Juegos sin reglas

Los 80

Ángel Enrique Carretero Pasin

Profesor de Sociología

Parece que ponerse a hacer reexamen de la movida de la década de los 80 se ha puesto nuevamente de moda. Habrá que ver el porqué. Para empezar, acaso sea justo un ejercicio de delimitación más preciso del intervalo histórico del que hablamos. Qué duda cabe que el momento álgido del fenómeno se correspondió con el primer gobierno socialista, entre 1982 y 1986. En un segundo gobierno socialista la cosa ya comenzó a dar signos de flojera, en paralelo con el clima de decepción ocasionado por los casos de corrupción que alarmaron a la opinión pública escorada hacia la izquierda y con los ostensibles estragos dejados en el camino por la droga. Grosso modo en el espectro del izquierdismo han cabido dos lecturas enfrentadas del fenómeno. Una primera que sostendría que fue un torbellino de una adormecida creatividad, de un "querer vivir", liberado con el ánimo de dotar de vitalidad a unas estructuras morales todavía prisioneras de los resabios del franquismo, el cual supuso un sinónimo de avance en el terreno de las costumbres sociales. Una segunda que lo considera una tendencia culturalmente transgresora, pero por eso mismo encargada de taponar un auténtico cambio político. Tendencia propulsora de un interesado impulso a que, fiel al dictum de Tomasi di Lampedusa,  "todo cambie para que nada cambie", encabezada por una generación procedente de familias bien situadas y con ganas de divertimento, gozando de un periodo liminal antes de su inserción en la posición social que estaba destinada a ocupar. Una acusación similar a la vertida por algunos sectores sociales sobre el mayo sesentayochista. Las dos lecturas tienen algo de verdad y algo de falsedad.

Acaso más interesante y más desprendido de contaminaciones demagógicas sea detenerse en una valoración retrospectiva del poso, en términos morales, dejado por la movida en las generaciones siguientes. Lo primero que habría que dejar claro es que la movida fue un fenómeno que debiera ser interpretado como una tentativa estimulada por un fulgor instituyente, inspirado por el ánimo de dinamitar unas estructuras morales instituidas en un décalage con las expectativas vitales de una generación. Las letras de los grupos musicales de la época no reflejan más que un empecinamiento por convertir este fulgor instituyente en institución de vida. Por tanto, es un hecho que requiere ser escrupulosamente concebido en términos históricos y generacionales. En una España pacata y grisácea, la aspiración a pasárselo bien se transformó en un leitmotiv político. Era un fulgor instituyente movido por la imaginación, el deseo y el juego, reacio a su encorsetamiento en un orden programático. Eso ni lo mitifica ni lo invalida. Solo coloca su razón de ser en un escenario histórico concreto. Como es obvio la transgresión era su signo más diferenciador. Esto es la ambición por llevar un exceso de imaginación, deseo y juego a la vida cotidiana.

Un buen día, de repente, la movida se volatilizó. El día después de ella dejó a gente en el camino, incapaz de administrar el exceso de imaginación, deseo y juego. Vio también frustradas las expectativas históricas de transformación social. Apareció la precariedad laboral como compañera de viaje sin vuelta atrás. Aznar salió a hombros de una conferencia impartida en la Complutense a una nueva generación en ciernes, presentándose ante los jóvenes como el regenerador moral de los males que azotaban a la sociedad, en especial el de un crónico desempleo. Se daba fin a una etapa y se iniciaba otra. Los más calculadores de la generación de la movida se hicieron prácticos, poniéndose a hacer curriculum. En correspondencia con el despliegue de las administraciones autonómicas, todo el mundo se quiso hacer funcionario/a, dándole la espalda al lema de "funcionaria asesina" acuñado por una de las letristas destacadas de la época. Los menos calculadores quedaron anclados en una nostalgia parecida a la de los viejos rockeros, a sabiendas de su a-sintonía con respecto al curso tomado por los acontecimientos, como almas perdidas, en el mejor de los casos en un irreversible vagabundeo existencial sin brújula. El fulgor instituyente dio paso paulatinamente a unas estructuras instituidas más rígidas, como si éstas se hubiesen visto reforzadas a causa de las embestidas de los años anteriores. De la noche a la mañana surgió aquello que precisamente fuera enemigo acérrimo de la movida: el aburrimiento. La sociedad volvió a seguir su curso inercial y el fulgor instituyente pareció desaparecer del horizonte.

No se hablado lo suficiente del sedimento moral dejado por la movida. Sí se han hecho interpretaciones ensalzadoras y denostadoras de ella, casi siempre bajo el influjo de una directriz política o de un ansia de reafirmación generacional. Más allá de estas interpretaciones una cosa ha quedado de manifiesto: el endurecimiento y la fortificación de las estructuras instituidas. La familia, objeto de un ataque directo por el fenómeno transgresor, pasó a ser la institución más valorada por nuestros jóvenes. El trabajo mal pagado y precario pasó a ser santificado en nombre de su carencia. La educación, otra de las dianas objeto de transgresión, aceptada hasta en la sopa. Y hasta el futbol, escenario de liberación de contenidas energías pasionales, milimétricamente regulado. Hay mucho de vaivén histórico, de lo instituyente a lo instituido, en este asunto. O acaso es que la naturaleza de lo instituyente sea necesariamente fugaz, y, como en el consejo rimbaudiano del padre genético de la Tirell Corporation al más aventajado de sus replicantes, "la luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo". Sí, puede ser que haya algo de este cariz. De cualquier modo el panorama post festum ha mostrado que, en su aspecto contradictorio, la movida sí ha dejado huella en el modo en cómo los generacionalmente seducidos/as por ella han encarado luego las pautas de socialización de su prole. Esto a un doble nivel. Por una parte, en una primera dirección se la ha utilizado como ejemplificación de los riesgos vitales contraídos por quienes se abandonasen al sonido de las sirenas del fulgor instituyente y creativo, fomentando una atadura al mástil al tono de la de Ulises y, a la postre, una legitimación, en nombre del civismo, de la necesidad de invasión de una indefinida educación en valores de la que nadie tendría derecho a escapar. En este alegato el subrayado del peligro ocasionado por la tentativa de rebasamiento de los límites instituidos, abrazando el exceso de lo instituyente, es empleado como lección pedagógica con miras de futuro. Esta dirección ha dado pie a un neo-puritanismo que, desde hace tiempo, ronda in crescendo en muchos ambientes. Por otro lado, en una segunda dirección ha allanado el gobierno en manos de una versión degradada de los restos ahora fosilizados de la transgresión instituyente. Aquella donde se permite hablar de sexualidad, violencia, rebelión, creación, etc. siempre desde el marco de la prudencia y dentro de unos límites. Esta dirección es la que ha precipitado la eclosión de aquello tildado como políticamente correcto que, como el caso de la educación en valores, circula por doquier.

Todo esto genera la impresión en muchos/muchas de que, aunque en los medios de comunicación se está parloteando sin cesar y sin fin alguno, en realidad no se pueda ya hablar de nada. Quizá el origen del asunto radique en que una generación que quiso hacer del juego con el límite su modo de vida, ahora atemperada por la inevitable rendición al tributo del cronos biográfico, no digirió del todo bien las reglas en las que se basa ese juego, el juego de la vida. Intuida la sombra de lo demoníaco ha optado sabiamente por retroceder, y luego hacer mayoritariamente de ese retroceso sino una bandera sí un fortín. Ha preferido ser víctima del aburrimiento. Quizá porque no estaba preparada para ver que hay mucho de phármakon en lo instituyente, es decir, que lo que mata al mismo tiempo cura, y viceversa; en suma, para apreciar que las cosas con más impacto en la fibra del individuo, léase el amor, la creación, la belleza o el saber, todo ello fuente de vida, necesitan su propia dosis. Mirar directamente al sol puede provocar ceguera. Esta no es, en efecto, una enseñanza en valores, pero los clásicos grecolatinos la habían encumbrado, sin embargo, a principal enseñanza moral. El hecho de que cada individuo a título particular y cada sociedad a título general encuentren su dosis dice mucho bien de la salud de ambos. De lo contrario pudiera surgir un aburrimiento tan potencialmente letal como pudiera serlo la transgresión.