La tramoya

La cultura, una industria y mucho más que hay que relanzar

Entrada al Teatro de la Comedia, en Madrid, cerrado durante el estado de alarma por la pandemia del coronavirus. E.P.
Entrada al Teatro de la Comedia, en Madrid, cerrado durante el estado de alarma por la pandemia del coronavirus. E.P.

La cultura, en su sentido más amplio, es una de las actividades que siempre paga en mayor medida los efectos de las crisis económicas. Como cualquier otra que consista en la producción de bienes o servicios, necesita recursos materiales y gasto procedentes de la iniciativa privada y de la pública, y ambos disminuyen notablemente cuando la economía se deteriora. Aunque, en el caso de la cultura, el daño suele ser mayor por otras razones.

Como consecuencia de la última crisis económica iniciada en 2007-2008, bajó el peso de las actividades culturales en el PIB español, el empleo, el número de empresas, el gasto total de la administración central, de las comunidades autónomas y ayuntamientos y el gasto familiar y personal, por citar sólo algunas magnitudes expresivas de su evolución. Y, cuando la mayoría de ellas todavía no había logrado recuperarse, la epidemia del Covid-19 trae consigo una nueva crisis; ahora mucho peor, pues no sólo supondrá la disminución de la demanda y del gasto que traen consigo todas ellas, sino la imposibilidad de generar oferta durante un tiempo que, en algunas casos, puede llegar a ser literalmente letal para los productores.

Una vez rectificado el grave error inicial del ministro de cultura, cuando al principio de esta nueva crisis descartó adoptar medidas específicas de apoyo al sector, es imprescindible que todas las administraciones pongan en marcha estrategias efectivas que impidan que, una vez más, la producción y el consumo de bienes y servicios culturales esenciales para la vida personal y social y para las democracias tan debilitadas de nuestro tiempo, vuelvan a quedar en mantillas en España.

En materia de financiación, la cultura siempre ha tenido que navegar entre dos mares. Por un lado, se la considera -con razón- una actividad industrial más y de ahí se deduce que debe financiarse a través de los mercados, en función de que sea capaz de crear la demanda suficiente. El Estado, así, puede desentenderse de ella. Por otro, y cuando no es industria en su sentido estricto, la cultura tiende a ser considerada como algo banal, tan sólo relativo al ocio y al entretenimiento, cosa de artistas, de excéntricos y bohemios que con sólo alguna ayuda ocasional pueden sobrevivir si no han conseguido, como le sucede a la gran mayoría, alcanzar el estrellato.

En España no hemos terminado de entender (ni siquiera estoy seguro de que hayamos comenzado a entenderlo) que la cultura ni es sólo industria ni un simple pasatiempo. La cultura, en todas sus expresiones, es una pieza sin la que no puede existir vida en libertad, ni democracia, ni bienestar porque sin ella se carece de la simbología, de las ideaciones o los sueños que conforman la comunidad imaginada sin la que los seres humanos no podemos vivir. La cultura es todo lo que envuelve nuestra vida personal y social para que pueda tener sentido ante los demás y lo que le da sentido a lo que vemos de los otros. Sin cultura seríamos seres desnudos, no podríamos interpretarnos, como tampoco tendría sentido la economía de nuestro tiempo que tiene cada día más componentes inmateriales o icónicos para poder lograr que los sujetos se identifiquen con los propios objetos, aunque eso sólo sea para que sigan consumiéndolos sin descanso.

Es por eso que las constituciones modernas reconocen el acceso a la cultura como un derecho más de la ciudadanía y de ahí que los Estados no puedan limitarse a ayudar a la producción cultural, como si de una vieja obra de caridad se tratase, sino que deben considerarla como una pieza más del entramado que puede sostener las democracias bienestaristas, como puedan ser la seguridad, la salud o la justicia, es decir, como un auténtico bien de interés público cuya provisión, a través de cualquiera que sea el procedimiento, debe quedar garantizada con suficiencia y, esto es muy importante, con plena libertad.

La cultura es algo demasiado grande y no podemos dejarla caer de nuevo en esta crisis.

Con carácter inmediato, urgente, las administraciones públicas deberían tomar medidas para evitar la sangría de ingresos que están sufriendo muchas empresas culturales y trabajadores autónomos, teniendo en cuenta que la especificidad de muchas de sus actividades les dificulta acudir a las fuentes de apoyo (sobre todo crediticias) que se han aprobado en las últimas semanas. Se tiende a creer que los creadores no hacen nada en los procesos de ideación y creación y que, por ello, pueden efectivamente vivir "de la nada" durante ese tiempo. Hay que evitar que se desvanezcan los procesos creativos de mayor o menor envergadura que estén en marcha y entender que, cuando eso ocurre, se pierde valor económico exactamente igual que cuando cierra cualquier otra empresa o negocio.

Al mismo tiempo, hay que ser muy consciente de que la crisis que estamos viviendo es el inicio de un nuevo tiempo, de cambios que van a transformar la vida social en todo el planeta y no sólo por algún tiempo. Vamos a tener que acostumbrarnos a vivir en otro tipo de espacios, con otras distancias entre nosotros; consumiremos productos que vendrán con envoltorios icónicos diferentes y que se pondrán a nuestra disposición a través de redes muy distintas a las que ahora conocemos. Cambiará el uso del tiempo, la forma de divertirnos e incluso el tipo de ropa que usemos porque vamos a comenzar a percibir y a relacionarnos a nosotros mismos y a todo lo que está a nuestro alrededor de otras maneras. El Gran Encierro, como ya se le llama, está modificando, quizá para siempre, nuestro oikos, nuestro espacio doméstico en el más extenso sentido de la palabra. Y también el relato, como gusta decir ahora, que la cultura y no otra cosa, escribe de nuestras vidas

La cultura va a ser el instrumento que nos permita dialogar inteligible, razonable y amablemente con todos esos cambios y con quienes nos rodean para poder sobrevivir, con más o menos libertad y democracia, a los tiempos de transformación y dificultades que nos esperan. La cultura, las imágenes, los cuentos, los ideales de belleza, los sonidos que nos rodean, los sueños, lo imaginado, la música y el movimiento... son piezas sin las que no se va a poder armar el rompecabezas económico que tenemos por delante.

La cultura no es el celofán que recubre lo que nos parece que tiene valor en nuestras sociedades, una guinda de poco precio que ponemos sobre el pastel, sino un componente intrínseco del valor de las cosas que tanto apreciamos. No hay empresa sin icono, que pueda vender un producto sin dotarlo previamente de cultura, de intención o de narrativa, cualquiera que ésta sea; no hay ciudad que hoy día salga adelante sin imagen; no hay país sin marca; ni seres humanos sin sueños. No hay vida posible sin cultura.

Los gobiernos deben meterse en la cabeza que no se trata de ayudar a los culturetas, como a veces dicen los burócratas que reparten el pastel del presupuesto, sino de invertir en valor para generar un ecosistema socioproductivo que facilite la creación y el consumo de bienes y servicios culturales, no como una actividad en el margen que sólo tiene un fin en sí misma (que también), sino como componente de todos los demás procesos de creación de riqueza. Para eso debería empezar por garantizar que exista información rigurosa y actualizada, un mapa completo de la cultura como fuente de valor en nuestra sociedad y en la economía.

Los productores culturales, por su parte, también deben entender que no precisan tan sólo de ayudas, sino que ellos mismos han de crear los tejidos, cada vez más complejos, que son necesarios para lograr que lo creado se disfrute en la mayor medida de lo posible, para que se realice finalmente y complete.

Hay que crear sinergias entre el resto de los sectores productivos y sociales y la actividad cultural, proporcionando espacios, facilitando el consumo y haciendo posible que lo que no tiene precio también se remunere.

La cultura en España necesita una auténtica política industrial que le proporcione acceso a los recursos, que anticipe financiación especializada, que contemple las singularidades productivas, financieras, fiscales, laborales y comerciales del sector y de los mercados en donde se desarrollan la producción y el consumo de mercancías culturales. Pero también se necesita promover la política cultural, la producción y el consumo cultural, en la industria y los servicios, en toda la vida económica. Para ello hay que inventar nuevas entidades de crédito especializado, formas novedosas de mecenazgo y de financiación compartida, ocupar nuevos espacios y aprender a usar y poner en valor lo común, hacer más cultura con las nuevas tecnologías y convertir a la tecnología, con la cultura, en una práctica auténticamente liberadora, o promover con rapidez las nuevas formas de consumo de los bienes y servicios culturales que se están abriendo paso tanto en los hogares, como en las empresas y en los espacios colectivos.

Y, como he dicho, todos (administraciones, creadores y productores y consumidores) hemos de aprender a darle valor a lo que, como he dicho, no tiene precio, para que la cultura que no es industria ni exactamente una producción mercantil, pero que sí se concibe y existe para el intercambio, pueda llevarse a cabo.

Puede parecer que son palabras algo abstractas, una simple filosofía, pero lo que de verdad plantea la crisis del Covid-19 es la necesidad de que las sociedades y las economías se rehagan, se reconstruyan dicen los políticos. Esa es la tarea de los gobiernos, de las empresas, de las familias y las personas y organizaciones de todo tipo. Pero nada ni nadie se puede rehacer ni reconstruir sin haberse imaginado previamente y esa es, justamente, la función de la cultura, hacer posible que todos nos imaginemos a nosotros mismos y nos hagamos imagen y a imagen de todo lo demás que nos rodea. Sin ella, sin cada día más, mejor y más libre cultura, seremos cada vez peores y más esclavos.