Juegos sin reglas

Corrupciones

José Angel Bergua

Catedrático de sociología

Puesto que la corrupción hace referencia a la descomposición de un orden, para conocer bien aquel proceso es necesario entender primero los fundamentos o características de aquello que se considera ordenado. En el caso de la sociedad, a diferencia de lo que ocurre con las realidades física o biológica, su característica principal es que el orden se hace a sí mismo a través de un conjunto de políticas decididas por los gobernantes a la vez y al mismo que se piensa a través de las investigaciones que realizan los científicos sociales. La conducción política y el conocimiento científico están protagonizadas por élites que tienen como objeto de sus actividades e investigaciones a las gentes. Esta relación jerárquica entre las élites (que pueden rotar o no) y las gentes es imprescindible para los órdenes sociales tal cual están instituidos, aunque también es cierto que las gentes hacen y piensan solas bastantes cosas al margen o en los intersticios de tales órdenes, incluso sin ser siempre conscientes de ello, abriendo así un amplio abanico de sociabilidades, que unas veces tienen un carácter instituyente y otras simplemente indeterminado. Las élites, por el contrario, son incapaces de hacer nada por sí mismas.

Al margen de que tanto la política como la ciencia estén protagonizadas por élites que toman a las gentes como objetos, la autoinstitución del orden que se denomina sociedad es también coherente porque las ideologías que inspiran a los políticos en su acción de gobierno están íntimamente emparentadas con las teorías que facilitan el conocimiento científico. De hecho, son dos caras de una misma moneda. Por eso, el liberalismo, por ejemplo, explica tan bien la realidad que contribuye a construir o gobierna no menos bien la sociedad que tan acertadamente se propone explicar. Evidentemente, esto implica también que es incapaz de pensar lo que no sabe hacer o arreglar y que no sabe hacer lo que no puede ver. Con las socialdemocracias, comunismos, fascismos, feminismos, ecologismos, etc. pasa exactamente lo mismo. Por cierto, en el caso de que ciertas ideologías y teorías no hayan logrado conquistar el poder o lo hayan hecho sólo un poco, se verán obligadas a demostrar con sus investigaciones la inutilidad o el carácter contraproductivo de aquello que políticamente tratan de desmontar.

Sin embargo, todo es, en realidad, algo más complejo, pues los órdenes instituidos, como suelen combinar distintos modelos de autoinstitución, hacen entrar en escena fragmentos de ideologías distintas en compañía de sus correspondientes pares teóricos. En el caso de España, por ejemplo, andan actualmente mezclados el liberalismo, algo de socialdemocracia, otro poco de feminismo y unas gotas de ecologismo, lo cual requiere otras tantas síntesis teóricas e igualmente ideológicas, aunque los acuerdos no sean, en todos los casos, muy afortunados.

Por otro lado, para que la autoinstitución sea completa, no sólo hacen falta ideologías que inspiren la toma de decisiones y teorías que estimulen las explicaciones, sino que también es necesario algo aparentemente más objetivo y, por lo tanto, menos discutible, como son, por un lado, ciertos protocolos de actuación aplicados por profesionales (médicos, trabajadores sociales, policías, etc.) que prolongan o acompañan a las decisiones políticas y, por otro lado, ciertas técnicas y métodos de investigación que producen los datos sobre los que operan las teorías.

Mientras las teorías e ideologías admiten discusión, con los protocolos y métodos o técnicas no es posible, pues su parentesco con aquellas ha sido borrado y ha quedado la idea de que estos son rigurosamente objetivos. Esta apariencia de objetividad, junto con la propia crisis general de las grandes ideologías (y de las grandes teorías), es la que ha convertido a la política en un negocio de tecnócratas y a las ciencias sociales en un asunto de metodólogos. Si el primer cambio ha dado lugar a la "postdemocracia", no hay todavía ningún término que retrate lo que el segundo ha traído consigo.

Finalmente, conviene tener en cuenta también que, al margen de cuáles sean las ideologías y teorías que sostengan la autoinstitución de una sociedad, suelen ordenarse a partir de tres niveles o estratos de sociabilidad que se basan en la intervención de otros tantos medios de comunicación o puesta en común: el dinero, el lenguaje y el amor. Pues bien, si la corrupción hace referencia al proceso por el que las fuerzas que mantienen unido un orden cualquiera son superadas por otras que lo degradan, en el caso de cualquier sociedad, la corrupción de su vida colectiva se produce cuando las élites se apropian de esos medios de puesta en común, los cuales, al mismo tiempo, les son privados o robados a las gentes.

En primer lugar, los científicos, metodólogos, profesionales y políticos que explican y conducen a base de números una realidad social que presumen objetiva, reciben dinero a cambio de dichos trabajos, el cual se supone tan contante y material como la propia realidad que aquellas élites contribuyen a instituir. Este intercambio de "números" está incluido en la parte más visible del orden instituido. De ahí que las élites más comprometidas con él cobren mucho. Pues bien, en esta clase de orden, los corruptos adulteran la relación de intercambio tomando directamente el dinero sin dar nada o recibiendo mucho más de lo que dieron.

Una subespecie de esta corrupción está instalada en el propio corazón de la economía de la mano de expertos formados en universidades y políticos criados en los partidos políticos que se han puestos de acuerdo en adulterar las cuentas públicas o privadas y en ofrecer productos fraudulentos (caso de las preferentes, las acciones de Bankia, las hipotecas tramposas, etc.) a los que las instituciones públicas suelen dar el visto bueno sin problemas. Esta corrupción amenaza con colapsar la realidad material o económica de la sociedad.

En segundo lugar, quienes investigan, asesoran e intervienen prestando atención a los distintos dichos, relatos, marcos interpretativos, chismes y fakes que tejen la realidad social, suelen recibir a cambio prestigio, algo que también tiene un carácter lingüístico, pues está compuesto por las reseñas, citas y galardones que reciben los científicos y metodólogos, así como por los elogios en artículos de opinión, libros de actualidad, tertulias, tweets, etc. que reciben los políticos y profesionales. Lo que en ambos casos se hace circular es el sentido, una propiedad de la acción colectiva nada métrica, más bien simbólica, que desobjetiva el mundo social y permite mantenerlo abierto a la interpretación. El dar y recibir sentido forma parte de un estilo de autoinstitución quizás menos llamativo que el protagonizado por los amantes de las cuentas y de los dineros, pero más importante pues hace que el orden sea más consistente, abierto y flexible. Pues bien, aquí hay corrupción cuando se obtiene prestigio sin haber dado a cambio nada con un mínimo de sentido, algo cada vez más frecuente entre políticos que se pretenden intelectuales (quizás porque la política -tan desgastada- ya no sirve para deslumbrar por sí misma a nadie) y científicos muy exigidos por su entorno (pues se les pide publicar regularmente en revistas de máximo impacto mundial para ser considerados relevantes).

Una subespecie de esta corrupción está instalada en la gestión de la Justicia, con expertos (jueces, fiscales, abogados) que estiran y encogen a base de interpretaciones las leyes elaboradas por los políticos para, por ejemplo, condenar y absolver a quien les plazca. Esta corrupción amenaza con hacer estallar las supuestas verdades (listadas en las Constituciones) sobre las que dice basarse el orden.

La última clase de corrupción se da en un nivel de realidad donde no se disocia la acción política de la reflexión científica o experta. Los agentes que diluyen tal distinción (a menudo activistas que también se desenvuelven con cierta comodidad en la investigación o científicos que frecuentan los movimientos sociales) usan como materia prima de sus investigaciones-acciones el deseo de cambio de las gentes y suponen que tal deseo deriva de una pulsión de vida o amor. A estos agentes no les suele llegar mucho dinero del primer nivel de realidad (la económica: dominada por los más ricos) ni tampoco mucho prestigio del segundo (la simbólica: dominada por los que más saben). En cambio, los movimientos sociales y asociaciones, para los que a menudo trabajan gratis y sin escribir una línea, les adoran. El amor que circula gracias a estos heterodoxos forma parte de un estilo de autoinstitución de lo social más elemental y que tiende a exceder cualquier orden, por más abierto que sea, pues hasta las revoluciones se incluyen en él.

Sin embargo, gran parte de estos agentes y su amor suelen terminar al lado de dicho orden haciendo que sea más consistente y abarque más actividad social estandarizada, pues las demandas de los movimientos sociales y asociaciones, la reclamación de democracias participativas, etc., entre las que estos activistas se desenvuelven, en lugar de hacer cambiar el orden desde abajo, tal como inicialmente se pretendió, en bastantes casos terminan apuntalándolo mejor desde arriba. Pues bien, en este nivel de realidad, la corrupción aparece cuando quienes no han dado nada de amor, a menudo más bien lo contrario, pretenden obtenerlo de las gentes, pues parece que el dinero y quizás el prestigio, robados o no, resultan insuficientes para su desmesurado narcisismo. La política institucional, que ya incluye la investigación-acción participada en múltiples ámbitos y contrata a activistas y científicos sociales críticos para hacerla, suele flirtear de un modo obsceno con esta fuerza desintegradora, si bien, afortunadamente, con escaso éxito, debido al poco afecto que, en general, al menos en esta época, despierta entre las gentes.

Hay una subespecie de esta corrupción afectiva, más peligrosa, que está instalada en las entrañas de la democracia. Si los votantes dan con cada voto una cuota de poder real a cambio de promesas que luego no se cumplen, la corrupción tiene en este caso que ver con la confianza que los votantes dan y los partidos traicionan. Pero es que, al margen de la democracia, el propio orden social requiere que las gentes confíen en que forman parte de él. La juventud, por ejemplo, si acepta su situación de dependencia es porque confía en que la sociedad le ofrecerá la posibilidad de emanciparse. Lo mismo ocurre con quienes han perdido un trabajo. La traición de estas y otras confianzas es una corrupción, hoy ya estructural, que socava la base misma de la convivencia colectiva.

Que en España los formadores de opinión dirijan tanta indignación a la corrupción económica y orienten tan poco de ese valioso sentimiento a la corrupción simbólica y menos o incluso nada a la corrupción erótica, incluyendo en ella la erosión de la confianza, a pesar de estar ambas tan extendidas como la primera, ya no tiene que ver solo con el deterioro de la democracia, sino con el declive de la propia opinión pública. Que sólo podamos ver la corrupción económica y no las otras quiere decir que la calidad democrática de esta España autoinstituida el año 1978, no muy distinta de la que exhiben otros países de nuestro entorno, está también muy degradada.