Juegos sin reglas

Las cegueras de la pandemia

José Angel Bergua

Catedrático de Sociología, Universidad de Zaragoza

Una mujer con mascarilla pasa delante de una pintada en Malaga. AFP/JORGE GUERRERO
Una mujer con mascarilla pasa delante de una pintada en Malaga. AFP/JORGE GUERRERO

En su estudio de las razones por las cuales unas sociedades perduran y otras desaparecen, Jared Diamond termina peguntándose por qué estas últimas toman decisiones catastróficas que las abocan al suicidio. En su opinión todo se debe a varios fallos previos consecutivos. Primero, la sociedad puede no haber previsto un problema antes de que se plantee. Segundo, una vez manifestado es posible que nadie lo perciba. Tercero, una vez percibido puede que nadie intente resolverlo. Y cuarto, es posible también que, una vez intentada la resolución del problema, resulte que nadie lo consiga. En definitiva, las sociedades terminan tomando decisiones catastróficas como consecuencia del encadenamiento de varias cegueras que cierran el paso a la previsión del problema, luego a su percepción y finalmente a su resolución.

La ceguera colectiva está causada por las creencias, ideas y valores en los que estamos asentados. Dependemos tanto de ellos que, inconscientemente, preferimos morir a cambiarlos, incluso cuando una crisis cualquiera, ofrece información, conocimiento y recursos para hacerlo. Este conservadurismo ontológico, en la base de los colapsos absolutos de las sociedades, quizás pueda explicar también otros no tan grandes, pero tampoco menores, como el provocado por la covid-19.

Para empezar, tan orientado ha estado nuestro mundo a mirar a lo alto y a fantasear con lo enorme que hasta hace apenas 150 años no descubrió la extraña y misteriosa vida que se desenvuelve en lo bajo y pequeño, formada por bacterias, virus y hongos, que, en nuestro cuerpo, suponen un volumen 10 veces mayor que el celular. Pero es que, del mismo modo que antes no se sabía observar lo bajo y pequeño, luego no se ha querido ver más que los peligros que traen consigo los extraños habitantes de ese mundo, imaginados como monstruos contra los que heroicamente debemos combatir a diario con detergentes, legías, dentífricos, etc. Esta obsesión comenzó con la microbiología pasteuriana, que supuso un auténtico cisma científico y político en la época. Desde ella, limpiar implica barrer o expulsar microbios invisibles, pero monstruosos, dotados de una gran capacidad para penetrar en los cuerpos y hacerlos enfermar. Cuando, más tarde, los microbiólogos escribieron que los organismos están, en la mayor parte de los casos, perfectamente preparados para resistir el embate de los bichos, los higienistas, en lugar de relativizar la obsesión, dieron una dimensión épica a su batalla por la salud. Más tarde, desde el Primer Congreso de Detergentes que se celebró en París en 1954, la publicidad de esos productos no ha cesado de intentar atrapar a los consumidores aterrorizándolos con padecer toda clase de enfermedades si no se usan El caso es que este imaginario se resiste a aceptar que, con su actividad, los microbios han facilitado la aparición de células y seres multicelulares, como nosotros. Ese imaginario tampoco parece estar en condiciones de aceptar que la tan esperada terapia génica habrá de usar virus que introduzcan genes de diseño en el interior de las células.

Los virus "aparecieron" en 1898, año en el que se descubrió el primero, acompañado de la vacuna correspondiente. Aunque hoy la lista incluye más de 5.000 clases, los especialistas les vienen hurtando el derecho a entrar en la gran categoría de los seres vivos debido a que no se pueden reproducir por sí mismos. Son pues más que simple materia, pero menos que vida, lo cual los coloca, a pesar de haber perdido su invisibilidad, en el limbo de la indefinición. Pues bien, estos indeterminados entes llevan con nosotros desde que aparecimos como especie y cuanto más nos hemos "desarrollado" (haciéndonos sedentarios, rodeándonos de animales domésticos, aumentando el tamaño de las poblaciones, etc.) más clases de ellos se han ido instalando entre nosotros.

La civilización occidental tiene experiencia de ello desde su mismo nacimiento, pues ya cuando Platón sentaba las bases de la filosofía y Pericles apadrinaba la democracia, la viruela liquidó una cuarta parte de la población de Atenas. Más tarde, en Constantinopla, desde el 542, la peste mató durante dos siglos a 100 millones de personas. Pero es que, en Europa, Asia y Africa, la peste negra del siglo XIV eliminó a la mitad de la población y no desapareció del sur de Europa hasta el siglo XVIII. Por cierto, durante ese largo intervalo de tiempo los europeos llevaron al continente americano enfermedades que terminaron con el 90% de la población. Ya en el siglo XX, durante su primera mitad, falleció menos gente como consecuencia de las ya cruentas guerras de entonces que por las infecciones, entre otras la gripe española, que enfermó a un tercio de la humanidad y mató a entre el 2% y el 5% de la población mundial.

Los virus forman entonces parte de nuestra existencia biológica y sociocultural. Mucho antes de que la ciencia los viera y decidiera combatirlos intuíamos su presencia. Sin embargo, nunca quisimos ser conscientes de ella. Quizás porque las narrativas a las que estamos acostumbrados (con un comienzo, un final y un conjunto de sucesos, personajes y actos heroicos de por medio) no sirven para figurar lo que ocurre con las pandemias, con un enemigo que es invisible, carece de personalidad y no tiene propósitos.  Las series, filmes y novelas que se han ocupado de estas cosas, siempre lo han hecho cultivando el género heroico e imaginando deslumbrantes apocalipsis que son el espejo simétrico e inverso de la Creación. Sin embargo, como dice Eliot, "la forma en que acaba el Mundo no es con un estallido, sino con un murmullo". No podía opinar de otro modo quien, en lugar de prestar atención a deslumbrantes creaciones, ha preferido "oír crecer la hierba".

El caso es que, por esas u otras razones, nunca hemos tenido mucha memoria pandémica y desde hace un tiempo, a pesar de las advertencias de los expertos acerca de la inminente aparición de epidemias igual de devastadoras que las de antaño, tanto la política como la economía, esferas fundamentales en el orden que tenemos, miraron a otro lado. La gripe A del 2009 fue el último aviso de lo que podía pasar cuando aparece un virus desconocido contra el que no hay defensas y que obliga a actuar rápidamente para evitar una tragedia. Sin embargo, no hicimos caso a esa advertencia. Por eso la covid-19 ha sido (está siendo) tan devastador

Una vez entre nosotros, el virus ha seguido hurtándose al conocimiento y al tratamiento, como demuestra la dificultad para algo teóricamente tan fácil como es contar los muertos y contagiados, por no hablar de los problemas para diagnosticar sus daños y tratar a los enfermos. Según el informe del Ministerio de Sanidad publicado el 13 de mayo del 2020, aproximadamente 2,3 millones de personas, el 5% de la población española, había tenido contacto con el virus, pero hasta entonces sólo habían pasado por el sistema sanitario 271.000 contagiados, lo que apenas supone un 10% del total de "contactados". Había pues una zona oscura e indeterminada que abarcaba al 90 % de los sujetos infectados, pues resultaban invisibles para el sistema de salud. La proliferación posterior de PCR ha reducido algo la penumbra inicial, pero no mucho.

No es probable que todas estas cegueras vayan a desencadenar ningún colapso. De hecho, no ha sucedido. Más bien parece que provocarán unos cuantos rotos y quizás algún cambio que debería ser de calado. Sin embargo, dada la tendencia de las sociedades a no desprenderse de sus atributos culturales, quizás estemos abocados no sólo a convivir con el virus, sino con las propias cegueras de las que, ojalá, nos habremos hecho conscientes. Lo cual no es poco, pues la ignorancia positiva o saber que no se sabe es preferible a la ignorancia negativa (no saber que no se sabe). De todas formas, no es menos cierto que muchos científicos y políticos tienden a ser cínicos, ya que, aún reconociendo en su intimidad que no saben, continúan actuando como si lo supieran todo, que es lo propio de la ignorancia negativa.