largo de la historia, así como el también previsible impacto de la abstención, lo que llevaría al Partido Popular a repetir en La Moncloa con un todavía 27 por ciento de los votos. A pesar de que cada dos por tres les estalla una mina de corrupción en el camino, pese al incomprensible papel que ha jugado Mariano Rajoy en la legislatura que murió esta semana, no parece que nadie vaya a disputarle el liderazgo. Ni siquiera Ciudadanos, a pesar de que los sondeos le auguran un aumento de más de dos puntos respecto a los escaños con que llegó al hemiciclo.

Así que, si nadie lo remedia, tras las veraniegas elecciones del 26-D volveremos a asistir a otros cuatro años de protagonismo por parte del partido que produjo la Ley Mordaza y la LOMCE, que amagó con cambiar la Ley del Aborto y que creó una reforma laboral que empobreció a medio mundo pero que tan sólo es capaz de crear empleo precario al tiempo que mantiene un paro que le da repelús hasta a la OCDE. Pasen y vean de nuevo a José Manuel García Margallo gritando Gibraltar español o a Jorge Fernández Díaz deteniendo titiriteros. Ese sería el sorpasso necesario. Que, después del 26 de junio y no importa qué siglas lograsen la primacía de la izquierda, esta supiera unirse sin más líneas rojas que las de sus respectivas banderas. Pero me da a mí que no toca.

De confirmarse el barómetro del CIS, de hecho, ignoro qué dirán unos y otros respecto a lo de haber entendido el mensaje del pueblo soberano. Dos más dos suman cuatro. Y Podemos-IU más PSOE, sumarían mucho más que los conservadores. ¿Se atreverá la izquierda española a entenderse, por una vez en la historia, dejando de llamarse mutuamente casta o comunista? Sería tan interesante como improbable. Así que el sorpasso real lo seguirá protagonizando el partido que tuvo a Bárcenas como tesorero. Tiempo al tiempo.