La izquierda no tiene quien le escriba

Pareciera que Mariano Rajoy estuviera siempre huyendo de algo: de los periodistas, en ruedas sin prensa, en un simpa de respuestas a través de los garajes o del plasma, o bien haciendo footing mientras lidera a algún grupo de paseantes con chubasquero corporativo. Siguiendo esa costumbre, huyó de la investidura en enero y ayer mismo, en una de esas caminatas con aire de marcha olímpica, aseguró que seríamos el hazmerreír de Europa si España celebrara terceras elecciones –como si las urnas tuvieran que avergonzarnos—y que, naturalmente, si ocurriese así, la culpa la tendría el PSOE, ese formidable muñeco virutero  en  el pimpampum de la política patria de estas horas.

De un tiempo a esta parte, los socialistas matan a Manolete un día y otro no, pero es el único partido que crece en intención de voto a juicio del CIS, si es que hemos de creer al estudio demoscópico que vaticinó el sorpasso para que el miedo a Podemos movilizara al electorado conservador. Al acecho de Freud, el presidente en funciones asegura que si el PSOE no se suma al acuerdo que su partido parece estar a punto de suscribir con Ciudadanos, la culpa de su investidura fallida la tendría Pedro Sánchez. ¿No sería más lógico responsabilizar del fiasco a quien da la sensación de que ha aceptado el mandato real de intentar formar gobierno? Rajoy no sólo quiere encontrar apoyos sino que dichos apoyos sean los que él quiere: ¿por qué no dialoga con la derecha nacionalista?, podría preguntarse cualquiera que crea aún en la España de las autonomías.

Caben otros interrogantes. ¿Por qué está puesto el foco en la calle Ferraz y no en La Moncloa en funciones o en la calle Génova en el banquillo? Porque la izquierda en general no tiene quien le escriba y el PSOE ha perdido la batalla del imaginario. El quiosco repite, a grandes rasgos, los argumentos del PP en esta hora crucial de España, mientras que sólo parecen abrirse tímidas grietas en ese discurso en algunas emisoras de radio o de televisión y en las redes sociales donde los socialdemócratas perdieron fuelle hace mucho. Mientras el partido del puño y la rosa creaba cementerios de elefantes en lugar de fundaciones progresistas suficientemente activas, José María Aznar fletaba la FAES como un formidable think tank que asumió, junto a otros frentes, una clara batalla por la comunicación. La victoria del PP fue periodística para ser política posteriormente.

No se culpe tampoco en exclusiva al mensajero. Incluso si el partido de Pablo Iglesias Posse tuviera tanta versatilidad mediática como el de Pablo Iglesias Turrión, le resultaría difícil explicar qué es lo que está haciendo, porque probablemente no todos sus actores estén remando en la misma dirección. Después de lamer sus heridas abiertas en el anterior proceso de investidura y con la nueva caída electoral del 26-J, hasta ahora parece que sabemos qué es lo que no quiere Pedro Sánchez, que es votar a Rajoy o abstenerse para permitirle gobernar. En ese sentido, parece clara la posición del grupo socialista en el Congreso que se ha apresurado a registrar una moción para crear una comisión de investigación sobre el Caso Bárcenas, más allá de la propuesta formulada esta semana por el partido naranja.

A pesar de ello, no sabemos si realmente su secretario general podrá hacer esta vez lo que quiera o tendrá que plegarse a la hoja de ruta que le marque el resto de su partido. Salvando a Pérez Tapia y su socialismo jeffersoniano no abundan las voces que reclamen un pacto del PSOE con Podemos, sus confluencias y el nacionalismo periférico. ¿Cuántos otros responsables socialistas se han dejado oír, sin embargo, en la otra dirección?

Sorprende que la derecha españolista supere cualquier tipo de hemeroteca para alcanzar un acuerdo, sin que importen que quienes tienen que vetar a los corruptos también estén envueltos en la vorágine de la corrupción. ¿Por qué a la izquierda le resulta tan difícil alcanzar un acuerdo de mínimos? Porque mantiene la inercia histórica de preferir el imperio de las sutilezas a la unanimidad del brochazo. Se cumplen en estos días ochenta años del alzamiento fascista en España que nos condujo a un millón de muertos y medio país exiliado o preso: en el ámbito demócrata, más allá de la Tercera España de Manuel Chaves Nogales, una izquierda hacía la guerra, otra la revolución y otra hacía la puñeta a las dos anteriores. Por fortuna, no estamos de nuevo frente a la dialéctica de los puños y las pistolas (José Antonio dixit), pero seguimos inmersos en la misma encrucijada, tan propensa a la ruptura y tan reacia a la afinidad.

Al este del edén conservador, la izquierda duerme en camas separadas y la opinión partidista se divide entre quienes culpan del divorcio al PSOE y quienes responsabilizan a Podemos. Pero nadie parece interesado en llevarles de la mano a un psicoterapeuta que pueda resucitar aquella máxima del cristiano José Bergamín, quien opinaba: “Yo, con los marxistas, hasta la muerte, pero ni un paso más porque yo creo en la vida eterna”. ¿Es imposible alcanzar un acuerdo de mínimos entre unos y otros, a sabiendas de que sus máximos son bien distintos? Resulta complicado pensar que bajo el mismo paraguas pueden refugiarse del aguacero Felipe González y Diego Cañamero, pero el partido de los charranes –ya explicó su diseñador que no eran gaviotas—lleva la friolera de veinte años representando todos los matices de la derecha, desde la liberal de costumbres a la liberal de bolsillo, desde la proteccionista a la ultramontana.

Que nadie invente la gaseosa: si el PSOE no lo tiene fácil a la hora de decidir entre susto o muerte, tampoco Podemos está en sus mejores horas internas tras el tira y afloja con su marea gallega o las posibilidades de mantener la UTE política con la Izquierda Unida de Alberto Garzón. Más allá de los discursos de la cal viva o el de la pinza, quizá a unos y a otros les conviniese hoy por hoy reparar en que si la izquierda no se atreve a gobernar junta aunque sea en tenguerengue, España vivirá presumiblemente otra legislatura de tijeretazos, recortes en las libertades públicas, predominio mayúsculo de la Santa Madre, la represión entendida como ejercicio de seguridad y otras perlas cultivadas en el jardín por neocons y neoliberales trabajando codo a codo sin un aparato crítico suficiente que transmita la hipótesis de una realidad distinta.

¿Qué alternativas quedan ante cualquiera de estos escenarios? Que el PSOE se mantenga en el no, sin propiciar un sí en ninguna de las direcciones posibles, lo que conduciría a unos nuevos comicios con un electorado izquierdista cada vez más desinflado. Que  los de Sánchez naden y guarden la ropa, aceptando que algunos de sus diputados se abstengan hasta llegar al quorum suficiente que permita el gobierno de Rajoy en minoría. Que sus habilidosos negociadores transen una serie de medidas para poder justificarse ante los escasos fieles que probablemente les quedasen ya.

O que incurriesen en la audacia de intentar formar un gobierno complejo entre formaciones que no sólo responden a posiciones ideológicas distintas sino a segmentos sociales tan diferentes como los damnificados de la crisis y los empobrecidos por ella, los impulsores de la política socialdemócrata y los resentidos con dicha praxis, los abanderados del soberanismo y aquellos que, cargados de buenas intenciones, probablemente no comprenderían que, tal y como está el patio europeo, tampoco esta opción supondría un viaje al país de las hadas.

Para colmo, de intentar esta aventura colectiva, IU, Podemos y cualesquiera otros compañeros de viaje se enfrentarían, como el PSOE en la presente encrucijada, con un desgaste parlamentario y mediático de primera magnitud. Pocos serían quienes escribirían, en semejante supuesto, que por primera vez en un siglo la izquierda española se habría juntado más allá de los paredones de ejecución.