La tramoya

Las consecuencias políticas del austericidio

A estas alturas, incluso los analistas menos críticos y conservadores han tenido que reconocer los efectos económicos fatales que tienen las políticas de austeridad en tiempos de crisis pero se suele pasar por alto la catástrofe política que conllevan.

En Europa, y particularmente en los países periféricos que han hecho recortes de gasto más fuertes, viene ocurriendo lo que era previsible que sucediese a poco que se tuviera en cuenta lo que enseña la teoría económica y la historia.

La deuda pública evoluciona en función de tres factores o variables: los déficit primarios (es decir, la diferencia entre gastos e ingresos sin tener en cuenta los gastos financieros), los tipos de interés real y la tasa de crecimiento económico.

El primer "error" de las autoridades europeas fue tratar el aumento de la deuda pública como si fuese provocado por un incremento de los déficit corrientes (educación, salud, etc.) cuando en realidad estaba ocasionado por el enorme coste financiero de socializar el sobreendeudamiento de los bancos privados en años anteriores y por la caída de la actividad y de los ingresos que produjo el cierre del crédito.

De esa idea errónea se dedujo que solo la fuerte reducción del saldo presupuestario sería suficiente para conseguir que bajase la deuda pública.

Eso puede ser correcto cuando la economía está en una situación normal, con crecimiento más o menos sostenido, y cuando la deuda ha sido provocada efectivamente por una política fiscal muy laxa o expansionista. Pero la situación actual era y es otra: la economía no levanta cabeza porque el sector privado (y principalmente los bancos) está desendeudándose y eso hace que bajen el consumo y la inversión. Por tanto, si a ello se añade un recorte del gasto público y no solo no se compensa el menor gasto privado sino que se reduce el total, la consecuencia no puede ser otra que un gran deterioro de la actividad, de los ingresos y, a la postre, el aumento de la deuda.

En situaciones normales, se podría hacer frente a ello bajando los tipos de interés reales y los efectivos a los que se financian los gobiernos, para que la deuda que pueda provocar una situación excepcional se pueda asumir más cómodamente y para que aumente el consumo y la inversión.

Pero este recurso estaba prácticamente vedado en Europa por dos razones. Por un  lado, porque en la Eurozona no disponemos de un auténtico banco central que actúe como recurso en última instancia que hubiera impedido que se disparase la prima de riesgo y los gastos financieros de los países dedudores (de hecho, solo cuando empezó a actuar así en el verano de 2012, aunque de modo vergonzante y por la puerta de atrás, fue cuando comenzaron a frenarse las tensiones más peligrosas sobre la deuda). Por otro, porque los tipos ya eran de por sí muy bajos y, en todo caso, porque lo que buscan los bancos y la mayoría de las empresas no es tanto disponer de dinero más barato para invertir sino para desendeudarse, de modo que han aprovechado el que le ha proporcionado el banco central para hacerlo y no para dinamizar la economía.

Por el contrario, lo que ha producido la austeridad ha sido un efecto bucle muy peligroso: cuando la deuda pública iba aumentando como consecuencia de asumir la de los bancos y de que se viniera abajo la actividad como consecuencia de las medidas de recorte, crecían también las dificultades para hacerle frente. Eso provocaba la subida de los tipos a los que podían financiarse los gobiernos (la prima de riesgo), lo cual aumentaba su deuda, lo que presionaba de nuevo sobre los tipos, aumentando aún más la deuda.... Un círculo vicioso que, como acabo de decir, solo se frenó (en parte) cuando intervino (indirectamente y cuando el mal estaba hecho) el Banco Central Europeo.

Como he comentado en otros artículos (La verdadera cara de la austeridad) se sabía que los efectos económicos de las políticas de austeridad serían estos y que, por tanto, solo producirían un mayor deterioro de la actividad, más desempleo y desigualdad y deuda pública más elevada aún. Y se sabía que lo que había pasado en otros países y momentos históricos (como en Japón o en América Latina) cuando se aplicaron este tipo de políticas en coyunturas parecidas fue que tras la crisis vinieron largos años de depresión. Por eso las políticas europeas de recortes de gasto y derechos se conocen ya como el "austericidio".

Pero, a pesar de ello, se han aplicado y no solo como consecuencia de los errores de apreciación que provoca el ciego fundamentalismo ideológico de quienes defienden este tipo de políticas. En realidad, se aplican como una estrategia premeditada que busca el constante deterioro de los servicios públicos que justifique su privatización y, al mismo tiempo, debilitar la resistencia y el poder de las clases trabajadoras.

Ahora, como decía al principio, incluso los menos críticos reconocen el fracaso de las políticas de austeridad, al menos como vía para reducir la deuda y aumentar la actividad económica  y el empleo. Pero si bien hay cierto consenso en sus consecuencias económicas, se están pasando por alto los efectos políticos que ya han empezado a tener y que se irán agudizando mientras se apliquen.

Las políticas de austeridad generan deliberadamente desempleo y más deuda, los dos factores que resultan más efectivos para someter a las clases trabajadoras y para generar desmovilización y confusión ideológica. Y por eso no es casualidad que las políticas de austeridad en tiempo de crisis hayan sido el origen de los movimientos derechistas más peligrosos y criminales de la historia y que ahora están renaciendo en Europa.

En contra de lo que muchas veces se ha dicho equivocadamente, el ascenso del nazismo y de otros movimientos fascistas en la Europa de los años treinta del siglo pasado no coincidió con el incremento de la deuda pública o con la hiperinflación alemana (cuando esto se producía el partido nazi apenas tuvo relevancia electoral), sino con las políticas de recorte de gasto que se llevaron a cabo en medio de una depresión.

A semejanza de lo que ocurrió en aquellos años, y también para salvaguardar a los grandes grupos económicos y financieros, las autoridades europeos alimentan de nuevo una fiera en el seno de nuestro viejo continente. Generando tanto malestar, desesperación y sumisión se provoca que millones de personas, agobiadas por el solo objetivo de salir adelante cada día, desprecien las libertades y la política y desconfíen hasta de su entorno social más cercano para luchar individualmente a la desesperada y dejándose llevar por quienes le ofrecen una salida radical y aparentemente inmediata al sufrimiento, un salto en el vacío simplista al que recurren con la esperanza de darle así solución cuanto antes a su desaliento y frustración.

Los grupos de poder no temen a estas tendencias (de hecho las ha protegido y financiado siempre) porque ven en ellas el desarme más efectivo de quienes se pueden oponer a la concentración de riqueza y poder en sus manos, aunque se equivocan, porque la barbarie y la destrucción, el conflicto civil que llevan consigo, al final pasan cuenta a todos.

Los hechos que estamos viendo a nuestro alrededor, los recortes de libertades y no solo de gasto público, indican claramente que ya hemos ido demasiado lejos.

Lo sorprendente y preocupante es que en el otro lado, en el de las fuerzas y los movimientos que se supone que combaten todo esto, parece que no hay mucha conciencia de la catástrofe que se viene encima y se sigue actuando como si nada hubiera cambiado, en medio de las desavenencias de siempre y ofreciéndole a la gente propuestas de ingeniería social, un tipo de discurso abstracto y altivo que solo convence a los convencidos o programas de actuación que no van acompañados del acercamiento efectivo de quienes los proponen a la vida diaria de los seres humanos corrientes y molientes. Eso explica que, a pesar de todo lo que está pasando,  las izquierdas tradicionales solo mejoren muy modestamente su apoyo electoral (o en todo caso de manera insuficiente para generar mayorías decisivas) y que estén siendo incapaces de promover y liderar respuestas efectivas de transformación social.