El fin del mundo conocido

Esto se acaba y uno se acomoda en el chiringuito bajo el parapeto de un tinto de verano, oyendo las noticias que traen las caracolas. Y por más que el dj programe a Enrique Iglesias y no a“Summertime”, la vida parece fácil aunque el algodón no esté alto.

Un majareta, mientras tanto, siembra de muertes Munich y otro cierra las fronteras entre la República Checa y Alemania. Vivimos en un trending topic. Los telediarios se vuelcan con los nueve muertos europeos pero pasan de puntillas sobre los sesenta y uno que perdieron el pellejo en Kabul.

Gran Bretaña se va pero la Unión Europea tampoco se queda: Theresa May pasea por Europa como el divorciado que se despide de la familia de su ex, confesando que la separación es inevitable pero que, a pesar de ello, permanecerán para siempre en sus corazones. Tiempos de hecatombe, anuncian las trompetas del Apocalipsis. Esta casa será una ruina: la libra por los suelos pero el euro, también, aunque al ministro Margallo le siga preocupando más la bandera de Gibraltar que los submarinos nucleares que chocan en su base o transitan por la de Rota.

No extraña que Joao Barroso –el barman del trío de las Azores– haya pedido asilo en Goldman Sachs. La deuda de Italia es mayor que la española y la puede empezar a repartir por todo el continente las pizzas de su crisis bancaria. La grandeur de Francia se hunde en el Sena de los recortes que ha ido lidiando, hasta ahora, François Hollande como si fuera el toreador de Carmen. No hay línea Maginot que resista a las protestas por la reforma laboral que acaba de promulgarse en el país vecino bajo inspiración directa de la que Mariano Rajoy aprobó en 2012. Así no extraña que ex ministros del PSOE y del PP coincidan en pedir legitimamente que haya gobierno cuanto antes en España, aunque sea el mismo gobierno de siempre, el del que confía en defender el bien común defendiendo los intereses del Ibex 35.

La Europa de nuestros sueños nunca fue posible pero la que ahora está en liquidación por cierre o por derribo empieza a no ser Europa. ¿Por qué nadie parece darse cuenta, a primera vista, de que el proyecto de Unión Europea constituyó un buen negocio porque no sólo existieron tratados comerciales sino en materia de derechos y de libertades? La mano invisible de Adam Smith no basta para que los mercados corrijan su avaricia y aquella Europa que sentó las bases para conciliar los beneficios empresariales y financieros con el relativo bienestar social, no tendrá ningún sentido cuando volvamos al simple Mercado Común, con las fronteras más cerradas que el corazón. ¿Quién está al timón de la Europa política? El miedo, sin duda alguna. Y navega rumbo a su viejo puerto de refugio, el de la extrema derecha que ya no necesita el paso de la oca para hacerse con el poder, invadiendo sencillamente las urnas comunitarias.

La España con complejos.-

En España, todavía el neofacismo no ha cobrado importancia electoral porque quizá no le haga falta y algunos de sus postulados sean defendidos por la derecha neoliberal, bajo el paraguas del Partido Popular y algunos postulados supuestamente innovadores de Ciudadanos. La derecha no tiene empacho a la hora de pactar con sus afines, ya sean independentistas o simplemente “cool”, como ha ocurrido esta semana en la constitución de la mesa del Congreso y como puede volver a ocurrir en la gestación subrogada de la segunda investidura del hombre que quizó ser Big Brother a partir de una tribuna de plasma.

La izquierda no va a ninguna parte porque está cargada de complejos. A escala estatal, al PSOE se le formó siempre un nudo en la garganta a la hora de pactar con los comunistas y prefirió apoyarse en los mismos nacionalistas con que ahora baila en la oscuridad el PP, antes que cerrar un mínimo acuerdo con Izquierda Unida. Y todo ello, a pesar de que hace casi un siglo, en 1919, el Congreso del PSOE estudió abandonar la II Internacional para integrarse en la nueva Internacional comunista que había surgido a partir de la debilidad de los partidos socialistas a partir del armisticio de 1918. Tampoco el PCE hizo muchas migas con el PSOE, máxime cuando el carrillismo se convirtió en un vivo ejemplo del apetito ideológico con que el felipismo devoró a cuantos naufragos de la izquierda fueron llegando hacia la isla del puño y de la rosa.

¿Para qué hablar de socialistas y podemistas? En el fondo, entre ellos late una relación casi paterno-filial, de amor y de odio, como la de aquellos hijos que no han sabido matar al padre a tiempo o de aquellos padres que se han resistido a que sus retoños los maten. Politicamente hablando, claro. Entre unos y otros, se entrecruzan reproches de novios mal avenidos, por lo que todos los indicios apuntan a que no habrá matrimonio posible. Ni siquiera, de conveniencia. Hay muchas izquierdas, aferradas a sus diferencias más que atentas a conciliar similitudes. Pero sólo hay una derecha verdadera aunque sus siglas difieran. De ahí que más fácil será que el PP encuentre un socio para perpetuarse en el gobierno que cualquier rojo entre en el reino de La Moncloa.

Hace unos meses, a Pedro Sánchez, le llovieron las tarjetas amarillas cuando se entrevistó con el president de la Generalitat, Carles Puigdemont. Hasta parecía que se hubiera hecho, en realidad, un selfie junto al líder de Isis. Incluso le encajaron, entonces, los goles en propia puerta. A la hora de ensayar su fallida carrera presidencial, al secretario general de los socialistas le marcaron más que a Leo Messi y no le valió pulpo como animal de compañía. El PSOE, a lo largo de los últimos años, ha hecho lo que no hizo en el pasado, como por ejemplo situar alto el listón de la honorabilidad para figurar en las listas electorales: una simple imputación –investigación en la nueva jerga que inventó el ministerio de Justicia para rebajar la pena de telediario– sirve para invalidar a un candidato. Más constitucionalistas que nadie, más jacobinos, aunque sacrificaran al PSC en el ara del soberanismo catalán. Mientras tanto, a los conservadores lo mismo le da que le da lo mismo que le salgan corruptos como champiñones o que pacten, de ser necesario, con el nuevo Papa del Palmar de Troya.

Así las cosas, la caspa volverá a palacio, mientras tendremos que resolver como desprendernos de ocho mil millones de euros en los próximos presupuestos. Si Esperanza Aguirre mantiene el albur de que España nunca participó en la guerra de Irak, los argumentarios de su partido abundan en que
tampoco fuimos rescatados. Pero lo cierto es que la troika española, por más que esté en funciones, se llama Carlos Montoro y ha rescatado a las autonomías condenándolas a la : las monitoriza a través del FLA como si fuera el FMI con un país emergente. Cualquier día de estos, los druidas del españolismo a ultranza nos invitarán a otro viaje en el tiempo, al del centralismo previo al estado de las autonomías, a excepción de catalanes, vascos o, en todo caso, gallegos. En ese mapa que se avecina, ¿dónde quedará Andalucía? ¿Dónde quedarán el resto de los territorios?, debieran preguntarse sus contribuyentes. Ya ha habido un golpe de mano, el que ha logrado concentrar el mayor esfuerzo fiscal en los gobiernos autonómicos que tienen delegadas las mayores competencias en servicios que afectan a los ciudadanos, frente al Gobierno central, que es el que sufraga a los militares, a las fuerzas y cuerpos de seguridad o a la monarquía, por poner algunos conocidos ejemplos de su gestión.

Entre Donald Trump y Erdogan.-

Si esto ocurre en Europa, como un formidable estado fallido, tampoco corren mejores vientos para el resto del mundo, con un incendio de fanatismo que no sólo recorre sus calles sino las de buena parte del norte de Africa, de Asia o de Estados Unidos, donde Donald Trump se apresta a la conquista de la Casa Blanca sin miramientos de ningún tipo, como si fuera Homer Simpson, con quien ya ha compartido episodio: si hoy su señora esposa plagia a Michelle Obama en un discurso, él hace otro tanto con Erich Honneker, el secretario del Comité Central de la República Democrática Alemana, que erigió el muro de Berlín. El candidato del Partido Republicano a la presidencia de los Estados Unidos trata a los hispanos como el Partido Nazi alemán filosofaba sobre los judíos antes de que se decidieran a exterminarlos. Ahora, pretende levantar un muro con México como si fuera el del ghetto de Varsovia, para evitar que sigan cruzando espaldas mojadas hacia el supuesto paraíso de las libertades. ¿Qué diría Abraham Lincoln, qué Walt Whitman, qué diría Phil Ochs o el leñador de Neruda, qué dirían los beatniks o qué diría Rosa Parks si le oyesen hoy? Sin embargo, ¿de qué nos asombramos con respecto a Trump si la Unión Europea fue la primera en levantar un muro similar junto a las ciudades de Ceuta y Melilla, nuestra tijuanas del sur, tan hermosas en su paisaje y en su gente como tan tristes por su oficio de eternas gendarmes del hambre en la frontera de los desesperados.

La Europa que se disuelve como un cubito de hielo en un güisqui on the rocks también levantó durante los últimos meses muros similares, con la concertina de la Marca España impidiendo el paso de los refugiados a los que deportamos a Turquía: “un país seguro”, describían los líderes comunitarios, respecto a la nación que acaba de suspender la Convención Internacional de los Derechos Humanos. ¿Nos hemos planteado acaso repatriar a los que entregamos a la clemencia imposible de un presidente cada vez más autocrático?

Alvaro Mutis solía decir que la última noticia que le había interesado era la caída de Constantinopla en manos de los turcos. Ahora, estamos asistiendo a la caída de los turcos en manos de Recep Tayyin Erdogan: si antes del sorprendente golpe de estado del 15 de julio, nos empezábamos a acostumbrar a la deriva de su régimen desde la discreta democracia parlamentaria al presidencialismo más descarado, ahora confirma la alternativa de su tiranía con una redada a gran escala sin ningún sentido desde el punto de vista de la investigación policial de la intentona pero con sobrados argumentos para perfeccionar su condición de despota que lleva años ensayando con el pueblo kurdo y con numerosos disidentes.

La Turquía que democratizó Mustafa Kemal Atatürk a partir del Movimiento Nacionalista de comienzos del siglo XX parece diluirse no sólo bajo los efectos del fanatismo religioso que se ha cebado allí especialmente con las mujeres, sino que se aleja del modelo de Estado laico en dirección a lo que el propio Erdogan, con una formidable carga de cinismo, denomina como “islamo-demócrata”. Al Ayuntamiento de Sevilla se le ocurrió, hace seis años, concederle un premio intercultural. En su visita a la ciudad, un joven kurdo –Hokma Joma- arrojó un zapato contra el primer ministro turco, que no llegó a darle y por el que tuvo que pasar dos años entre rejas españolas. Ahora, Turquía sirve para que el Daesh exporte petróleo de contrabando desde Irak, aunque restablezca al mismo tiempo relaciones con Israel o coquetee con la Rusia del rasputiniano Vladimir Putin en el agitado polvorín de Oriente Próximo.

Muere el mundo conocido y a partir de ahora, probablemente, todo sea territorio comanche. ¿Frente a todo ello, frente a los lobos solitarios y la agonía de los nadie, con ridículas políticas de cooperación e inútiles, a menudo, estados de emergencia, qué nos queda. La perplejidad, probablemente. Un tinto de verano, en un chiringuito de playa donde, entre caracolas, suene de nuevo algún eterno cantable de Enrique Iglesias.