Corazón de Olivetti

15-M, cinco años de primavera española

Hoy, con mayor o menor muchedumbre, las calles y las plazas españolas volverán a poblarse de indignación, como inevitable homenaje a la primavera española de 2011. Habían marcado la pauta las primaveras árabes, desde la jaima de El Aaiún a la revolución de los jazmines en Túnez con la inmolación a lo bonzo del vendedor Mohamed Bouzizi; sin contar con la de Egipto que derivó pronto hacia el otoño, como aventuraba Pedro Martínez Montávez. Y la mecha que prendió en la Puerta del Sol de Madrid o en la Plaça de Catalunya en Barcelona, inspirada en las movilizaciones de Grecia de 2008 o en la Geraçao á Rasca de Lisboa, se extendió pronto desde San Pablo en Londres al puente neyorquino de Brooklyn, donde dio un giro de ciento ochenta grados el lema del "yes, we can" de Barack Obama.

Hace cinco años, la primavera del 15-M se sustentaba en el largo hartazgo de dos confluencias, la de la clase media que empezaba a empobrecerse aceleradamente a partir de la crisis de 2008 y la de los jóvenes que denunciaban que el sistema había incumplido el contrato social que tácitamente había firmado con la generación mejor formada de la historia de España, que volvía a emigrar masivamente al extranjero con el viejo canasto de huevos lleno de microchips y de diplomas de másteres. La precariedad creciente era tangible desde años atrás, incluso cuando España iba bien, en palabras de José María Aznar, pero todo parecía adormecido entre dinero que sólo existía en el ciberespacio e hipotecas que pronto no iba a poder pagar ni Dios.

Las alarmas saltaron en mayo de 2010 cuando, tras una reunión del Ecofin, José Luis Rodríguez Zapatero abdicó de su propio ideario, de la noche a la mañana. ¿Por qué no dimitió y convocó elecciones anticipadas en lugar de darle la vuelta a su programa como si se tratase de un calcetín roto? Nunca lo sabremos. O le pudo la soberbia del disfraza de hombre de estado, convencido de que sólo una cascada de medidas impopulares podía sacar a España del atolladero o no había otra solución posible, ni tiempo material para llevarla a cabo, antes de que a nuestra prima de riesgo le subiera la tensión en nuestras cenas familiares.

En tan sólo un año, las medidas que afrontó ZP como una traición a sí mismo y a sus votantes batieron dos frentes, el de las garantías sociales malbaratadas por la reforma laboral y el de los recortes ideológicos, como la supresión del ministerio de Igualdad, que él mismo había creado. Aquellas inexplicables e inexplicadas decisiones gubernamentales no sólo saquearon la credibilidad del PSOE sino la economía de la pequeña burguesía y de la clase trabajadora, condenando a la nada a la de los precarios. Así que justo un año después de que se iniciara el anno horribilis de Zapatero, el 15 M aglutinó a todos sus descontentos y a los que nunca estuvieron encantados, a quienes llevaban ya tiempo denunciando copagos y privatizaciones, tijeretazos al estado del bienestar y el lento naufragio de los nadie.
La democracia empezaba a cuestionarse. Y no por rechazo a la misma sino por falta de democracia real, una consigna que empezaba a correr por las redes sociales como un banderín de enganche para yayo-flautas y feministas, activistas de derechos humanos y defensores del sector público ante la ola de neoliberalismo que empezaba convertirse en tsunami.

El descontento creciente tenía algunos mantras muy claros, como el rechazo al bipartidismo, entre gritos mudos y aplausos en lenguaje de signos. Ahora, algunos dirigentes socialistas han confesado que se equivocaron al no tomar en serio el 15-M. Tienen razón: si lo hubieran hecho, tal vez habrían corregido el rumbo antes de las elecciones del 20 de noviembre de aquel año que empezaron a romper el bipartidismo por la sencilla razón de rompieron al electorado socialista, elevando al Partido Popular a los altares de una mayoría absolutista que ha ejercido durante cuatro años con mano de hierro en guante de acero. En las semanas que siguieron a la acampada de Madrid, de Barcelona, de Valencia o de Sevilla, entre otras cincuenta ciudades españolas, el debate dentro del PSOE no era hasta qué punto los indignados tenían razones de sobra al indignarse. La pregunta era si Alfredo Pérez Rubalcaba, a la sazón ministro del Interior y posterior candidato a la presidencia, debía mandar o no los antidisturbios. No lo hizo. Terminó haciéndolo el Partido Popular, sin que le temblase la mano.

Diluidas las acampadas, muchos pensaron que el 15-M se diluiría en el tiempo como las fechas de cumpleaños que uno olvida sobre los almanaques del pasado. No fue así. Y no sólo porque los círculos, las asambleas y las mareas mantuvieron vivo aquel espíritu colectivo a lo largo de todo el país, sino porque la política del Partido Popular no cesó de echar más madera al horno de la indignación.
¿Quién iba a decirnos que los mileuristas de antaño iban a ser tenidos como privilegiados? Que los desahucios iban a incrementarse entre cláusulas suelo y preferentes. Que el dinero público rescataba a los bancos pero no a la bancarrota de la ciudadanía. O que las nuevas reformas laborales perseguían, como siempre, crear empleo facilitando el despido, por lo que lo que creaban fundamentalmente eran despidos baratos y empleos miserables. Junto con la austeridad económica impuesta desde la Unión Europea pero seguida con entusiasmo por nuestro Consejo de Ministros, hubo otras restricciones. Las que tenían que ver con las libertades, desde la Ley Mordaza a la LOMCE: esto es, desde la censura y persecución de la rebeldía, al cierre de la Universidad a los bolsillos menos pudientes. Por no hablar de Mariano Rajoy como superheroe del plasma o de la frustrada reforma de la Ley del Aborto emprendida por Alberto Ruiz Gallardón.

A lo largo de cinco años, la indignación de aquella primavera ha proseguido pero las causas que la originaron se han multiplicado. Más precarios, más empobrecidos, más sin blanca, sin hospitales, sin escuelas, sin papeles, sin futuro. El 15-M fue una catarsis colectiva que no terminó aquella primavera. Aún sigue hoy, de forma más callada como si el luto de las ilusiones perdidas que se llevara por dentro. Lo único que no ha podido borrar el verano ni tirar el otoño ni marchitar el invierno, ha sido la esperanza. Como que la izquierda pueda gobernar en España después del 26 de junio. En este caso, la acampada tendrá forma de urna. Quizá sea complicado saber a quién votar ese día. Pero los indignados saben, al menos, a quien no hacerlo.