Juegos sin reglas

Madame Ayahuasca

José Angel Bergua

Catedrático de sociología

Uno de los peores desvaríos de nuestro atribulado orden, que ya casi abarca a todo el planeta, es querer llenarlo todo de cosas, sonidos, normas, valores, información, etc., lo cual ha hecho perder de vista la nada a la que estamos atados. Esto sucede principalmente en las ciudades, donde ya vive más de la mitad de la población mundial. Afortunadamente, apenas atravesamos sus muros, la nada (re)aparece y la vida conquista el espesor que se le supone. Sin embargo, durante el verano, ocurre algo curioso. Esta estación premia a quienes, con voluntad o sin ella, se quedan en las ciudades con la inesperada afloración de la nada, hasta entonces escondida, y castiga a las multitudes que van en su busca, unas veces conscientemente y otras sin saberlo, alejándolos de ella.

¿Qué es la nada? Pues algo informe, indefinido, invisible, infinito y, sobre todo, silencioso, a lo que estamos irremediablemente unidos. Lo que tenemos de espíritu vibra en su presencia porque son la misma cosa. Sin embargo, el mundo que nos acoge se ha ordenado tan a la espalda de esa conexión que, en muchas ocasiones, cuando se manifiesta, puede generar miedo.  En efecto, en la naturaleza, por la noche, el silencio es tan severo que llega a provocar terror entre los incautos que se acercan a él. En cambio, en el crepúsculo, cuando los vientos callan, los hombres se apagan y el rumor general se extingue, la nada se impone con dulzura, mientras que, al amanecer, el alma vibra con la aparición de un amplio abanico de sonidos que tintinean sobre el vacío.

El desierto es un oasis pleno de silencio, una exaltación de la nada. La montaña, especialmente sus cumbres, donde no hay vida de ninguna clase, sólo desordenadas y caóticas rocas, ofrece un limpio y espeso silencio. Cuando nieva, los copos se posan de uno en uno sin tregua y por millones en medio de un silencio inmortal. El mar absolutamente calmado, limpio de movimiento y sonido, es otro espejo del silencio perfecto, aunque también de la desesperación y de la angustia, flotando sobre las oscuras, densas y mudas aguas que quedan por debajo.

Las gentes que habitan entre montañas, selvas, desiertos y mares tienen el silencio en su carácter. Lo mismo ocurre con los animales. Los felinos son en este sentido especiales, pues saben vivir el silencio que parecen simbolizar con sus elegantes movimientos. Pero lo mismo se podría decir de las serpientes, búhos, etc. En el ajetreo de las ciudades sólo las iglesias y catedrales se alzan como depósitos de silencio y mantienen así un vínculo explícito con la nada. También los parques llegan a cumplir esa función. Las cárceles, manicomios y otros espacios disciplinarios son también construcciones de silencio y anonadamiento, pero esta vez impuesto y con la misión de debilitar la vida.

En nuestro mundo sólo la tradición monástica ha hecho del trato con la nada un arte. Es la "noche serena" que evoca San Juan De La Cruz. En ella el dios habla y el alma de los mortales calla. Por eso Jesús enseñaba a los hombres a guardar silencio no diciendo nada. Sólo así es posible acoplarse conscientemente a la nada primordial.  Sin embargo, el dios mudo, que no habla ni se manifiesta, resulta desesperante para al creyente común e incluso espanta a los más fervorosos fieles. En la actualidad, el hombre tiende a obtener de la ciencia similares silencios y sigue sin asumirlos del todo.

En la vida cotidiana de las gentes, el silencio también ocupa un lugar importante. Se valora saber callar frente a la algarabía, ser discreto en las conversaciones, preguntar y responder lo justo, etc., pues querer hablar y oírse, como decía Gracián, nunca sale bien. El silencio también sirve, convenientemente administrado, para que el orador o el interlocutor despierten la atención. Igualmente permite cultivar el arte de la prudencia e incluso exhibir la sabiduría. Y en los pueblos, es tanto un modo de estar entre los silencios de la naturaleza como un recurso con el que hacer frente a la inescrutable superioridad que exhiben los urbanos y su mundo, tan obsesionados con querer saberlo todo a base de preguntas, investigaciones, interrogatorios, etc. Otras clases de gentes subalternas son también muy diestras en el uso del silencio. Gracias a ello las sociedades en su conjunto pueden dejar de ignorar que no saben. Esta ignorancia positiva es uno de los modos más fáciles y accesibles de empezar a convivir con la nada.