Juegos sin reglas

La democracia (es) imposible

José Angel Bergua

Catedrático de Sociología, Universidad de Zaragoza

Ilustración: Sergi Nolla
Ilustración: Sergi Nolla

Antes de que entremos en el 2021 y comience la conmemoración del décimo aniversario del 15M les traslado una interpretación de lo que, en mi opinión, fue su principal característica. Creo que no hace falta ser un hábil hermeneuta para concluir que tanto el nombre con el que el movimiento se dio a conocer (Democracia Real Ya) y algunas de las consignas que se corearon ("lo llaman democracia y no lo es" y "no los votes pues no nos representan") transmitían la idea de que la democracia es el resultado de una conjunción entre difícil e imposible. La que forman el demos (gentes) y el kratos (poder). Por lo tanto, el 15M, no decía nada que tuviera que ver con las cuestiones social, urbana, natural, de género, etc., como suelen hacer los movimientos sociales, sino que ponía en cuestión la propia política, más exactamente la democracia, algo que sucede en muy contadas ocasiones.

Aquella denuncia no debe resultar extraña, pues, en realidad, nunca hemos sido modernos con nuestro modo democrático de hacer política. En efecto, por mucho que los modernos nos hemos propuesto usar la democracia para incluir al demos, en realidad sólo hemos hecho que escamotearlo, como los premodernos de los que en vano pretendemos distinguirnos. Ya cuando en Francia se permitió el sufragio universal después del estallido revolucionario de 1848, aunque el voto representó un nuevo derecho del pueblo, también restringió su participación política a esta forma relativamente inocua. El mismo carácter secreto de la votación, tan necesario para garantizar la libertad, quitó calidez a las elecciones y aumentó el desapasionamiento. Lo mismo podría decirse de las papeletas para votar. Hasta mediados del siglo XIX consistían en una hoja que llevaba consigo el votante y en la que él mismo había escrito los nombres de los gobernantes a los que quería otorgar el mandato. Sin embargo, en 1857 Australia instauró las listas cerradas y preimpresas. Años después, Europa y Estados Unidos se apropiaron del invento e incluso lo perfeccionaron. Noruega, por ejemplo, para garantizar el secreto del voto, añadió el sobre. De este modo, la participación política de las gentes quedó tan apagada y recluida en el ámbito de lo íntimo y personal que su efervescencia y vocación pública fueron prácticamente eliminadas.

El partido político de masas también ha contribuido a deteriorar la democracia. Con su desembarco en la arena parlamentaria llegó también su irremediable tendencia a la oligarquización, que lo distanció de sus presupuestos ideológicos fundacionales, así como de la militancia. Esta oligarquización se ha extendido a la propia sociedad civil, pues los medios de comunicación, las empresas, las Universidades, etc. han terminado creando relaciones estables con las élites políticas, lo cual ha propiciado que se consolide un amplio abanico de clientelismos, de los que han surgido distintas clases de corrupciones. Por otro lado, el propio vínculo entre los partidos políticos y sus gentes, ya muy debilitado por la oligarquización, se rompe definitivamente a partir los años 60 con la aparición del partido catch all, que pretende captar votos de cualquier ámbito social e incluso espectro ideológico. Unas décadas más tarde, el partido cartel abandonó definitivamente toda relación con la sociedad civil al entregarse absolutamente al Estado, de quien obtiene recursos y donde coloca a sus cargos políticos.

Sea como consecuencia de la deriva de los partidos políticos y del sistema político en el que se inscriben o debido a que ha preferido la vida cotidiana, la fiesta, el ocio o el contacto con los iguales a la política, lo cierto es que las gentes hace mucho que retiraron el deseo con el que inicialmente alimentaron la democracia. En Europa, la abstención ha aumentado del 16% de los años 40 del siglo XX al 28% de la primera década del siglo XXI, alcanzando en estos años las más altas y reiteradas cifras en 70 años. En cuanto a la afiliación, en Francia se ha reducido un 60% en los últimos 20 años, en el Reino Unido un 50%, un 34% en Finlandia y el 20% en Austria. Lo preocupante para la política profesional es que esas desafecciones no están protagonizadas, como antaño, por colectivos deficientemente incorporados al centro del sistema social y con escasa cultura política, sino por colectivos perfectamente integrados que caen en el desencanto o hacen alarde de un muy poco disimulado cinismo político

La degradación de la relación entre demos y kratos ha provocado que desde finales de los años 60 hayan adquirido protagonismo primero los "nuevos" y luego los "novísimos" movimientos sociales, a lo que ha acompañado la ilusión de una refundación de la democracia. Sin embargo, estos nuevos actores no resuelven del todo el desencuentro con el demos que padecen los partidos políticos y su democracia electiva, pues alternan breves y explosivos periodos en los que las gentes están muy presentes, con otros más largos y desesperantes para los activistas en los que desaparecen. Por otro lado, las modalidades de democracia participativa que promueven rara vez logran comprometer a más del 5% de la ciudadanía, justo la que habitualmente nutre de forma estable los tejidos asociativos.

En realidad, el desencuentro entre el orden instituido y el demos es anterior a la democracia. En efecto, la invención del "pueblo" hunde sus raíces en un largo proceso que se inicia en el siglo XIII, durante el cual se intentan bajar a la tierra los poderes inicialmente asignados al cielo. Sin embargo, este proceso inmanentista se verá frenado por otro, de carácter trascendental, que intentará recuperar las explicaciones y manipulaciones metafísicas, aunque no necesariamente provenientes de Dios. En el siglo XVI, Spinoza, con su noción de multitudo (relacionada con un conjunto heterogéneo de saberes, aptitudes, habilidades, etc.), y Hobbes, con su concepto de "pueblo" (concebido como una entidad homogénea y abstracta que encajaba en el Estado como la mano en un guante), representan ambos impulsos. Como es sabido, de la disputa resultó vencedor Hobbes.

Elegido el abstracto pueblo como depositario de la soberanía, las élites debieron resolver cómo apartar al real de la superstición, vulgaridad y modales groseros. Este trabajo se encomendó a la Escuela Universal. Fue precisamente en este proceso de desmantelamiento de las culturas populares cuando aparecieron las ciencias del folclore, pues algunas personas instruidas, pero saturadas de civilización, comenzaron a ver las canciones, creencias y fiestas populares que desaparecían como algo exótico y digno de ser recogido en archivos o expuesto en museos. Si la denominada "cultura popular", en la base de la idea de nación, se ha levantado sobre el cadáver de las gentes y las cenizas de sus prácticas, esto quiere decir que el alma de los Estados modernos está vacía. Tanto como, según el 15M, la democracia lo está de demos.

Pero no se trata solo de un problema de la Modernidad ni de su democracia. La misma civilización occidental acoge en sus entrañas ese vacío, ya que no cesa de destruir a esas gentes que con tanto interés busca. En efecto, el propio cristianismo, aunque desde sus orígenes decidió poner en el centro a los "gentiles", en realidad nunca ha dejado de dinamitar su cultura. Pero es que, mucho antes, en la Grecia Clásica, donde según muchos se fraguaron los más sólidos cimientos de nuestra civilización, sucedió algo parecido. A la vez que Pericles apadrinaba una nueva forma política, la democracia, aparece también un nuevo modo de pensar, la filosofía. Como es sabido, Platón, el impulsor de la filosofía, nunca vio con buenos ojos la democracia, pues el nuevo pensamiento estaba reservado a élites especialmente preparadas para llevarlo a cabo (al contrario de lo que sucedía con el mythos) y ese elitismo, imposible de eliminar, se veía contrariado por la posibilidad de que "cualquiera" pudiera gobernar.

Aunque la filosofía nació vinculada al Ser, desde sus mismos inicios desapareció y lo que quedó de él fue una simple referencia metafísica. Dicho de otro modo, a la vez y al mismo tiempo que aparece el demos en el ámbito de la política, se desvanece el Ser en el ámbito del pensamiento. ¿Qué es ese Ser que tan buena compañía hace al kratos y tan mal se lleva con el demos, así como con la idea de igualdad que la democracia moderna quiere encarnar o con la idea de que todos somos hermanos que alumbró el cristianismo? La respuesta es obvia: el Ser no puede ser sino el Padre. Más exactamente, el Padre desvanecido o muerto. Esto obligaría a abordar el conflicto demos/kratos que el 15M revela, desbordando la propia civilización occidental. Dicho conflicto tiene que ver con la emergencia de un eón fratriarcal (que pone en un primer plano la relación entre iguales), solapándose con el ocaso de un eón patriarcal (cuyo legado son un kratos y un logos cada vez más vacíos).

Poco antes de que los filósofos aparecieran con ese Ser que es el espectro del padre (rey o dios) muerto, Anaximandro había propuesto "lo indeterminado" (apeiron) como fundamento de cualquier cosa que merezca ser pensada. En la única cita literal que se le reconoce, dice que "allí, en el apeiron, donde está la génesis de las cosas que existen, tienen éstas que destruirse". Deben hacerlo "porque tienen que cumplir mutuamente expiación y penitencia por su injusticia conforme al orden del tiempo". Si el apeiron es el origen del que brota y en el que se diluye todo, no es nada arriesgado suponer que la democracia, en tanto que conjunción de cosas tan opuestas como son el demos y el kratos, depende del vínculo que tan injusta totalidad tiene con la nada o lo indeterminado.

Quizás la única función del demos, fuera o dentro de cualquier artefacto político, es recordarlo permanentemente. El 15M lo hizo y, en este sentido, no hay acontecimiento que se le parezca, pues hasta entonces todos habían traído consigo la promesa o ilusión de que la democracia iba a permitir arreglar algo del mundo y que ella misma podía también arreglarse.

Los indignados, en fin, cayeron en la cuenta de la injusticia que supone la existencia misma de la democracia. Esto no quiere decir que, recayendo en la vieja dicotomía autoritarismo/democracia, debamos apostar por la habilitación del espectro del padre. Más bien implica que debemos estar a la altura del nuevo eón y ser resueltamente fratriarcales. ¿Cómo hacerlo? Ustedes verán. El padre hace tiempo que murió y su espectro no merece invitación alguna.