Una campaña de plasma

España es un país catódico y la madre de todas las campañas, ya reiniciada, lo demuestra: los platós de televisión sustituyen al ágora. Ya no vamos a bailar rock and roll a la plaza del pueblo, como quería Tequila, sino que bailarán los discursos en prime time. En otro mundo –otras costumbres– los equipos electorales sincronizaban sus relojes con los de la primera edición del telediario para que el directo de los informativos sorprendiera a sus candidatos en la frase más aguda, en el argumento más sólido, en la gracieta que podía alcanzar la gloria de un titular con el que torpedear a su contrario. Ahora, han decidido pasar a la ofensiva y en lugar de esperar que las televisiones vengan a ellos, han decidido ocupar sus estudios e invadir todas las franjas horarias como si fuesen los marines estadounidenses y los únicos brotes de resistencia ante su omnipresencia se redujesen a la teletienda y al horóscopo de Esperanza Gracia.

Ahí nos acechan, en las antiguas 625 líneas de los televisores. Y ya no sólo en los debates propios de su género ni en las sesudas entrevistas de los anchor men o anchor women de los late shows, que es como llaman los expertos a quienes presentan los programas nocturnos donde se habla de política como si se hablase de fútbol o de las querencias de los famosos de medio pelo. Seguro que Albert Rivera cocinará cualquier día de estos un plato venezolano para Master Chef y que Pedro Sánchez visitará la casa de Bertin Osborne para aclararnos en qué academia estudio aritmética de escaños. A Pablo Iglesias, probablemente el más teleadicto de todos nuestro próceres, tan sólo le falta hacer un cameo en Juego de Tronos.

En algún lugar del tiempo, seguro que la periodista Pilar Casanova estará contemplando todo ese espectáculo con aquella sonrisa cómplice que nos desarmaba: inteligente y cálida al mismo tiempo, como la de quienes ejercían su profesión con una mezcla de perplejidad y de asombro, sin creerse de la misa la media pero queriendo creérselo en el fondo, si no fuera porque informar sobre la realidad siempre termina convenciéndonos de que lo prometido es duda. Esa mujer menuda y fuerte no pertenecía a una generación sino a un oficio que se extingue, como se nos ha ido ella, anticipándose sin duda a la noticia del fin del periodismo como lo concebíamos hasta ahora.

¿Quién nos iba a decir que el Big Brother de Georges Orwell iba a ser un registrador de la propiedad que se hacía pasar por presidente? Le veíamos en el plasma como un oráculo, pero al contrario que ocurriese con las auríspices de la Ática no podíamos preguntarle por el futuro y ni siquiera podíamos cuestionarle por el presente. Durante su primera legislatura, Mariano Rajoy, que volverá a ser el candidato más votado según la encuesta de precampaña del CIS, no sólo logró promulgar una Ley Mordaza sino que consiguió amordazar a los periodistas en las ruedas de prensa. Comprendan, por tanto, que Pilar Casanova ya no tenía nada que hacer en tales circunstancias y no tanto porque el poder intentase silenciar a los informadores sino porque los informadores permitiesen que el poder los silenciara.

¿Por qué los periodistas fueron capaces de rendirse casi sin oponer resistencia, entregando sus armas y bagajes? La precariedad, dirán. Y tienen razón. Los trabajadores del artículo 20 de la Constitución Española pretenden, sencillamente, pagar las facturas a fin de mes y son muy pocos los editores que les permiten que piensen por su cuenta. En otro tiempo, se arriesgaron a mucho más, a la cárcel o al paredón: las cunetas del 36, también estuvieron llenas de gacetilleros. En el pasado, lograban escribir entre líneas y burlar no sólo la censura del franquismo sino la de los propios medios para los que currelan. Moncho Alpuente, otro que se fue de la vida antes de que la vida dejara de serlo, echaba de menos a su redactor jefe en “Pueblo”, porque cuando iba a pedirle aumento de sueldo, lo encontraba en su despacho, luciendo su camisa azul Falange, con tirantes con la bandera rojigualda y una pistola Luger de sus tiempos en la División Azul. Le correteaba con ella, por los pasillos, al grito de: “Rojo de mierda, como vuelvas a pedirme un aumento de sueldo, te descerrajo un tiro”.
“Pero estaba claro –tronaba Alpuente–. Ahora, cualquier jefe de sección tiene tres másters en marxismo leninismo y no le cuelas ni una coma que pueda molestar a los dueños del periódico”.

Cautivo y desarmado el ejército periodístico, las tropas de otros poderes han ocupado sus posiciones. Hasta ahora, intentaban seducir con sus argumentarios a los plumillas y locutores. De un momento a otro, veremos a los principales líderes políticos presidiendo por sí mismos los informativos, entrevistando al pichichi de este año, dando las campanadas en la Puerta del Sol o retransmitiendo la gala de la OTI.

Están ahí, sacando pecho entre la información meteorológica y los programas huelebraguetas. Sin embargo, cabría preguntarnos qué nos cuentan. ¿Aprovecharán tan poderosas tribunas para hablar a sus votantes en lugar de gritarles como en cualquier acto electoral en los polideportivos? ¿Les tratarán como personas en lugar de como muchedumbres? En el formato tradicional, su territorio venía siendo el del improperio, porque ignoraban que Federica Montseny, Julián Besteiro, Victoria Kent, Manuel Azaña o Dolores Ibarruri sabían, en otra época, conciliar los gritos y los susurros, los panes y las rosas. En los primeros años de la transición, los mitines eran una fiesta y no faltaban poetas o cantantes, que solían decir lo mismo que los cabezas de lista, pero de una forma hermosa, que tal vez la gente no entendiera pero les embelesaba. Tú no puedes volver atrás, porque la vida ya te empuja. Cada vez que dicen patria, pienso en el pueblo y me echo a temblar. Bon viatge per guerrers que al seu poble son fidels. Nos queda la palabra. Retiraron a los bardos y a los cantautores. Y se quedaron solos con los teloneros de los candidatos provinciales. Nada ni nadie debía hacerles sombra. Ni siquiera los electores, aunque les hicieran falta. Ni siquiera las elecciones. A más de uno, de hecho, les bastaría con las encuestas.

Ahora, enciendes la pantalla y aparece su rostro multimedia. Como si fueran Zelig. Como Forrest Gump. Lo mismo acompañan a una camada infantil que harían las delicias de Ahora Caigo, precipitándose al vacío cada vez que cometiesen uno de esos errores históricos a los que nos tienen acostumbrados. No les extrañe que el debate electoral de futuras campañas lo mismo se dirima en la casa de Gran Hermano.

De vez en cuando, eso sí, bajan del pedestal digital y visitan lonjas como si fueran reporteros de Andalucía Directo o sorprenden la intimidad de los vecinos de Móstoles como cuando se posaba en un colegio el helicóptero del Tulipán. No es su mundo y se les nota. Vienen de otro planeta, el de los focos candentes, el de los tertulianos que empiezan a parecerse a ellos porque logran una opinión y ya no la sueltan, como si el arte de la retórica no ofreciera la posibilidad de cambiar de criterio: “Sería incapaz de morir o de matar por una idea –aseguró Georges Brassens, que era un periodista con guitarra cuyo verbo ya no habita entre nosotros–, porque probablemente cambiaría de idea con diez minutos de conversación”.

¿También sus ideas son de plasma? Reversibles, eso sí. De entretiempo. Ya no aguantan, a veces, ni diez días para que el mundo se estremezca con ellas. Catálogos de Ikea, himnos como merengues, videoclips de la canción del verano sin Rajoy, ¿qué es lo que nos muestran? Aquel viejo dicho contra el que Manu Leguineche o Manuel Vázquez Montalbán se rebelaron: “No dejes que la realidad te estropee una buena noticia”. No dejes que la realidad del paro te estropee la propaganda bonancible del empleo precario. Que la corrupción aparezca lo menos posible porque no es telegénica. No permitas que la autodeterminación de Cataluña le haga sombra a tu discurso patriótico ni toleres que le roben el monopolio del patriotismo a quienes siempre lo tuvieron. Que no se sepas si después del 26 J te abstendrás para que gobierne la lista más votada, te aliarás para que en La Moncloa se circule por la izquierda o te opondrás para que se tripliquen las elecciones hasta que ya no vaya nadie a votar, salvo los que votan con ruedas de molino.

Ni a Vázquez Montalbán, ni a Manu Leguineche, ni a Georges Brassens, ni a Moncho Alpuente ni a mi querida Pilar Casanova, les gustaría este siglo en el que la amena lectura de la Enciclopedia Británica o de El Capital quedaron sustituidas por la breve inmediatez de los twitters. Hay argumentos que necesitan oraciones yuxtapuestas y no un cuestionario tipo test. Este país no necesita imperturbables showmen sino, tal vez, comunicadores que hayan leído algo más que el prospecto del Ibuprofeno.

Te pienso, votante futurible, en la soledad de tu vivienda. Y te diría lo que tal vez te dijesen, si pudieran, esos otros periodistas que no sólo han perdido un empleo sino un oficio –como enunciara Alejandro Victor García—o aquellos otros  que no sólo han perdido un oficio sino la vida que entregaron por ejércerlo con dignidad. Te pienso y te digo, ciudadano y televidente: tienes dos armas poderosas que ellos no controlan todavía. El voto y el mando a distancia.