Juegos sin reglas

Palabras nuevas o no tan nuevas

Concha Martínez Latre

Doctora en Sociología

Las palabras son hijas de su tiempo. Al menos en los usos y modulaciones que se hacen de ellas, pues la lengua es dinámica y está sometida a la evolución de la sociedad. Están ahí, a nuestro alcance, pero solo emergen cuando los imaginarios colectivos las precisan para dar cuenta de situaciones, emociones y escenarios novedosos.

En estos últimos meses, la pandemia ha provocado el uso más generalizado de palabras como: vulnerabilidad, fragilidad, cuidados… que no eran habituales en nuestro repertorio. Confesar la debilidad como constitutivo del proyecto de vida humana se relaciona mal con la deseada potencia y fuerza que nos exige el ideal social de triunfador o triunfadora. Y bien sabemos que todas las tareas y ocupaciones relacionadas con los cuidados no gozan del mismo prestigio y reconocimiento social que las asociadas a la producción de bienes sean materiales, financieros o similares.

¿Son nuevas realmente estas palabras o han estado desde tiempo atrás en determinados colectivos para dar cuenta de sus prioridades y de sus objetivos?

Fijémonos especialmente en la palabra cuidados. Hay una analogía entre cuidados y apoyo mutuo, incluso esta última es más precisa en la medida que introduce explícitamente la reciprocidad. Circuló abundantemente años atrás.

El apoyo mutuo se acuñó como expresión común en la década de los 70 en ciertos sectores sociales de nuestro país. Vivíamos la era de Acuario con el hipismo que nos hacía creer en un mundo lleno de felicidad, paz y armonía generales. Las creaciones artísticas de entonces recreaban esa atmósfera de un mundo cálido y despreocupado apetecible para vivir. Quizá, desde una ingenuidad propiciada por esos contextos, no habíamos reparado más que en el mundo cercano y no nos interpelaba qué sucedía en otras latitudes.

La idea de apoyo mutuo venía de los inicios del siglo XX y se confrontaba con las teorías darwinistas, que no sólo daban cuenta de la evolución biológica, sino que incluían al darwinismo social, proclamando a la competencia como elemento de progreso y de selección de lo óptimo.

Frente a este análisis dominante, apoyado en Darwin, nos inclinábamos por otro autor, fallecido en 1921, el ruso Piotr Kropotkin, anarquista, autor de una obra "de culto" en nuestros círculos: El apoyo mutuo. En ella defendía la cooperación como herramienta de la evolución natural y también social. Para Kropotkin no era posible analizar desde la competencia los fenómenos naturales y sociales sino también desde el mutuo apoyo. Su obra se detenía también en el campo de la biología. Allí el mutualismo o la simbiosis son ejemplos del poder de la cooperación; que se traslada a la sociedad gracias a los mecanismos de ayuda mutua. Su lugar de estudio fue Siberia con ejemplos que confirmaban su teoría. Y podemos aducir otros lugares del mundo con conductas semejantes: las mingas latinoamericanas o trabajos colectivos en beneficio de la comunidad o la noción de Ubuntu en Sudáfrica en una línea similar. También la gestión de los bienes comunes en sociedades de todo el mundo, objeto de estudio de los premio Nobel de Economía 2009: Elinor Ostrom y Oliver Williamson, constatan esa conducta, ajena a la predominante en el mundo occidental con la propiedad privada como principio incuestionable.

Con ese soporte ideológico nacieron en nuestro país, en las décadas de los 70-80, muchas iniciativas de movimientos sociales, en los que la colaboración horizontal era nuclear. Asociaciones vecinales, movimientos pacifista y ecologista, comunidades cristianas populares, centros culturales, entre otros, son ejemplo de ello.

Sin embargo el apoyo mutuo, el cuidado de unos y otras, la horizontalidad, no triunfó como idea dominante. El capitalismo liberal o neo liberal, tenía y tiene otros presupuestos para  la composición social. La idea de progreso ligada al crecimiento económico continuo, sin reparar en el coste humano que conlleva, precisa de la competencia entre las personas, de modo que los más fuertes, los más audaces, serán los triunfadores.  Si alguien consigue el éxito es porque se lo merece, más allá de como lo ha alcanzado. No hay espacio para pensar en lo colectivo ni en el precio que se ha pagado para llegar a esas metas, tan codiciadas dentro de nuestro esquema social. Porque las características del éxito también están prefijadas: nivel económico, posesión de bienes materiales, capacidad de acceso a un ocio singular.  El espectáculo de los viajes espaciales de los archimillonarios del momento es una simple prueba de ello.

Los modelos dominantes a seguir, presentados desde todos los ámbitos del poder económico, político, social y cultural premian al que ocupa los primeros lugares de la jerarquía socio-económica. Y dan por supuesto que el imaginario individual generalizable es alcanzar la posición más alta dentro de esa escala.

La publicidad ha funcionado, y funciona, sobre esos estímulos: No tenemos sueños, baratos, promovían los anuncios de loterías que resonaban machaconamente como una obscenidad consentida y aprobada: ser ricos por encima de todo. O los de tantos otros bienes materiales: coches, perfumes, vinos,… catalogados por su precio como único elemento de valor. Y que, supuestamente, proporcionan la felicidad asociada a un estatus económico.

Y de repente el pequeño virus, herramienta para inocular miedo, control, aislamiento, es al tiempo la ocasión en que emerge la potencia del cuidado mutuo, de la cooperación entre iguales, de los beneficios que reporta el reconocerse necesitado del otro y saber que el otro también precisa de ti. Y hablamos de cuidados, entre personas, con la naturaleza, con cualquier manifestación de la vida. Y en muchos discursos se focaliza en ellos, como el eje vertebrador de la vida, y en la ineludible práctica de los mismos si es que queremos tener un futuro vivible.

Y nos reencontramos con el apoyo mutuo tan oculto en los contextos dominantes. Las palabras vuelven a nacer y llegan también con nuevas compañeras. En este caso la fragilidad y vulnerabilidad, que chocan paradójicamente con el sueño de omnipotencia que estábamos construyendo en nuestra sociedad occidental. Amplias mayorías de Europa o Norte-América nos podíamos pensar a salvo de amenazas; nuestros sistemas económico, sanitario, político nos blindaban ante cualquier peligro, que veíamos lejano y concentrado en países menos avanzados (es el nombre políticamente correcto que alude a los países de Sur). Incluso las minorías excluidas en nuestro primer mundo no eran preocupantes, son parte y precio del modelo neoliberal.

Pero el virus está actuando como un eficaz despertador para salir del sueño narcotizante. Somos vulnerables, no poseemos ninguna seguridad sobre nuestra inmunidad o nuestra protección ante acontecimientos que nos alcanzan, más pronto a más tarde, estemos donde estemos.

El apoyo mutuo aparece más necesario que nunca ante esas cualidades adversas, pero ineludibles de nuestra condición humana. El cuidado mutuo, lo colectivo, la cooperación son los principales recursos a nuestro alcance si queremos reconciliarnos con los tiempos que nos tocan vivir. Tenemos sueños que desde ciertos parámetros son catalogados "baratos", pero para conseguirlos tendremos que escaparnos de las ideologías dominantes y orientar nuestras acciones y nuestras metas hacia lo comunitario y cooperativo.